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El encierro

por 10 diciembre 2010

Sería bueno interrogarse si la cultura del encierro está instalada en la sociedad en su conjunto o más bien depende de una preocupación de las élites. Me inclino a pensar que es lo segundo.

En Chile, la solución al problema de la delincuencia ha sido el encierro. Ello se refleja en el explosivo aumento de personas encarceladas en la última década y el bajísimo nivel de inversión estatal en materia de rehabilitación.  Las cifras son contundentes. Se invierte mucho en medidas orientadas a la represión del delito y muy poco en rehabilitación. Gozamos del triste récord de contar con la tasa de encarcelados más alta de América Latina.

El gobierno insistió durante la campaña presidencial que la sociedad le dio un mandato para acabar con la delincuencia. Planteaba el candidato Piñera en octubre de 2009: “En nuestro gobierno vamos a perfeccionar la ley para evitar que la puerta giratoria siga girando. Esto es obra de algunos jueces que privilegian más las garantías de los delincuentes que los derechos de las víctimas y de los inocentes” (22 de octubre, 2009).

Coincidente con este mandato, el gobierno anunció en julio pasado, una amplia agenda de seguridad pública basado en tres grandes ejes: poner fin a la puerta giratoria, medidas para mejorar el resguardo del orden y la seguridad, y medidas para reducir el consumo de alcohol y drogas (7 de julio, 2010).

Sería bueno interrogarse si la cultura del encierro está instalada en la sociedad en su conjunto o más bien depende de una preocupación de las élites. Me inclino a pensar que es lo segundo.

Como el tema principal de preocupación de la población reflejado en encuestas es la delincuencia, la opción evidente del gobierno ha sido responder a este mandato mediante medidas de control y represión del delito.

Ahora bien, ¿el hecho que a la ciudadanía le preocupe la delincuencia, es sinónimo de aumentar las penas o encerrar a más gente en las cárceles? ¿Opina aquello la ciudadanía?  Lamentablemente carecemos de estudios de opinión pública sistemáticos que profundicen en esta dimensión. No obstante, los pocos datos con que contamos muestran un panorama bastante diferente. A la hora de buscar soluciones, la sociedad parece inclinarse por medidas más preventivas que punitivas.

En la Encuesta Nacional UDP 2005, solo el 27,1% de los entrevistados se mostró de acuerdo con la afirmación: “La cárcel es la mejor forma de rehabilitar a un delincuente”. Un 54,3% se mostró en desacuerdo con ella. Al interrogar a la ciudadanía sobre la mejor alternativa para disminuir la delincuencia, el 37,5% se mostró inclinado por generar más y mejores empleos, 28,3% por mejorar el acceso a la educación y 20,1% por mejorar los tribunales de justicia. Aquellos inclinados por medidas punitivas fueron los partidarios de aplicar penas más duras (34,9%), mejorar el trabajo de las policías (18,5%) y mejorar las cárceles (12,2%). Claramente predominan opciones preventivas por sobre las punitivas.

Ese mismo año (2006) consultamos la opinión sobre qué alternativa sería la mejor para aquellos que cometen delitos de baja gravedad. Mientras las opciones de encierro (en cárcel o centro de rehabilitación) sumaron un 33,4%, las opciones de libertad vigilada, trabajo comunitario, y asistencia a centros de rehabilitación sin encierro marcaron un 64,3%.

Afirmar que la  preocupación por la delincuencia se traduce en un mandato asociado a medidas punitivas es, por decir lo menos, cuestionable.  Pareciera ser que la sociedad quiere seguridad, pero al mismo tiempo, advierte matices dependiendo de la gravedad del delito.  Así, sería bueno interrogarse si la cultura del encierro está instalada en la sociedad en su conjunto o más bien depende de una preocupación de las élites. Me inclino a pensar que es lo segundo.

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