Domingo, 11 de diciembre de 2016Actualizado a las 22:27

Autor Imagen

El voto voluntario no es el fin del mundo

por 4 diciembre 2010

El tema es no olvidar que, en el fondo, el poder debe estar en manos de las personas. De eso se tratan los derechos. Cuando hablamos de obligaciones, éste está en las manos de quien obliga. En este caso, de la clase política organizada en el Estado.

Es necesario bajarle el volumen a la actual discusión entre voto voluntario o voto obligatorio. Si creemos en lo que estamos leyendo y escuchando todos los días al respecto, se podría pensar que con el voto voluntario la democracia se derrumbaría. Se amenaza, entre otras cosas, con que la participación bajaría a niveles ínfimos o que los pobres dejarían de votar. Primero, desdramaticemos.

Si bien en los esquemas de sufragio voluntario hay una documentada tendencia estadística a que la tasa de participación promedio baje, este descenso no es en ningún caso violento. En Latinoamérica, sólo hay dos casos de voto voluntario: Colombia con una participación de 45%, lo que es peligrosamente bajo, pero con inscripción voluntaria como tiene hoy Chile. El otro caso es Nicaragua, con inscripción automática al padrón electoral, como tendrá Chile en el futuro, y donde la participación alcanza al 82%, siendo uno de los 5 países de Latinoamérica con mayor participación electoral. En este sentido, si bien en las estadísticas internacionales el esquema de voluntariedad puede implicar diferencias, no sería la principal de las explicaciones para los países con baja participación.

Por otra parte, también está acreditada una disminución -en promedio- de la participación electoral de los ciudadanos de menores recursos o de menor educación, en comparación a aquellos de mayores recursos o educación. Pero el peso de esta disminución debe ser ponderado con la diferencia de votación según condición socioeconómica. Para quienes ya no vivimos en la Guerra Fría y analizamos sin preconcepciones los datos electorales de Chile de los últimos 10 o 15 años, ésta diferencia de votación entre ricos y pobres se ha desdibujado hasta hacer muy difícil encontrar explicaciones socioeconómicas al voto de las personas. La aseveración que ricos votan por unos y pobres por otros dejó de ser cierta hace tiempo. En el peor de los casos, la diferencia de participación electoral entre ricos y pobres, sería menor.

El tema es no olvidar que, en el fondo, el poder debe estar en manos de las personas. De eso se tratan los derechos. Cuando hablamos de obligaciones, éste está en las manos de quien obliga. En este caso, de la clase política organizada en el Estado.

Es cierto. Una baja en la participación y algo de sesgo socioeconómico son costos esperables del voto voluntario que hay que tomar en cuenta con seriedad. Pero poco se habla de los costos del voto obligatorio.

Primero, en el tema de fondo, toda obligación implica un costo para las personas ya que nos cuesta un trozo de nuestra libertad. Si nuestra vida fuera sólo de obligaciones, no tendríamos ninguna libertad. Por lo mismo, las razones para permitir que se nos obligue a algo deben ser suficientemente importantes como para estar dispuestos a ser un poco menos libres.

Segundo, la obligación de votar, exime a partidos y candidatos de la tarea de persuadir a los ciudadanos para que concurran a las urnas. Esto implica un menor incentivo a esforzarse por demostrar que la elección realmente es importante para el ciudadano, y un estímulo a sólo preocuparse de mostrar -a este público electoral cautivo- que uno es mejor que la alternativa, o en su defecto, que la alternativa es peor que uno. El riesgo es que esto se convierta en profecía auto cumplida y terminemos con elecciones que efectivamente no implican decisiones importantes y por lo tanto, con países que dejarán de tomar estas decisiones.

Tercero, con el voto obligatorio perdemos una de las pocas formas democráticas de expresión con que contamos: el abstenerse de participar. El voto en blanco puede significar que uno no está satisfecho con las opciones disponibles. El voto nulo puede ser una manera de protestar. Ambas implican malestar. Pero si las opciones de blanco o nulo en un esquema de sufragio obligatorio fuesen reemplazo suficiente para quienes no votarían si tuvieran voto voluntario, entonces veríamos mayores tasas de blancos o nulos en países con voto obligatorio. Pero no es así. No hay relación entre el número de votos blancos o nulos ni con el esquema de voluntariedad ni con las tasas de participación. Entonces, la obligatoriedad del voto termina por disminuir artificialmente el malestar ciudadano expresado en las urnas. No hace sino validar por secretaría un sistema democrático o de partidos que puede perfectamente no tener mayor legitimidad ciudadana. Y mientras la clase política vea que está todo bien, no tendrá razones que la empujen a preocuparse o a hacer cambios.

Cuarto, mientras más estable sea el padrón electoral, las elecciones serán más predecibles y sus resultados serán más homogéneos. En cambio, un conjunto de ciudadanos que participe sólo cuando estime que la elección es realmente importante, entregará un ruido al sistema que hará que los resultados sean más variables. Este ruido adicional facilita la renovación o desaparición de los viejos actores y la llegada de otros nuevos, con nuevas ideas, nuevas propuestas, que sean capaces de encantar al público que, de otra manera, se quedaría en sus casas. Pequeñas cuotas de caos siempre son bienvenidas para mantener a los sistemas saludables.

Quinto y último, el voto voluntario corresponde a un anhelo generacional de quienes no están inscritos. Generaciones cuya ausencia en las elecciones es justamente la razón de por qué estamos teniendo esta discusión. El motivo de por qué muchos de ellos no se han inscrito es justamente porque no quieren quedar obligados a votar para toda la vida. Y el inscribirlos automáticamente para hacer lo que, como ciudadanos adultos y conscientes que son, han estado evitando, será más una bofetada que un abrazo de bienvenida al mundo de los votantes.

Finalmente, el tema es no olvidar que, en el fondo, el poder debe estar en manos de las personas. De eso se tratan los derechos. Cuando hablamos de obligaciones, éste está en las manos de quien obliga. En este caso, de la clase política organizada en el Estado. Justamente los actores a quienes, en las elecciones, podemos mirar de frente con todo el poder en nuestras manos. Incluso si eso significa ignorarlos al decirles en la cara que no son relevantes o que no valen la pena ni siquiera para hacer una raya en un papel.

Compartir Noticia

Más información sobre El Mostrador

Videos

Más Noticias

Blogs y Opinión

Encuesta

Mercados

TV

Cultura + Ciudad

Deportes