Jueves, 8 de diciembre de 2016Actualizado a las 22:18

Autor Imagen

¡Chicas de plástico!

por 15 diciembre 2010

La izquierda ha vuelto a usar el dedo acusador de Lagos, cuya astucia es insuperable para los efectos de focalizar la atención en la paja del ojo ajeno.

Cualquiera que está por llegar a los cuarenta puede solidarizar con alguien que pasa por una crisis de identidad, incluso si es un partido o conglomerado político. El problema es que el gremio de los políticos no pierde oportunidad de transformar sus problemas en algo pintoresco y eso no ayuda a que uno los tome muy en serio.

Para empezar, porque culpan de lo que les pasa al cambio de gobierno. Ese movimiento de tierra los habría dejado medio desconcertados, dicen. A mí esa explicación no me convence, porque cuando uno se queda sin pega o consigue una nueva, el problema no consiste en saber ‘quién soy’ sino ‘qué hago’. En una de esas, llegar al poder o mantenerse en él es la respuesta a la primera pregunta. En ese caso, lo que está en crisis no es la identidad de los políticos porque ellos podrían clasificarse en dos géneros perfectamente identificables: el de los ambiciosos y el de los apernados. La diferencia entre uno y otro sería meramente circunstancial.

Otra de las curiosidades de esta crisis de identidad partidaria es que los mismos que andan medio desorientados están hablando de ‘convocar a una nueva mayoría’. Yo puedo entender perfectamente que uno quiera juntar gente en torno a una causa, pero querer ser más cuando uno no sabe lo que es, es curioso.

La izquierda ha vuelto a usar el dedo acusador de Lagos, cuya astucia es insuperable para los efectos de focalizar la atención en la paja del ojo ajeno.

Por otra parte, la superación de la crisis tampoco parece ser algo inminente, porque lo que hasta ahora cada grupo nos ha hecho saber de sí mismo es bien poco.

Sabemos, por ejemplo, que la nueva derecha quiere ser menos conservadora; que los demo, no quieren ser ni de derecha ni de izquierda. Y que la izquierda- que tiene las cosas más claras como pasa siempre con el que está en el error- no puede hablar demasiado porque no tiene quórum para lanzarse con lo que realmente le importa y la define.

En suma, la crisis parece estar en una fase adolescente, marcada por la distancia respecto de los padres y por la asimilación con el grupo de los igualmente desorientados.

Para peor, todos quieren dejar fuera lo único que puede hacer diferencias sustantivas, quizá porque eso sea incompatible con la convocatoria de mayorías... al menos en el corto plazo.

No me refiero a fijar posturas ni a enarbolar banderas: a favor o en contra del voto voluntario, de la píldora o de las termoeléctricas. Esa manera de aproximarse a las cosas es parte del problema y no de la solución.

Pienso más bien en la necesidad de tratar las cosas desde una perspectiva más filosófica, pero eso podría no estar a la altura de la seriedad y profundidad que caracteriza el debate político. Además, habría que meterse en temas cuya resolución puede herir la susceptibilidad liberal que tiende a ver un abismo entre lo público y lo privado. En el fondo, obligaría a hablar de la relación entre el individuo y el Estado, entre la familia y la política, entre la política y religión. En otras palabras, sería necesario hacer una conexión que por distintas razones todos quieren evitar: la de lo público con lo existencial.

La nueva derecha ha mostrado una pobreza de ideas más o menos importante en este sentido. Sus campañas comunicacionales son decidoras. Un mendigo en la Enade es utilizado para hacer tomar conciencia de la pobreza, cuando la pobreza que merece la atención de los empresarios no es precisamente la de la indigencia. Una campaña en favor de la fidelidad para combatir el sida, parte del supuesto de que morirse es algo divertido ¡Genial desconocimiento de la naturaleza humana! En fin, temas importantes son tratados con una frivolidad que da vergüenza ajena.

Para qué decir la DC, que reacciona como loca histérica cuando la derecha le coquetea, pero que no tiene reparo en mostrarse cívicamente amistosa con el Partido Comunista. Como dice Walker, ni integrista (así se llama seguir el Magisterio) ni anticomunista, ni fu ni fa, ni chu ni mu. Yo no sé si es por eso que los demo me caen mal, o por lo que decía mi papá: "No coma tanto huevo o se va a poner demócrata cristiana". Si yo fuera ellos, le prestaría más atención a una voz que clama en el desierto, la de Claudio Orrego.

Por su parte, la izquierda ha vuelto a usar el dedo acusador de Lagos, cuya astucia es insuperable para los efectos de focalizar la atención en la paja del ojo ajeno.

En fin, yo espero que esta crisis de identidad de los partidos no termine como la de algunas cuarentonas que conozco: en el quirófano. El recauchaje nunca termina bien y desinflar a una chica de plástico es demasiado fácil como para buscar por ahí la solución.

Más información sobre El Mostrador

Videos

Más Noticias

Blogs y Opinión

Encuesta

Mercados

TV

Cultura + Ciudad

Deportes