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Menos historia, más idiotez

por 29 noviembre 2010

Hay que detener este holocausto a la formación de las nuevas generaciones: las palabras y las ecuaciones sin contexto son el camino al vacío.

Hace poco días murió el "el Loco" Jaime Jaúregui, un hermano marista navarro que durante medio siglo buscó incesantemente en forma disruptiva sacar de la ignorancia a estudiantes chilenos, entre ellos -con algunos casos en vano, por cierto- a hijos de mineros del Instituto O'Higgins de Rancagua. Fue lapidario el día que en segundo medio nos pidió disertar sobre el vitalismo de Henry Bergson, y nos puso un 1 al interrogarnos por los conceptos de la definición que leímos como loros irreflexivos: "corriente que apela al Impulso Vital (élan vital) como motor de la vida a diferencia del romanticismo panteísta alemán, el positivismo darwiniano y las corrientes materialistas". Pero el Hermano Jaime tenía tiempo en sus clases de Ciencias Sociales e Historia: nos enseñó a ir a la biblioteca, a unir palabras y significados, sólo descifrables en la unión de  filosofía y  lenguaje,  para entender con enciclopedismo el tiempo de las ideas. Así fuimos a la biblioteca, tuvimos preguntas y toda una generación le aplaudimos su genialidad para dar sentido a la historia.

Pero los tecnócratas arremeten una vez más. Así como algunos plantearon que extendiendo la jornada escolar a muchas horas se mejoraría la educación a punta de duplicar la infraestructura, con los modestos resultados conocidos, ahora Lavín, experto en piruetas y pirotecnia (recuerdo su alcaldía por Las Condes traspasando un colegio a los profesores para luego expirar en lo efímero del experimento liberal al extremo, ojalá cero Estado), llama reforma a eliminar clases de historia y sumarlas a matemáticas y lenguaje. Juego trivial e idiotez al cubo. Discurso para la galería y para completar test internacionales. Educar es enseñar a pensar y comprender lo que se memoriza, repite, salir de la inmediatez, del chateo vanal, del pensar en subtítulos. Matar o rebajar las clases de historia, o de filosofía, es disminuir la ya decaída capacidad de interpretación, de lectura de mundos, de entender (se) en procesos largos y convergentes, historias que perviven (historia del tiempo presente, aquello que explica lo que somos).

Hay que detener este holocausto a la formación de las nuevas generaciones: las palabras y las ecuaciones sin contexto son el camino al vacío.

David de Ugarte, quizás el principal cíberactivista en lengua española, economista y pensador, creó en su Cooperativa Las Indias digitales, contextopedia, un intento de explicarse las cosas y conectarlas. También lo decía Václav Havel en un discurso sobre lo confuso de las palabras que significaban algo tan distinto en sus contextos "históricos", como la palabra socialismo, sinónimo de  libertad y emancipación en algunos casos, y de opresión en otros. El lenguaje revela y oculta, dice Heidegger. Entender la construcción de la realidad crear personas con fortaleza emocional para crear (se).

Rebajar las clases de historia es negar a la educación buena parte de su capacidad explicativa, de hacer sentido. Imaginemos por unos minutos esas clases reducidas, en que ya no se podrá explicar el pensamiento de Occidente y Oriente (se jodió Krebs), ni el pensamiento Latinoamericano independista con sus bemoles, ni el tránsito de la Carta Magna a la Revolución Francesa, ni muchos menos el desarrollo económico frustrado de Chile con la crisis del salitre o sus desigualdades.  Chilenos "cultos" que hablen de evangélicos pero no entiendan la Reforma Protestante, que no sepan ni pío de las razones para la muerte de Balmaceda, que apenas distingan quién era Lautaro, o la diferencia entre Aymaras y Diaguitas, entre Pedro Aguirre Cerda y Carlos Ibáñez del Campo, que nunca hayan entendido el lenguaje de La Araucana, que es imposible descifrar "sin historia".

Las horas de clases casi sobran en Chile, lo que falta es lo que se ha dicho hasta el cansancio: piso financiero administrativo no voluble, apoyo pedagógico, cursos más pequeños, profundizar redignificación de la docencia,  academias que funcionen en las escuelas municipales y subvencionadas (como las de lenguaje o de talentos matemáticos). No tiene sentido por la parafernalia acabar con la historia. Salvo que esta incomode, porque siempre es distinto haber sido parte de un gobierno de horrores que de equívocos, aunque algunos tengan desasosiego con el pasado. Implementar la reforma es más fecundo. Nos tocó liderar un proyecto para que la Región de O´Higgins  tuviera materiales de apoyo a las dos unidades de historia regional de inicios de la secundaria, que en la mayoría de las regiones del país sigue sin libros ni videos de apoyo, más allá de las postales y los mapas conocidos. Es un ejemplo significativo; hubo que trazar la historia social, económica, cultural, el paso de los pueblos originarios, indagar en las tradiciones orales de Cachapoal, Colchagua y Cardenal Caro. Todo eso quedará excluido,  a la hora de "apretar", de achatar en las clases tipo chateo.

La editorial Los Andes, que fue (o es) de Piñera, sacó libros valiosos como “Cien hechos de la historia nacional”, “Epístolas claves”, “Mujeres con presencia”. Se podrá decir que algo epigráficos, pero un aporte. Su hermana y una hija saben de historia. Ojalá las escuche, como a los expertos, como a la academia, como a los libros que le haría falta leer (esa es historia contra factual al decir de Proust).

Chile es un país dramático por su geografía y su historia; de allí los poetas de ayer, los creadores audiovisuales de hoy; contadores de cuentos que son modernísimos conectados con la deriva antigua, la historia larga  que vale la pena ser oída.  Una parte demasiado importante de nuestra identidad del fin del mundo está hecha de esta valoración de la historia, como Encina y Castedo, como Ramírez Necochea y Salazar, como Villalobos y Barros Arana. Hay que detener este holocausto a la formación de las nuevas generaciones: las palabras y las ecuaciones sin contexto son el camino al vacío.

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