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De espalda a la historia y a la ciudadanía

por 25 noviembre 2010

Esta obsesión simplista por un futuro desarraigado, compartida por muchos personeros de gobierno, resulta peligrosa. Tanto la historia nacional como mundial nos dan cientos de ejemplos de estabilidades derrumbadas y de la fragilidad de aquellas experiencias democráticas que no son debidamente cuidadas.

Ninguna reforma que pretenda tener un impacto duradero en la sociedad se puede realizar si no es dialogando con la ciudadanía. Las posibilidades de éxito disminuyen aún más si la acción de reformar es presentada como una “batalla”, lo que supone que lo único que se espera escuchar es el sonido de balas y no de argumentos. Es lamentable lo que ocurre con el enunciado de reforma presentado por el gobierno, porque se desaprovecha una coyuntura favorable para el diálogo. Vivimos en una sociedad en donde hay un claro consenso de la necesidad de cambios en materia educativa, lo que resulta propicio para una discusión fructífera y convocante. Sin embargo, se ha optado por el apresuramiento y la falta de mesura, añadiendo a lo anterior la grandilocuencia de anuncios que más se acercan al marketing político que a la realidad histórica, como la afirmación de que estamos en presencia de la principal reforma educacional desde tiempos de Frei Montalva.  Claramente el Ministro de Educación y el Gobierno de Sebastián Piñera le han dado la espalda a los ciudadanos y también a la historia.

Centro mis comentarios en los aspectos curriculares de la reforma enunciada, destacando que resulta necesaria la elaboración de un currículo escolar acorde a las necesidades y capacidades de Chile,  y no a las de países con realidades y requerimientos muy distintos de los nuestros. Ni Canadá ni Finlandia han sufrido el drama de una dictadura ni la anulación de todo tipo de canales de participación ciudadana en su pasado inmediato. Por lo tanto, ninguno de esos países requiere lo que Chile necesita en sus aulas escolares: formación histórica y ciudadana para que todos los estudiantes se hagan partícipes de la construcción de una sociedad donde se respete el valor de la democracia para el fomento de una convivencia más justa y solidaria.

Esta obsesión simplista por un futuro desarraigado, compartida por muchos personeros de gobierno, resulta peligrosa. Tanto la historia nacional como mundial nos dan cientos de ejemplos de estabilidades derrumbadas y de la fragilidad de aquellas experiencias democráticas que no son debidamente cuidadas.

Se busca insertar a Chile dentro del plano internacional acogiendo “sugerencias” que son asumidas como “dogmas”, señalando que la globalización nos obliga a dar estos pasos. Es necesario precisar que globalización no es lo mismo que homogenización. Muy por el contrario, el mundo global es uno en el que si bien se comparten una serie de fenómenos y procesos de forma simultánea, estos adquieren características peculiares y distintivas de acuerdo a realidades locales. Podrá haber una serie de países que han adoptado modelos educativos que lucen similares, pero el contenido cambia de acuerdo a las necesidades y posición de estos en el mundo. Además, las razones de adopción de estos modelos por parte de los países que se han transformado en nuestros referentes, no estuvieron justificadas en la simple imitación y admiración de modelos foráneos “exitosos”, como parece ocurrir con nuestro Chilean Way reformista.

Lo que nuestra sociedad necesita con urgencia, es que los estudiantes reflexionen (y no sólo aprendan) sobre el medio social en que viven y la historia de nuestro país y del mundo. Sólo así podrán valorarse a sí mismos como actores y ciudadanos importantes en la construcción de la historia y la sociedad en que viven. De este modo tendremos futuras generaciones que no sólo criticarán nuestra sociedad sino serán capaces de valorar muchos de sus aspectos, los que tenderán a preservar.

Hay quienes tienden a pensar que las dictaduras y la inestabilidad institucional son parte de un pasado distante y ajeno, de una etapa “superada” en nuestra historia, por lo que sólo es necesario mirar adelante como afirma el, aparentemente influyente periodista argentino Andrés Oppenheimer en su último libro sobre América Latina titulado, elocuentemente, “Basta de Historias”. Esta obsesión simplista por un futuro desarraigado, compartida por muchos personeros de gobierno, resulta peligrosa. Tanto la historia nacional como mundial nos dan cientos de ejemplos de estabilidades derrumbadas y de la fragilidad de aquellas experiencias democráticas que no son debidamente cuidadas. La educación sigue siendo un instrumento imprescindible para cultivar y promover valores y es fundamental que los relacionados a la ciudadanía y la democracia ocupen un espacio privilegiado. Esto se pone en riesgo cuando sólo nos concentramos en el futuro, el progreso, el desarrollo y la innovación. Huelga decir que no se puede avanzar al futuro sino es sabiendo quiénes somos y cómo hemos llegado a serlo. Es también riesgoso apuntar al progreso y el desarrollo si no es a partir del involucramiento y participación de la ciudadanía. Tampoco se puede innovar sin mirar atrás, porque de lo contrario corremos el riesgo de engañarnos respecto de innovaciones que pueden no ser tales.

La formación ciudadana e histórica son temas de los que se ha hecho cargo el currículo vigente y nadie pone en duda que este puede ser mejorado, pero de ahí a pretender que con un 25 % menos de horas dedicadas a Historia, Geografía y Ciencias Sociales los profesores seguirán cubriendo las mismas unidades temáticas del currículo actual, como han señalado desde el Mineduc, me parece una falta de respeto a nuestros niños y profesores, y  al país en general.

Sin embargo, no debemos agotar el debate en el tecnicismo de la cantidad de horas del nuevo currículo escolar enunciado. Debemos proponer un debate convocante y participativo que permita que como país nos hagamos cargo de la educación considerando nuestras necesidades, valorando el pasado y de frente a la ciudadanía.

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