Martes, 6 de diciembre de 2016Actualizado a las 12:58

Opinión

Autor Imagen

A qué nos enfrentamos los “liberales-progre”

por 9 diciembre 2010

A qué nos enfrentamos los “liberales-progre”
Los “liberales-progre” tendremos que entender que hay ciertas dinámicas sociales donde nuestro enfoque es parcial e insuficiente, y que por ejemplo en ciertos contextos la religiosidad ayuda o que en otros puede ser deseable promover la familia tradicional.

Hace un tiempo leí una columna que ridiculizaba a todos los “liberales-progre” chilenos. Esos que marcharon contra la termoeléctrica de Barrancones, apoyan la despenalización de las drogas y el matrimonio homosexual. Esos que se manejan en las redes sociales y construyen relatos sobre lo que significa ser ciudadanos. Esos relativistas, hegemónicos, elitizados y urbanos. Esos que a diferencia de los pobladores no se manifestaban con rabia, sino con culpa. Los hizo pebre. Nos hizo pebre. Me dio vueltas en la cabeza varios días.

La tesis es sencilla -y puede que no tenga nada de original- pero la ofrezco como contribución a la reflexión: Chile está viviendo una transición conversacional entre las tareas que dejamos pendientes en el siglo XX y las discusiones que se nos vienen encima en el siglo XXI.

Las primeras son todas aquellas relacionadas con el mundo de las carencias propias de los países pobres. Aunque en nuestro caso ya no hablamos del hambre, de la mortalidad infantil o de las metas de alfabetización, todavía nos queda mucho por hacer. Temas como vivienda digna o trato laboral justo, por ejemplo, son los que unen a un Osvaldo Andrade con un Pablo Longueira. Cada uno desde su perspectiva, pero ambos conscientes de que las deudas en este ámbito son demasiado urgentes como para distraerse en otras exquisiteces. Nunca olvidaré un debate universitario donde el representante socialcristiano minimizó la censura a la película “La Última Tentación de Cristo” argumentando, con el rostro atravesado de sincera ira, que mientras en Chile existiera todavía una sola persona en situación de pobreza, la libertad de expresión no tenía prácticamente ninguna relevancia. Por supuesto que esta es una caricatura, pero refleja la magnitud del compromiso político que presenciamos en sus exponentes.

Chile está viviendo una transición conversacional entre las tareas que dejamos pendientes en el siglo XX y las discusiones que se nos vienen encima en el siglo XXI.

Las segundas, en cambio, giran en torno a temas que dan por sentada la superación de ciertas necesidades básicas –materiales o inmateriales- y se proyectan en valores que generalmente están asociados a la libertad y se traducen en lenguaje de derechos. En este grupo también encontramos debates tan diversos como la matriz energética, la integración regional o los avatares comunicacionales del Gobierno. Me refiero a conversaciones que se dan generalmente en los medios más sofisticados y escasamente en poblaciones o en el campo. Son los temas en los cuales se vincula un Fulvio Rossi con un Andrés Allamand. Aquellos que nos recuerdan que si bien la sociedad chilena sigue siendo calificada como conservadora, se está nivelando de acuerdo a su nivel socioeconómico: está demostrado que los países más ricos tienden a ser más liberales en la medida que mejoran los niveles educativos y las personas se vuelven más celosas de su autonomía a la hora de tomar decisiones.

¿Qué país somos, entonces? ¿El de las carencias urgentes o el de los importantes temas emergentes? Los dos. Todavía hay millones de chilenos que se preguntan en qué condiciones les tocará vivir mañana. Y otros tantos millones ya conversan sobre cómo quieren vivir mañana. Vamos a tener que acostumbrarnos a escuchar una melodía en distintos tonos, aprendiendo a no descalificar al que transmite en una frecuencia distinta a la nuestra. Ya no es cierto, como decía cierto partido político, que hay materias complejas que “no le importan a la gente”. Hoy esos temas espinudos –políticos o morales- tienen audiencia y masa crítica suficiente. Y los “liberales-progre” tendremos que entender que hay ciertas dinámicas sociales donde nuestro enfoque es parcial e insuficiente, y que por ejemplo en ciertos contextos la religiosidad ayuda o que en otros puede ser deseable promover la familia tradicional.

No son dos pistas separadas tampoco. Hay evidencia y buenos argumentos para sostener que los niveles de desarrollo democrático y ampliación de las libertades van asociados a los niveles de desarrollo socioeconómico. Pero finalmente la idea es ir avanzando hacia un estadio en el cual efectivamente hayamos satisfecho las carencias que hoy llamamos básicas. Probablemente cuando lo hayamos hecho aparecerán otras que hoy día parecen suntuarias, y nuevas complejidades emergerán a partir de la creatividad humana.

Por ahora lo importante, tanto para los que se mueven por rabia como para lo que se mueven por culpa, es que se sigan moviendo.

Más información sobre El Mostrador

Videos

Más Noticias

Blogs y Opinión

Encuesta

Mercados

TV

Cultura + Ciudad

Deportes