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Partidos políticos: ¡viva el conflicto!

por 2 diciembre 2010

El descrédito de los “partidos políticos”, así como la nueva definición implícita en las respuestas, son alarmantes. Desde luego, se deduce una tendencia a calificar negativamente el conflicto, la disidencia y la polémica.

Un estudio desarrollado por el Consorcio de Centros de Estudios (CEP, Cieplan, Proyectamérica y Libertad y Desarrollo) junto a PNUD e IDEA, reveló que la mayoría de los chilenos (76%) cree que los partidos políticos no tienen prácticamente virtudes. Apenas un tercio de los entrevistados estima que “dan estabilidad a la democracia” (33%); “entregan buenas propuestas para resolver problemas del país” (33%) o “representan los intereses de la sociedad” (30%).

Resultados previsibles, considerando las condiciones socio-culturales en el que estos se desenvuelven y que, como hemos apuntado en oportunidades anteriores, enfrentan su papel “conductor” sin “poder real” ni en lo económico (escaso financiamiento); ni en las comunicaciones (no poseen medios propios influyentes); ni en lo social (su poder de definición del gasto social es mínimo en el Congreso); y ni siquiera en lo político, pues los medios masivos –su principal correa de transmisión a la ciudadanía-, buscando rating para asegurar su propia supervivencia, hacen una selección nada natural de sus fuentes “políticas”, tanto respecto de los temas publicables, como de opiniones, las que, para vender, deben ser “entretenidas”. Es decir, farándula.

Lo que es novedoso es el resultado de la encuesta ante la consulta “a quiénes deben representar los partidos”: la mayoría dijo que a “Todos los chilenos” (75%). Este sí es un cambio sustantivo –de época diría- en la semántica del concepto “partido político”. Hasta hace algunos años, subproducto de la sociedad industrial, la noción se entendía precisamente como “parte”, es decir, una organización de personas libremente asociadas, que legítimamente representaba a una “parte” de los ciudadanos, sus intereses específicos, los que no necesariamente deben corresponder a intereses generales o de “toda la nación”.

El descrédito de los “partidos políticos”, así como la nueva definición implícita en las respuestas, son alarmantes. Desde luego, se deduce una tendencia a calificar negativamente el conflicto, la disidencia y la polémica.

En efecto, la nueva idea de “partido” que emerge de las respuestas como “representación de todos los chilenos”  está consolidada en otra consulta del sondeo: ¿Cuáles son los tres principales defectos que Ud. les encuentra a los partidos políticos? Aquí los entrevistados dicen que en su mayoría “privilegian sus intereses por sobre los intereses del país” (61%); que “están muy divididos en grupos, hay muchas peleas internas” (52%) y que “no representan los intereses de la gente” (40%). Es decir, son interesados, discrecionales, divisionistas y conflictivos.

El descrédito de los “partidos políticos”, así como la nueva definición implícita en las respuestas, son alarmantes. Desde luego, se deduce una tendencia a calificar negativamente el conflicto, la disidencia y la polémica, sin importar mucho si aquella está referida a cuestiones sin relevancia (la “farandulítica” en la TV abierta); o a temas que podrían definir la vida de cada ciudadano. Puede ser un problema de construcción del instrumento de medición o tal vez resultado del impacto en la percepción de mundo que genera la intermediación de un periodismo de info-entretención. Pero también puede ser –y si non e vero e ben trovato- que responda a un profundo estado de ánimo “chilensis” respecto de la violencia en cualquiera de sus formas y el consiguiente miedo subsumido al “desorden”.

Desde hace casi 40 años, los chilenos nos venimos acostumbrando a la “unidad” como valor y a interpretar la discusión como “peligrosa” o, al menos, preámbulo de violencia, aún en sus mínimas manifestaciones verbales. El disenso se lo dejamos a “díscolos” y “buscapleitos”, mientras los demás procesamos diferencias eludiéndolas o eliminándolas. No sabemos polemizar buscando mínimos comunes en la correlación entre nuestras percepciones y las del otro; utilizamos un lenguaje cargado de emociones y, en consecuencia, las divergencias terminan siendo efectivo preludio de “choques de voluntades” y hasta de “un par de puñetes”.  Por eso, la “unidad” nos redime.

Pero representar ante otro, civilizadamente, intereses específicos no es ningún pecado. Más bien es una virtud que debemos cultivar si queremos estar gratos en la democracia plural y abierta que inevitablemente se nos viene. Cada cual tiene sus propios intereses. En eso consiste la libertad. Y si bien es cierto, los partidos políticos actuales mantienen resabios inerciales de las organizaciones decimonónicas que se instituyeron para representar intereses estamentales o de clases, su papel en los albores del siglo XXI y la Sociedad del Conocimiento, ha cambiado irremediablemente, sin que, aparentemente, sus dirigentes se hayan percatado. Las clasificaciones que los hicieron posible en la sociedad industrial son poco o nada operativas. De allí el guirigay que implican hoy las definiciones de “izquierda” o “derecha”.

Así y todo, se puede apostar mil a uno que subsisten otras múltiples diferencias de intereses que pueden expresarse en orgánicas que los hagan valer racional y socialmente, con la forma y fondo de una sociedad libre y democrática, tolerante de los desacuerdos y sin miedos a las naturales discrepancias. Esta es una clave para la reingeniería de los partidos y una tarea pendiente, so pena que terminen transformándose en simples grupos programáticos, de poder, o pragmáticos movimientos “single issues”, como llamó A. Giddens a esos conjuntos ciudadanos que se unen con meta única y que una vez lograda, se desarticulan.

Nos gusta autodefinimos “tolerantes”, “libertarios”, “amplios”, “plurales”. Pero –curioso- queremos que los partidos representen a “todos los chilenos”. Parece de simple lógica que una “parte” no es el “todo”, porque entonces lo que hay es un “todo” y no “partes”. La parte implica, por definición, diferencias. Pero los chilenos anhelamos “unidad”, “indiferencia” (¿igualdad?). Por eso no nos gustan los “díscolos” ni “revoltosos” que manifiestan sus desacuerdos. Me temo, empero, que lo que en realidad queremos no es “unidad”, sino obviar conflictos, discusiones que siempre creemos “peligrosas”. Llamamos así a la “unidad nacional”, como ansiosos esquizofrénicos, antes del ataque sicótico que divide su personalidad.

Este miedo a la diferencia, en el que “la parte debiera representar al todo” (algo que sólo ocurre en la imposición e impostura de sociedades totalitarias) aún nos carcome el alma e impide que convivamos apasionada pero ordenadamente en una mayor y más rica pluralidad, en la que gracias al permanente desacuerdo y constante reto de enfrentar otras interpretaciones de la realidad, crezcamos todos en ideas, creatividad, innovación.

Por eso la conclusión de la encuesta es lógica. Cuando se pide la opinión sobre cómo funciona la democracia la mayoría (56%) la califica de “regular” y 13% “Mal + Muy Mal”. Apenas un 26% la valora “Bien + Muy Bien”. Claro, queremos “unidad” y resulta que los “partidos” dividen, conflictúan, son interesados. Aún no entendemos que libertad implica conciencia y reconocimiento de los intereses propios (y los de los demás) y, por consiguiente, la democracia, medio en que la autonomía se expresa con mayor eficacia, crece entre obvias “divergencias” que debemos aprender a procesar sin gritos, ni golpes. En los hechos, son las “unidades” fictas e impuestas las que habitualmente terminan en “caos”. Ejemplos sobran.

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