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Fondos de Cultura: la reforma que viene

por 17 diciembre 2010

Fondos de Cultura: la reforma que viene
Dedicar prioritariamente los recursos a programas de difusión donde el éxito se mide exclusivamente por la cantidad de público participante, puede inducir a una creciente chabacanería, como de hecho ocurre en la televisión, la industria cultural que basa su éxito en la aceptación mayoritaria de sus productos, al punto de infantilizar a las audiencias.

El ministro de Cultura, Luciano Cruz Coke, en una entrevista en la revista Capital dijo que se propone realizar una profunda reforma de los Fondos de Cultura, poniendo en el centro de los mismos el problema del acceso de la población a los bienes culturales y no tanto, como habría sido hasta el presente, en el fomento a la creación a través del financiamiento a proyectos de artistas de dudosa calidad e impacto. En sus palabras: “El Fondart se ha transformado en una especie de estipendio que el Estado asigna a artistas que de otra manera no podrían sobrevivir por sí mismos. Eso no puede ser. No por el hecho de ser artistas o de creer que lo son, el Estado tiene que financiarlos, porque, si no, ¿por qué no hacerlo con otro tipo de actividades? ¿Quién legitima al artista sino su obra? (…) Hemos dilapidado recursos en productos creativos de regiones que no han llegado a ninguna parte”

Nadie puede discutir el derecho de autoridades legítimamente constituidas a instalar sus propias prioridades programáticas y a buscar que los instrumentos de política con que cuentan se ordenen en función de dichas prioridades. El punto es que para hacerlo, se requiere contar con diagnósticos precisos para reducir en lo posible los márgenes de error. Cabe entonces la pregunta: ¿Es efectivo que los fondos de cultura han tenido como principales beneficiarios a los artistas y sus proyectos creativos? Es una pregunta válida que, como veremos, se responde negativamente.

Un análisis detallado de las cifras efectivamente adjudicadas por los Fondos de Cultura (Fondart Nacional y Regional, Fondo de Fomento del Libro y la Lectura, Fondo del Arte e Industria Audiovisual y Fondo de Fomento de la Música Nacional) pone de manifiesto que el apoyo a la creación artística que hacen dichos Fondos, si bien puede haberse incrementado en términos monetarios, ha venido cayendo en términos relativos entre los años 2004 y 2010. En efecto, los recursos destinados por los fondos de cultura a los proyectos creativos propiamente tales, esto es, al proceso que va desde la concepción de una obra artística hasta la conclusión material de la misma, representaron el 44% de los fondos disponibles entre los años 2004 y 2007, mientras que en 2010 cayeron al 24% de los mismos.

Cambios a las bases y orientaciones de los Fondos de Cultura se pueden hacer, pero primero hay que construir una mirada basada en información objetiva y luego debe incluirse una amplia consulta y participación de la comunidad artística.

Esta caída coincide en parte con la aparición de la Línea Bicentenario y con líneas de fomento a la difusión y comunicaciones de los distintos fondos. En otras palabras, el cambio de foco desde el apoyo a la creación al apoyo a los proyectos institucionales o a la difusión y comunicación de proyectos creativos ya establecidos, viene produciéndose desde el año 2007.

Consistentemente con ello, los fondos destinados al fomento a la producción y la difusión de los bienes culturales han aumentado significativamente. A modo de ejemplo, el Fondo del Libro y la Lectura, tiene como sus líneas principales el apoyo a la industria editorial y el fomento de la lectura, en cambio el apoyo a la creación de textos literarios o no literarios representa apenas el 15% de los fondos entre los años 2004 y 2010. El Fondo de la música dedica sólo el 20% de sus recursos a fomentar la creación, y alrededor del 50% a proyectos de difusión. El Fondart, en su versión Nacional sufre una evolución que lo lleva a destinar el año 2010 el 84,4% de los fondos a proyectos que no son de creación, contra el 42% de los años 2005 y 2006.

Este cambio en la orientación de los fondos de cultura se hace radical el año 2010, al disminuir los montos adjudicados en un 42,6% en relación al año 2009. Es decir, pasan de 5.243 millones de pesos a 3.007 millones de pesos.

¿Hay detrás de esta evolución una opción de política cultural o se trata simplemente del resultado aleatorio del concurso de proyectos? No es evidente la respuesta a esta pregunta, pero del análisis del discurso de las máximas autoridades resulta coincidente con estos resultados.

Una opción por cierto muy discutible. Aún en el contexto de una política que busque un alto impacto de público, lo razonable sería sostener el fomento a la creación, ya que ésta es el corazón de una actividad cultural dinámica y con capacidad de interpelar a sus contemporáneos. Dedicar prioritariamente los recursos a programas de difusión donde el éxito se mide exclusivamente por la cantidad de público participante, puede inducir a una creciente chabacanería, como de hecho ocurre en la televisión, la industria cultural que basa su éxito en la aceptación mayoritaria de sus productos, al punto de infantilizar a las audiencias.

La prioridad por el fomento a la creación pone en cambio en el centro de la política cultural la obra, no al artista ni al público. Se equivocan también quienes buscan asimilar los Fondos de Cultura a los subsidios sociales, buscando insertar criterios de focalización regional o de pobreza. La cuestión del acceso del público y de la difusión de los bienes culturales se resuelve por la vía del fomento a las industrias culturales, la comunicación y la infraestructura cultural, pero sobre la base de que hay obras de actualidad, capaces de otorgar sentido y alumbrar nuestra vida en sociedad.

Es efectivo que hoy tenemos un problema con los proyectos creativos auspiciados por los Fondos de Cultura. Éste no se debe a la supuesta mala calidad de estos proyectos, sino la mala articulación de los eslabones de la cadena de valor de los bienes artísticos, es decir, a una ausencia de compenetración de los procesos creativos con los de producción, difusión y circulación de la creación artística. Esto encauza absurdos tales como la existencia de creaciones que no se comunican y de artistas que no consideran la comunicación de sus obras como su problema, ya que su sustento proveniente del fondo concursable es autónomo de ella. De allí entonces, se deriva la necesidad de enfrentar este tema apoyando el trabajo creativo de los artistas en su relación con las industrias culturales y con las redes de difusión y comercialización, así como con las entidades relacionadas con la formación de audiencias.

De lo dicho se desprende la necesidad de hacer un debate más profundo sobre la manera en que determinadas reformas a los Fondos de Cultura pueden ayudar a enfrentar los problemas que identifica el Ministro. También hay que considerar la existencia de una diversidad de instrumentos, más allá de los fondos concursables, que podrían sintonizarse con esta perspectiva.

En efecto, las industrias culturales podrían verse beneficiadas en su desarrollo a partir de un conjunto de medidas de políticas fiscales destinadas a enfrentar sus debilidades financieras y potenciar su instalación y desarrollo, al modo, por ejemplo, de lo que hizo Colombia con la industria editorial a partir de la Ley del Libro de 1993, que convirtió al país en uno de los principales actores regionales. Del mismo modo, es importante la idea de constituir la anunciada “Comisión Fílmica” nacional que busque atraer proyectos fílmicos al país, creando así nuevas oportunidades y vínculos a nuestros profesionales y artistas. Promover la venta de música nacional a través de Internet, abrir la ley de donaciones culturales para proyectos que involucren la cadena completa de valor de las expresiones artísticas, aceptando que éstas pueden tener –y es deseable que la tengan- una dimensión comercial, son cuestiones que es posible abordar y que están más allá y pueden ser más efectivas que los fondos concursables. Abrir una línea de subsidio a la demanda cultural es también una iniciativa posible, del tipo del “vale libro” propuesta en la política de fomento al libro y la lectura aprobada por el CNCA en 2006.

Como se sabe, el Consejo de la Cultura, por otra parte, no opera exclusivamente a través de fondos concursables. En su presupuesto hay partidas importantes para apoyar a instituciones de la cultura, para desarrollar la infraestructura cultural del país y para la ejecución de proyectos propios. ¿No sería razonable vincular de alguna manera esos aportes presupuestarios a enfrentar el problema que aquí se analiza en vez de pensar en profundizar más aún la pérdida de fondos destinados al fomento de la creación artística?

Es importante que el Ministro haya abierto este debate y que muestre voluntad de enfrentar estos desafíos. Pero, hay que tener mucho cuidado. No se puede seguir afectando los fondos destinados a la creación. Cambios a las bases y orientaciones de los Fondos de Cultura se pueden hacer, pero primero hay que construir una mirada basada en información objetiva y luego debe incluirse una amplia consulta y participación de la comunidad artística.

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