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Editorial

Editorial: La visita del Presidente a Perú

por 1 diciembre 2010

Editorial: La visita del Presidente a Perú
Hace bien, por lo tanto, el Presidente en no caer en la entropía diplomática, llena de rigideces y cosas del pasado, que no calzan con la globalización. Construir los climas de cooperación lleva tiempo, e implica en primer lugar alejar las imágenes de una disuasión agresiva o la hosquedad diplomática.

No parecen ni claras ni justificadas las críticas al Presidente Sebastián Piñera por su visita a Perú. Si bien, en las relaciones con el país vecino es necesario mantener una mirada atenta y cuidadosa de las formas, no sólo por el diferendo limítrofe pendiente en  La Haya, sino por la historia misma de nuestras relaciones, no cabe duda que el diálogo distendido es mucho más prudente que los ceños adustos.

El Presidente, más allá de su optimismo sin protocolos, introdujo una señal positiva que debiera hacerse permanente en las relaciones con los vecinos. Ello porque estos son nuestro entorno permanente, condicionan con su presencia y relaciones parte importante de nuestro desarrollo, y porque en el tipo de inserción internacional que tiene Chile la paz  es un pilar estructural de su interés nacional más primario.

Justo es decir, sin embargo, que la exigencia de una política de gestos austeros tiene también buenos argumentos. Ella se justifica fundamentalmente en el hecho de que no enfrentamos solo las opciones coyunturales de un gobierno, sino también una textura de relaciones con Perú que tienen el relave de percepciones culturales negativas producto del pasado, que si bien deben ser superadas, no cambian de la noche a la mañana de manera espontánea.

No habrá seguridad sin una cultura de diálogo y confianza, la que debe cultivarse incluso en los momentos más difíciles.

Los críticos del viaje han manifestado con más fuerza aún que Perú ha tenido una actitud poco amistosa al demandarnos ante un tribunal internacional, por lo que mostrarse distendido frente al hecho podría repercutir de manera negativa en la opinión de los jueces internacionales, en contra de nuestros intereses.

Todo ello es más bien una mirada formal y de corto plazo. Los argumentos esgrimidos, contrariamente a lo que buscan, debieran validar aún más la actitud presidencial,  pues  se trata de no congelar en el tiempo el rictus amargo de la Guerra del Pacífico, ni menos aún hacer del actual diferendo un nuevo hecho que refuerce la idea de una herida abierta en las relaciones entre ambos países. Para evitarlo, nada mejor que la construcción de confianza  que, independientemente de los resultados en el tribunal de La Haya, o de las aprehensiones de sectores nacionalistas ultramontanos a cada lado de la frontera, será más que necesaria, pues Perú seguirá siendo nuestro vecino y compartiendo parte importante de nuestro destino.

En un texto de reciente aparición editado por el catedrático norteamericano Brian Loveman*,  el destacado politólogo peruano Enrique Obando señala que “un análisis de la política estadounidense hacia el Perú, es duro decirlo, tiene que comenzar no por la ayuda al desarrollo ni por la lucha contra la pobreza, sino por la política antinarcóticos…”. Y luego, hace un repaso pormenorizado de los escenarios de la droga y la subversión en el país vecino, que son un llamado de alerta sobre los temas de la seguridad regional para nuestro país. En cada uno de los aspectos que toca el artículo es posible percibir la importancia que tiene para Chile el desarrollo institucional de Perú y la necesidad de políticas de cooperación entre ambos países, incluso en temas de seguridad e inteligencia.

Hablar de ello en el actual escenario parece imprudente y alejado de la realidad. Sin embargo no es así. Porque no habrá seguridad, sin una cultura de diálogo y confianza, la que debe cultivarse incluso en los momentos más difíciles.

Hace bien, por lo tanto, el Presidente en no caer en la entropía diplomática, llena de rigideces y cosas del pasado, que no calzan  con la globalización. Construir los climas de cooperación lleva tiempo, e implica en primer lugar alejar las imágenes de una disuasión agresiva o la hosquedad diplomática. Todo ello sin olvidar las buenas formas y, algo muy importante, la calidad de los agentes diplomáticos que hacen el día a día de las relaciones.

* Brian Loveman. Adictos al fracaso. Politicas de seguridad de Estados Unidos en América latina y la Región Andina, LOM Editores. Santiago 2010.

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