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Diplomacia y espionaje

por 9 diciembre 2010

Diplomacia y espionaje
Los diplomáticos prácticamente no hacen otra cosa que aquello que se denomina como “jugar el juego”. Que consiste en sondearse mutuamente, en deslizar comentarios interesados, en calcular todo cuanto se dice y por sobre todas las cosas, de recolectar información.

Tal y como cualquiera medianamente informado podría presumirlo, y lo están demostrando fehacientemente los documentos revelados por Wikileaks,  la línea divisoria entre la diplomacia propiamente tal  y el  espionaje puro y duro es tan tenue y difusa, que es muy dudoso que exista actualmente, o que haya existido alguna vez, alguna diferencia real y sustantiva  entre una actividad y la otra.  Descontadas las meras apariencias.

La confluencia fáctica entre diplomacia y espionaje es muy clara al menos en lo que respecta a las grandes potencias mundiales, las cuales precisamente por poseer intereses globales y disponer de los recursos humanos, tecnológicos  y financieros adecuados, pueden abocarse a recopilar elementos de juicio e información en los cinco continentes, con el fin de alimentar sus propios procesos de toma de decisiones. Muy probablemente, para quienes tienen en sus manos decidir que se hace, como se hace y cuando se hace, debe resultar un mero e  irrelevante detalle discernir si acaso este proceso de búsqueda se realiza por medios legales o ilegales, legítimos o ilegítimos.

La diplomacia y sus agentes reportan a sus capitales por sus propios conductos burocráticos con dirección a los ministerios de relaciones exteriores, los que procesan la información que transmiten los diplomáticos, siempre bajo la firma responsable del embajador o jefe de misión. El espionaje mientras tanto, transmite sus resultados  a los servicios secretos,  de inteligencia, al contra espionaje, a la seguridad militar o a alguna otra institución semejante, cuyas cabezas pensantes y dirigentes, así como sus métodos específicos de trabajo, están muy bien situados al margen del escrutinio público y las miradas indiscretas.

Pero lo que queda subsistente es que al final, la información que logran recabar los diplomáticos y los espías por cuerdas separadas,  fluye por canales paralelos en una misma y única dirección y con un propósito estratégico común: proveer de información valiosa y fidedigna a las autoridades que deben tomar decisiones en el  campo de la política exterior y las relaciones internacionales en sentido amplio.

Es previsible que la opacidad, la reserva y el secretismo se incrementen sensiblemente en las cuestiones que tienen que ver con las relaciones entre los Estados. Aquello, volverá todavía más impenetrable, si es que cabe, la esfera de la diplomacia y las relaciones exteriores al escrutinio ciudadano.

La información que interesa recolectar es muy diversa. Incluye aspectos institucionales, políticos, económicos, financieros, militares, sobre correlación de fuerzas internas y un sinfín de otros aspectos. Gran parte de dicha información no está disponible de buenas a primeras, razón por la cual recurrentemente se hace preciso echar mano a la dádiva, el soborno, el reclutamiento de agentes y otros tantos métodos intrusivos para obtenerla.

Conocer pormenorizadamente todo cuanto tiene que ver, por ejemplo, con relación a un Jefe de Estado, incluye su condición de salud física y mental,  su situación financiera, su círculo familiar y de amistades. Saber si acaso el personaje bebe alcohol, si consume drogas, si practica deportes o tiene una vida sedentaria, que lugares frecuenta, que lee, que música escucha, y si tiene alguna preferencia sexual no convencional, entre muchas otras intimidades de apariencia nada de políticas.

Todos los Estados se espían recíprocamente, por definición, y en esta esfera cada cual procede de acuerdo a sus necesidades y sobre todo conforme a sus posibilidades. Ello quiere decir que las grandes potencias los espían a todos, las medianas a los que consideran más relevantes para sus propios objetivos nacionales más prioritarios, mientras que las más pequeñas espían a aquellos a los que no pueden dejar de espiar, por una cuestión casi de sobrevivencia.

Se espía en primer lugar a quién se estima como un adversario actual o potencial, pero también se espía al vecino o al aliado estratégico más estrecho y estimado. Cuanto más alta sea la prioridad que se le asigne a la relación con un determinado Estado y gobierno, más grande será el interés por espiarle  para conocer  de sus intimidades más recónditas.

Por regla general, diplomacia y espionaje suelen compartir domicilio. El cual no es otro que las representaciones diplomáticas, sean estas misiones, embajadas o consulados. Es bien sabido que los funcionarios que operan para lo que en la jerga se conocen como “los servicios”, es decir que fungen como espías, trabajan corrientemente  bajo la cobertura de personal diplomático. Bajo dicha apariencia, que  implica privilegios e inmunidades, tales funcionarios son acreditados como Secretarios Diplomáticos, Consejeros, Cónsules, Agregados de Prensa, de Cooperación, Agregados Militares o alguna otra figura semejante.

La necesidad imperiosa que tienen los gobiernos por disponer de información relevante, en un medio como el de las relaciones entre los Estados caracterizado por la opacidad, el secreto, la reserva, la simulación y el engaño deliberado, impulsa a los entes gubernamentales a no reparar en medios para obtenerla.

A sabiendas de que la información verdadera y útil no es precisamente la que está reflejada en los documentos públicos, en los comunicados oficiales, las declaraciones de los voceros autorizados ni mucho menos en lo que publican los medios, los aparatos burocráticos  optan entonces por utilizar  métodos nada de ortodoxos y hasta ilegales para acceder a la información que requieren acumular.

La Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas  establece que los embajadores están autorizados a obtener información de los Estados en los que están representados, siempre que esto se haga por medios lícitos. Pero como ha quedado señalado, la línea entre lícito y lo ilícito es continuamente sobrepasada.

Como todos los Estados proceden esencialmente de igual manera, los unos respecto de los otros, las actividades de espionaje son básicamente toleradas aunque se les intente mantener bajo monitoreo por el afectado. En casos muy excepcionales,  cuando la intrusión se ha pasado de cierto límite, se le hará saber a la otra parte de modo reservado y acaso hasta cordial, que su artilugio ha sido detectado y dejado fuera de uso.  En casos extremos, y cuando en realidad se quiere emitir una señal política,  se procederá a expulsar a algún funcionario diplomático, oficialmente  bajo el cargo de realizar “actividades reñidas con su función diplomática”, lo que significa que ha sido sorprendido espiando. Por regla general,  el gobierno sorprendido en falta procederá por su parte a expulsar a su vez a un diplomático bajo la misma fórmula. Se habrá producido entonces el empate, ambos funcionarios serán reemplazados por nuevos espías y la rueda seguirá girando de idéntico modo.

La actividad diplomática es percibida por la opinión pública como una función que se caracteriza por una muy frondosa actividad social. Aquello es muy cierto y hasta obligatorio, al punto que no podría explicarse la utilidad práctica de un diplomático recluido en su casa u oficina, puesto que su función primera consiste precisamente en interactuar en el medio en el cual está acreditado, en tejer  y cultivar  relaciones personales e institucionales lo más amplias y diversas que sea posible. Todo aquello con el propósito de promover la imagen y el interés del país que representa, pero por sobre todo, con el fin de obtener información que alimente y oriente la planificación y despliegue de la propia política exterior.

Cualquier diplomático sabe que la información importante de comunicar a su Cancillería no es precisamente la que se obtiene de las reuniones formales, sino aquella que fluye de una conversación de apariencia irrelevante con algún colega  o alguna autoridad gubernamental.

El dato clave y decisivo, la pieza faltante del puzzle que se tratar de armar puede desprenderse de aquellos diálogos de apariencia inocente que tienen lugar en alguna recepción diplomática, en algún almuerzo distendido u otra actividad nada de política. Por lo mismo no es raro que un diplomático lo primero que haga luego de retirarse de alguna actividad social sea tomar rápidas notas en lo posible textuales sobre la información obtenida, los comentarios deslizados por algún comensal o cualquier otro detalle relevante, todo lo cual será volcado en un mensaje que dirigirá oportunamente a sus autoridades. No sin antes tratar de discernir si lo escuchado o presenciado  tiene apariencia de verídico y que lo que puede representar un intento deliberado para  intoxicarlo con información interesada o falsa.

Podrían mencionarse multitud de historias auténticas que reflejan la simbiosis factual  entre diplomacia y espionaje. Un episodio ilustrativo es que le ocurrió en diciembre de 1982 a un diplomático chileno acreditado frente a un gobierno de Asia Central. El funcionario  había invitado a su colega argentino a cenar a su casa en compañía de su esposa, pero a pocas horas de celebrarse el convite, la esposa del diplomático llamó al chileno para decirle que su esposo no podría concurrir, pues debía trabajar en la sede diplomática. La noticia sorprendió al anfitrión, puesto que le pareció inusitado que su colega concurriera a trabajar en un día sábado y todavía más a una hora tardía. Su curiosidad aumentó cuando se enteró que el diplomático argentino había concurrido el día lunes muy temprano a entrevistarse con el responsable de la Dirección para América del Ministerio de Relaciones Exteriores, por lo cual resolvió a su vez visitar al Director con el pretexto de hacerle entrega de un regalo de Navidad, consistente en una caja de whisky, obsequio muy apreciado por tratarse de un país musulmán.

El diplomático chileno preguntó si mucho preámbulo por la razón de la visita del diplomático argentino, a lo que el Director, sin decir palabra, respondió colocando frente a los ojos del diplomático chileno una hoja que el visitante reconoció como una nota diplomática, cuyo breve texto leyó tratando de grabar en su mente cada una de sus palabras. De este modo, el gobierno chileno de la época confirmo lo que ya sabía desde antes, por escrito y con siete horas de ventaja gracias  a la diferencia horaria. La decisión Argentina de invadir las Islas Picton, Nueva y Lenox, en el Canal Beagle.

Si todo aquello suena a espionaje no es casual. En verdad, los diplomáticos prácticamente no hacen otra cosa que aquello que se denomina como “jugar el juego”. Que consiste en sondearse mutuamente, en deslizar comentarios interesados, en  calcular todo cuanto se dice y por sobre todas las cosas, de recolectar  información.

Cuando un funcionario diplomático escribe un informe, especialmente cuando lo hace bajo el rótulo de secreto o reservado, lo hace con la tranquilidad de saber que el material que remite será visto por un grupo muy restringido de personas y que cuando mucho, el documento alcanzara estado público dentro de muchos años y solo si acaso alguien se le llegara a ocurrir hurgar en los archivos históricos precisamente sobre esa materia. Por lo mismo  dichos informes suelen contener opiniones sinceras, juicios descarnados y otras informaciones que un diplomático jamás se permitiría sostener en público. So pena de exponerse a ser declarado persona non grata.

Pero ahora, después de Wikileaks, todos han quedado notificados de que no hay garantía verdadera de secreto ni reserva. Si acaso han podido ser burlados los sofisticados resguardos de seguridad de la información de la principal potencia global del mundo, muy poco  pueden esperar todos  los demás respecto de la eficacia de sus propios y muchas veces arcaicos sistemas de protección de la información y las comunicaciones.

Precisamente, el derrumbe de la confianza en los sistemas de protección de las comunicaciones diplomáticas es quizás el primer y más devastador efecto que tendrán las publicaciones de Wikileaks, probablemente por encima de las informaciones reservadas que se pondrán en evidencia. Dicho efecto, naturalmente, tendrá expresiones globales.

En adelante, cualquier diplomático o funcionario gubernamental deberá ser en extremo cuidadoso con sus palabras, y hasta con su lenguaje corporal. Y no solamente cuando hable con un funcionario del Gobierno de los Estados Unidos.

La extrema cautela será la norma. Con lo cual es previsible que la opacidad, la reserva y el secretismo se incrementen sensiblemente en las cuestiones que tienen que ver con las relaciones entre los Estados. Aquello, volverá todavía más impenetrable, si es que cabe, la esfera de la diplomacia y las relaciones exteriores al escrutinio ciudadano.

Dicha impenetrabilidad, bajo pretexto de la singularidad e incluso antes de Wikileaks, ha determinado que la política exterior se haya convertido en una esfera de la acción pública a la que nada se le exige demostrar. Ni siquiera en materia de eficiencia y eficacia de su acción, con la sola excepción de las cuestiones económicas y comerciales.

En consecuencia, Wikileaks nos ha permitido asomarnos a un mundo desconocido. Nos ha proporcionado una ventana abierta pero  fugaz, la que volverá a cerrarse ahora de modo todavía más hermético para los ojos y oídos de los ciudadanos comunes, por siempre jamás.

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