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Correlación política: ¡afírmate Catalina!

por 14 diciembre 2010

El gobierno debería evitar el juego determinista de los “equilibrios fiscales” en que cayó la Concertación (y perdió), aplicando una nueva forma de gobernar, inteligentemente redistributiva y generosa, que, tomando la iniciativa, arrebate herramientas a una superlativización del populismo y le permita, al mismo tiempo, mantener a ese 15% y La Moneda.

La última encuesta de Adimark reveló que la aprobación hacia la gestión de la Coalición por el Cambio en noviembre se ubica en 43% con igual nivel de rechazo (43%). La conformidad con la Concertación, en tanto, se mantiene en 31%, con un rechazo de 54%. Las cifras permiten afirmar que la Coalición oficialista cuenta con un voto “duro” de 43% (pues es equivalente a su votación en el plebiscito de octubre de 1988) y un repudio rígido que suma el obvio 31% de simpatizantes leales a la Concertación y 12% de la izquierda tradicional. La correlación se observa tanto en el 53% que impugna a la Concertación y el 43% que objeta a la Coalición.

En efecto, si la desaprobación de la Coalición por el Cambio suma 43%, es presumible que ello sea resultado de la suma del 31% que simpatiza con la Concertación y un porcentaje (12%) que con cierta certeza proviene de la izquierda no concertacionista. Lo mismo a la inversa: si la Concertación muestra 53% de rechazo, es bien posible que el guarismo sea resultado de la suma del 43% de simpatizantes de la Coalición por el Cambio y que el 10% restante provenga de izquierda tradicional.

Es decir, se puede afirmar que la política chilena se está desenvolviendo hoy entre dos grandes bloques “culturales-ideológico-partidistas” duros de alrededor del 43% cada uno. La Coalición por el Cambio construiría su porcentaje con devotos de derecha tradicional, independientes, centro-derecha, nacionalistas y sectores socialdemócratas y socialcristianos recientemente allegados a ésta, mientras que la Oposición, ideológicamente comprometida, se conformaría con el conjunto del voto concertacionista (simpatizantes y militantes DC, PS, PPD y PRSD) que aporta el 31% citado y una izquierda tradicional y no parlamentaria, que contribuye con el 12% restante.

El Gobierno debería evitar el juego determinista de los “equilibrios fiscales” en que cayó la Concertación (y perdió), aplicando una nueva forma de gobernar, inteligentemente redistributiva y generosa, que, tomando la iniciativa, arrebate herramientas a una superlativización del populismo y le permita, al mismo tiempo, mantener a ese 15% y La Moneda.

Si estas deducciones son correctas, entonces el rumbo periódico de la política chilena está siendo definido por un componente no ideológico, apartidista, independiente, “líquido” e “infiel” de alrededor del 15% de los ciudadanos, el que bascula entre un polo y otro, dándole victorias electorales alternativas a unos o a otros. Su característica no ideológica los haría responder pragmáticamente a sus intereses, sufragando aleatoriamente según crean que los candidatos responden o no a sus aspiraciones económicas y sociales.

Este no es un hecho nuevo. En todas las últimas elecciones presidenciales se ha podido observar a un grupo de votantes que han oscilado en segundas vueltas, aunque sólo el 2009-2010, el diferencial dio finalmente la victoria a la Coalición. Entonces ¿Qué es lo nuevo? Desde 1990 hasta el 2009, la oposición fue relativamente consistente en su modelo adversario. Instalada en el Congreso, por lo general concordó votaciones frente a proyectos del Ejecutivo concertacionista que podían poner en peligro el modelo económico, político y social, transformándose así en una verdadera muralla de contención de los pulsos reformistas del Ejecutivo.

La nueva oposición, empero, como hemos visto, está una constituida por un 31% de simpatizantes de políticas socialdemócratas y socialcristianas, junto a un bloque de entre el 10% y el 12% de una izquierda tradicional cuya visión estratégico-política no sólo fue un problema para la Concertación, sino que, en lo sucesivo, lo será para el actual Gobierno. En efecto, los parlamentarios de la Concertación en el Congreso ya no requieren “cuidar los equilibrios fiscales” y, por el contrario, se están viendo impulsados a actuar de modo maximalista frente a proyectos del Ejecutivo, en la medida que éstos afecten intereses de electores relevantes. La competencia entre sectores socialdemócratas y socialcristianos con la izquierda tradicional es el estímulo evidente, en la medida que, por lo demás, ésta cuenta por primera vez en 37 años, con representantes en la Cámara, gracias a un polémico acuerdo electoral con la DC.

De allí la reciente discusión entre la presidenta del PPD, Carolina Tohá y el presidente de la DC, Ignacio Walker, ambos trabados en una diferencia estratégica respecto de las políticas de alianza de la Concertación. Como es obvio, la primera busca generar una mayor base de apoyo político hacia la izquierda, para su sector socialdemócrata, mientras que el segundo busca recuperar para la DC el liderazgo perdido tras la derrota de Eduardo Frei y dos gobiernos encabezados por el PS-PPD. La DC entiende que en una nueva elección presidencial en la que la Concertación ocupe un segundo lugar y la izquierda –aún díscola- un eventual tercero, aquella no volverá a poner en juego el Gobierno, luego de la experiencia de ME-O.

Ejemplos de esta nueva situación estructural han sido la discusión sobre el royalty a la minería, la interpelación a la Ministra de Vivienda y el rechazo a la idea de legislar el reajuste de los empleados públicos. En ellos, la Concertación –más allá de la responsabilidad fiscal que mostraron cuando eran Gobierno- se ha alineado con posiciones más duras, en competencia por liderar la oposición y abrir espacios a uno de los suyos en las elecciones de 2013.

La nueva orgánica estimulará muy probablemente una carrera de demandas sociales de parte de los parlamentarios concertacionistas -más allá de la voluntad expresa de varios de sus representantes- y de la izquierda, pues ambos están jugando su futuro político. De allí que, más allá de ciertas diferencias estratégicas, la DC y el PS-PPD y PRSD se mantendrán unidos, pues aún cuentan con un capital político del 30% y una "marca" y porque hay un 15% “líquido” e “infiel”, parte del cual pueden retrotraer a sus arcas si se accede a sus aspiraciones. El resto lo pone la izquierda.

El Gobierno tendrá pues que acostumbrarse a una oposición nada colaborativa en temas que incidan en la cuestión electoral. La Concertación sabe que para recuperar los “votos prestados” a los que se refirió el senador Longueira, tendrá que elevar su oferta por sobre su izquierda. Por eso, también, el Gobierno debería evitar el juego determinista de los “equilibrios fiscales” en que cayó la Concertación (y perdió), aplicando una nueva forma de gobernar, inteligentemente redistributiva y generosa, que, tomando la iniciativa, arrebate herramientas a una superlativización del populismo y le permita, al mismo tiempo, mantener a ese 15% y La Moneda.

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