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Wiki-leaky: Julian Assange, el secretismo ajeno y el propio

por 6 diciembre 2010

Julian Assange, según dicen los más entusiastas, le ha dado un duro golpe al imperio americano al demostrar, entre otras cosas, que sus diplomáticos se comportan como espías. Para conseguir las evidencias de su acusación, Assange se ha valido de la vieja fórmula de ejercer el periodismo como otra forma de espionaje indiscriminado: revelar secretos porque son secretos, sin importar que sean relevantes o irrelevantes. Para algunos, no hay nada de malo en eso; según otros, implica el aumento de los riesgos para terceros en diversos escenarios del mundo.

Lo que hizo Assange fue impulsar a un soldado norteamericano (el cabo Manning, que contactó indirectamente a Wikileaks, y que atravesaba una profunda depresión, según se dice con impulsos suicidas) a traicionar a su institución y, en cierta forma, al fin y al cabo, a cometer una suerte de suicidio en cámara lenta: el cabo, de quien los celebrantes de Assange no se ocupan mucho, está preso en Estados Unidos y espera un juicio por traición que probablemente lo deje en la cárcel para siempre (hasta cincuenta y dos años).

Los defensores de Assange lo declaran el primer gran héroe del siglo veintiuno. Sostienen que lo que otros ven en él como megalomanía no es tal y que el australiano está libre de toda inclinación autopromotora: su única intención es la transparencia y la denuncia; su único objetivo es luchar contra los grandes poderes mundiales a los que pocos ponen en jaque y muchos menos cuestionan o denuncian.

El lado dudoso de Julian Assange

Esos celebrantes pasarían un rato difícil intentando explicar por qué la selección personal de Assange de los cables que serían conocidos en la primera remesa ha estado tan movida por el afán publicitario: chismes sobre la personalidad de ciertos líderes mundiales, las fiestas de Berlusconi, la acompañante de Gaddafi, la inseguridad de Merkel, el ego de Sarkozy, etc.

También encontrarán dificultades para justificar la precipitación de Assange: más de un voluntario de Wikileaks se ha apartado de él en los últimos meses, sosteniendo que Assange no tenía derecho alguno a publicar los documentos de sus dos casos anteriores (los referidos a Irak y Afghanistán) sin antes asegurarse de que los informantes civiles de Estados Unidos en esos países, cuya identidad es detectable en los documentos, estuviera a salvo de la venganza del Talibán.

En cada país hay una cierta cantidad de personas que ven en las acciones de Assange una revolución en temas de responsabilidad gubernamental, una reescritura de nuestras nociones sobre el secreto de estado, el advenimiento de una era de fiscalización global, la puesta al día de los grandes imperios con la necesidad de rendir cuentas ante la civilidad en la edad postmoderna.

Sin duda, hay un poco de todo eso: en la práctica, Assange y Wikilieaks van a conmocionar todo lo anterior. Sospecho que no para inaugurar una nueva era de transparencia, sino para que los gobiernos encuentren eficaces maneras de hacer que sus secretos sean más y más herméticos. Eso, claro está, no es culpa de Assange: es una dinámica evidente y siempre ha existido: su resultado paradójico es la completa estasis del secretismo, o su aumento.

La transparencia relativa

Assange ha sido encontrado culpable de diversos crímenes en el pasado, incluyendo veinticuatro cargos de hackeo a instituciones australianas; entre otras cosas, algunos de esos cargos fueron por violentar los registros privados de una de las muchas universidades donde estudió en su país de origen, en los años noventa.

En sus veintes, Assange fundó un grupo de hackers autodeniminado Subversivos Internacionales. En las décadas siguientes ha sostenido que él no es un hacker. Curiosamente, una de sus labores más conocidas fue la creación de un software que permitiera que las instituciones de defensa de derechos humanos pudieran mantener sus archivos en secreto absoluto ante cualquier posible intervención de terceros (incluyendo, obviamente, periodistas). Esas instituciones lo han premiado repetidas veces desde entonces. Por lo menos en uno de esos casos el premio ha sido muy merecido: se debió a los demoledores informes de Assange sobre las ejecuciones extra-judiciales en Kenya, aparecido el año pasado.

Aun con eso, está claro que la defensa de Assange de la transparencia absoluta y su ideal de que toda la información institucional en el planeta sea siempre abierta es bastante parcial: implica la creencia apriorística de que se debe hacer pública la información de quienes a su juicio son perjudiciales y mantener en reserva la de quienes, según él, están en el lado correcto de la historia: "History will win", declaró hace poco, en relación con los ataques virtuales al website de Wikileaks. En ese caso, cuando Assange dice "History", quiere decir  Assange.

Las fuentes de ingresos de Wikileaks, por ejemplo, son, en una inmensa medida, desconocidas; todos quienes trabajan allí declaran hacerlo como voluntarios ad honorem, comenzando por él mismo. Ese secreto, de alguna manera, es más lícito para Assange que el secreto de los cables de un funcionario de embajada que le escribe a otro sobre las costumbres de algún político europeo en sus ratos de ocio.


Estados Unidos y Wikileaks

Las reacciones a esta última y gigantesca filtración de información clasificada del Departemento de Estado norteamericano, por el lado de la institucinalidad estadounidense, han sido muy distintas. La Casa Blanca la ha condenado (sin que Obama personalmente se ocupe del caso); la secretaria de Estado, Hillary Clinton, se ha referido al hecho como un acto criminal; el gobierno, a través de su fiscal general, se ha reservado el derecho de interponer acciones judiciales; el departamento de Defensa viene interrogando al espía americano.

Los republicanos han sido, como es de esperar, mucho más radicales: el ex candidato presidencial Mike Huckabee y un par de líderes republicanos del Congreso han pedido ni más ni menos que la ejecución de los implicados. Sin llegar a decirlo, Sarah Palin y otras cabezas visibles del movimiento conservador (incluyendo a algunos de los todopoderosos hombres y mujeres de la radio) han apuntado a cosas similares, pidiendo que se declare a Assange un combatiente enemigo. Quienes creen, sobre todo fuera de Estados Unidos, que no hay diferencia entre demócratas y republicanos, podrían sacar conclusiones a partir de esas actitudes.

Más allá de eso, sorprende lo curiosamente indemne que va saliendo el gobierno americano de todo esto, salvo que en las remesas próximas aparezcan documentos de una índole totalmente distinta. Aparentemente, el Departamento de Estado americano ha venido actuando con mucha inteligencia en sus relaciones internacionales, y lo que han declarado como líneas públicas de actuación no difiere mucho de lo que los cables permiten entender como su ejecutoria real. Está, eso sí, la mancha de esa orden firmada por Clinton en la que pide a miembros del cuerpo diplomático que consigan información personal de los representantes de otros países ante las Naciones Unidas.

Ni siquiera las sorpresas lo son en verdad: una mayoría creciente de países árabes siente tanto rechazo y tanta inquietud ante la posibilidad de un Irán dueño de armas nucleares como la que sienten Estados Unidos e Israel. Miembros del gobierno y cabezas de Estado de más de uno de esos países ha pedido explícitamente a Estados Unidos que ataque a Irán, en lo que parecen ser exigencias de una guerra abierta.

Estados Unidos, sin embargo, se ha rehusado a la confrontación militar, ha preferido la articulación de una alianza anti-iraní que incluya a Rusia y a China, y ha avanzado con cierta seguridad para lograr un estado de cosas que permita esa coalición: por ejemplo, alcanzando lo que parece ser un compromiso para que Arabia Saudita abastezca a China del petróleo que ésta todavía recibe de Irán.

China, mientras tanto, se muestra cada vez más reacia a seguir haciendo la vista gorda ante las erráticas bravatas de Corea del Norte, lo que volvería su participación en la coalición anti-iraní incluso más relevante, por las ramificaciones que pueda tener luego en el otro frente.

Un aspecto crucial de toda esa cadena de circunstancias, sin embargo, es que los líderes de los países árabes no tienen mucho aire, en el marco de sus políticas internas, para maniobrar junto a Estados Unidos en el frente internacional: aliarse a los americanos para oponerse a Irán es una de esas cosas que pueden hacer tambalear y acaso colapsar a un regimen en un país árabe.

Las revelaciones de Assange harán mucho más difícil que los gobernantes de esos países se decidan a bloquear la amenaza del régimen violentista de Irán, lo que aumentará los riesgos de un conflicto con Israel y, probablemente, eliminará cualquier esperanza de una paz entre éste y Palestina (cuyo lado recalcitrante recibe el apoyo de los iraníes).

De todos los artículos que he leído sobre el asunto, el de Seumas Milne en The Guardian es el que más patentemente muestra lo lejos que están dispuestos a ir los comentaristas anti-americanos de la prensa mundial para acusar a Estados Unidos de cosas que los documentos no sólo no demuestran, sino que parecen rebatir. Escribe Milne:

"But it is the relentless US mobilisation against Iran that provides the most ominous thread in the leaked despatches. The reports that the king of Saudi Arabia has called on the US to "cut off the head of the snake" and launch what would be a catastrophic attack on Tehran, echoed by his fellow potentates in Jordan, Egypt, the United Arab Emirates, Bahrain – and, of course, most dangerously by Israel – were yesterday hailed by the Times as evidence of a new "international consensus" against Iran.

"It is nothing of the sort. It simply underlines the fact that after more than half a century the US still has to rely on laughably unrepresentative autocracies and dictatorships to shore up its domination of the Middle East and its resources. While Arab emirs and election-rigging presidents fear the influence of Iran and only wearily bring themselves to raise the Palestinians with their imperial sponsors, their people regard Israel and the US itself as the threats to their security and strongly support Iran's nuclear programme – as the most recent US-conducted poll in the region demonstrated".

Milne habla, como ven, de la infatigable mobilización norteamericana para detener a Irán. Y todos los ejemplos que provee son casos en que los líderes de Arabia Saudita, los Emiratos Árabes, Bahrain, Jordania y Egipto piden una intervención militar que el gobierno de Obama desestima. En esa operación, por otro lado, Milne parece deslegitimar los pedidos de los gobernantes árabes porque son "emires y presidentes que manipulan sus elecciones" y porque no representan la opinión popular de sus países.

Pero, ¿cuál es esa opinión? Que los enemigos naturales de los países árabes son Estados Unidos e Israel, que esas son las reales amenazas y que Irán debería convertirse en una potencia nuclear. Por cierto, a Milne no le preocupa preguntarse qué es lo que Irán haría con sus armas nucleares, ni mucho menos le preocupa la opinión popular de los iraníes ante su propio gobierno y sus propios líderes que manipulan elecciones.

¿Una nueva era del periodismo?

No hay que ser un nigromante para saber que la lucha de Assange es eminentemente ideológica: él lo ha declarado siempre. Pero tampoco se necesita una bola de cristal para saber que ni sus objetivos ni sus métodos son la absoluta transparencia. Lo mismo ocurre con la mayoría de las lecturas que sobre el tema se vienen dando. Tengo la sospecha de que una gran mayoría de quienes lo celebran, no celebrarían esta forma de transparencia forzosa si ella implicara desnudar su propia trastienda en lugar de la trastienda ajena.

Eso no me preocupa demasiado. En el fondo, como muchos, hubiera deseado (y todavía lo hago) que las revelaciones de Wikileaks permitieran limpiar al menos una parte de las infinitas suciedades que infestan la política internacional. Sin embargo, hasta ahora parecen reflejar sobre todo una tensión entre quienes buscan soluciones militares y quienes, como al administración de Obama, prefieren ir cerrando frentes bélicos en lugar de inaugurar otros nuevos.

Y sí, entiendo que nadie puede celebrar eso último demasiado mientras continúe y se expanda la guerra en Afghanistán, pero al César lo que es del César: el departamento de Estado de Hillary Clinton está haciendo un esfuerzo real por evitar el crecimiento de la violencia internacional, y esa es una verdad que los cables de Wikipedia no niegan, sino que aseguran y refrendan. Dejar que Irán y Corea del Norte expandan sus planes nucleares, en cambio, sería una garantía de más violencia en el futuro.

Para terminar, es crucial preguntarse cuál es la revolución que, según se dice, implica Wikileaks para el oficio periodístico y el lugar y las operaciones del periodismo en nuestro tiempo. Periodismo de investigación que revela secretos de Estado y destapa corrupciones, eso ha existido desde que existe el llamado cuarto poder. Hasta ahora, sin embargo, los destapes y las revelaciones parecían seguir una lógica mucho más particularista: se destapa y se revela cuando se encuentra algo corrupto, no cuando se encuentra cualquier cosa.

Lo que Wikileaks introduce es la noción de que la revelación es importante en sí misma, más allá de su contenido particular, porque desestabiliza la lógica de la acumulación de información. Eso, sin embargo, tiene la innegable ramificación de sostener que el secreto es siempre perjudicial y, a su vez, a ello se le puede oponer la no menos clara objeción de que hay ciertos secretos que garantizan una forma de paz en lugar de promover una forma de violencia.

Un detalle que parece no digno de análisis hasta ahora (y que creo haber entendido en conversaciones con Daniel Salas) es que la monumentalidad de las revelaciones de Wikileaks, que se basa en su insólito volumen, parece hacer inocuo su propio contenido: el medio millón de cables de los que se ha empezado a hablar recientemente (primero se dijo que eran 250 mil), es en la práctica una sobrecarga de información que acaba por banalizar su contenido: un plan para modificar el flujo de petróleo en Asia ocupa el mismo espacio noticioso que las curvas de la acompañante de Gaddafi, la formación de una coalición anti-iraní se vuelve equivalente a las borracheras de Berlusconi.

El sueño imposible de la objetividad (la pura demostración de documentos) se descubre impracticable: ninguna revelación de secretos de Estado en la historia contemporánea ha ingresado tan inmediatamente y de manera tan absoluta en la spin zone de los comentaristas partisanos como esta catarata de información caótica, y según corren los días se empieza a notar que las consecuencias de esta giganteca revelación parecen camino a ser menores, en cuanto respecta a las grandes potencias occidentales, que las pequeñas revelaciones paulatinas de la prensa tradicional.

De hecho, curiosamente, cada vez parece más claro que el escándalo no se viene centrando en las acciones y los secretos de los gobiernos: ante los ojos del público, da la impresión, el escándalo es la acción misma de Wikileaks: su espectacularidad es la única novedad, mucho más que lo que el website pro-transparencia ha revelado en sus filtraciones: el contenido ha sido devorado por el espectáculo.

El acto de fe

Las acusaciones en Suecia contra Julian Assange por dos delitos sexuales proveen un ejemplo de cómo la mecánica tradicional del militantismo no funciona de manera distinta con el escándalo de Wikileaks. Los abogados de la transparencia y defensores de Assange no están dispuestos siquiera a permitirle el favor de la duda a las acusadoras: dos mujeres que reclaman que aceptaron tener relaciones sexuales con el australiano pero que, cuando insistieron en que éste usara protección, se encontraron con la insistencia de éste en hacerlo sin usar preservativos, de modo que la relación perdió su carácter consensual.

En cualquier otra circunstancia, quienes defienden a Assange tomarían el lado de las mujeres que reclaman su derecho a tener relaciones sexuales bajo sus propias condiciones, sin que se les insista en sostenerlas cuando esas condiciones no se cumplen. No me es en absoluto ajena la sospecha de que detrás de esto pueda existir una conspiración, pero tampoco estoy dispuesto a sostener que estas mujeres carezcan de derecho a reclamar, como sí parecen creer los defensores de Assange.

Más aun teniendo en cuenta que el propio Assange ha sostenido que sí tuvo relaciones sexuales sin protección con dos mujeres en Suecia durante la semana en que se le acusa por estos incidentes. Una de ellas, por cierto, era la misma organizadora de las conferencias que Assange estaba ofreciendo en Suecia en esos días, alguien de quien es más que difícil sospechar un interés político por destruir al australiano.

Quienes han visto la manera en que Assange no duda en recortar la agenda de tópicos posibles de sus entrevistas, y la forma en que las corta a la mitad y se marcha cuando, por ejemplo, una reportera de CNN le pregunta "¿usted cree que las acusaciones de delitos sexuales son una maniobra en su contra?", no pueden menos que preguntarse cuál es exactamente la idea de transparencia de este activista, cuyos cables filtrados ingresan abiertamente en la vida privada de muchas otras personas, pero que se niega sistemáticamente a responder acerca de la suya.

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