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Una democracia de escándalos, no de análisis

por 13 diciembre 2010

La tragedia que ha sacudido a más de ochenta personas y sus familias ha despertado todo tipo de emociones ¡Era que no! Desde quienes quisieran levantar monumentos a los fallecidos, políticos que se transforman, de la noche  a la mañana, en ejecutivos y creativos para solucionar el problema carcelario hasta quienes sienten impotencia frente a una muerte horrorosa  o quienes (también los hay) indiferencia e incluso alegría: son “simples delincuentes” los que han perdido su vida.

Nuestra sociedad es una de emociones, no de reflexión sobre los derechos de los individuos y la distribución del poder social. El problema de los presos, el de los indígenas, las minorías sexuales así como los que afectan a ancianos, inmigrantes y gente con deficiencia mental, son problemas de grupos que, por distintas circunstancias, se encuentran en situación de mayor indefensión social.

Quien se encuentra desprotegido, como claramente lo indica Maquiavelo, se haya en una situación de ser “menos ciudadano” que otros.

Se podrá decir que la situación de los presos es muy distinta a la de los otros grupos, unos son discriminados a-priori, los otros, voluntariamente: se saltan la ley atentando contra bienes y personas.

Parece razonable.

Pero no lo es, si vamos al fundamento de la vida social. Si, como señala Harrington, una república es tal si está formada por  “una sociedad civil, de hombres iguales bajo el imperio de la ley y no de los hombres”. Eso implica igual libertad  y oportunidades equitativas para todos.

Mientras no se aborden las prisiones desde una perspectiva histórica del rol del Estado y de la política misma, seguiremos privilegiando la emoción-reacción por sobre la discusión.

Como muestra Oliver MacDonagh habla que las cárceles son producto de la modernidad temprana, expresión de un Estado administrativo y controlador. Nacen como lugares de castigo y estigmatización de quienes han roto las normas sociales. Tenderán a transformarse, con el  tiempo, en centros de redes del crimen profesional. Según MacDonagh, lo que hemos tenido ha sido una reforma institucional a partir de “escándalos”. Las transformaciones de las cárceles, serían simples respuestas. En muchos países ya no son  lo que eran en la época Victoriana. El gran motor de esos cambios, según el mismo autor, fue la prensa y su capacidad de “escandalizar”. A su juicio, “el escándalo” ha sido lo que permitió modificar el sistema penitenciario pero también lo que explica su supervivencia: evita que se vaya al fondo de su naturaleza como institución.

Mientras no se aborden las prisiones desde una perspectiva histórica del rol del Estado y de la política misma, seguiremos privilegiando la emoción-reacción por sobre la discusión.

La criminalidad, como lo demuestra nuestro propio país, no disminuye por apresar a más delincuentes. No es una coincidencia que las tasas de criminalidad aumentan cuando existe mayor desigualdad social. Aristóteles ya tenía claro que la pobreza engendra la guerra civil (stásin) y la maldad (kakoyrgían).

Cuando una sociedad actúa, incluyendo  a la elite que la dirige, sólo por elementos circunstanciales  que producen reacción emotiva respecto de un acontecimiento, indudablemente bastará que pase el efecto sensiblero para que el problema vuelva a dormir hasta que una nueva tragedia lo traiga a colación. A lo más se efectuarán pequeñas transformaciones para aplacar la indignación moral general. Ésta última, la indignación moral, si no va acompañada de un análisis de aquello que origina el problema, no pasa de ser lo que Marshall McLuhan designa como “una estrategia estándar para dotar de dignidad al idiota”.

En la disminución de los motivos para delinquir, la imparcialidad en la determinación de penas privativas de libertad y las condiciones existentes en los recintos penitenciarios, se juega en parte no menor,  hasta dónde una sociedad resguarda los derechos de los ciudadanos.

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