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Organizarse es un placer

por 17 diciembre 2010

Organizarse es un placer
No queremos un Estado que nos haga mejores personas a la fuerza. Queremos ser mejores personas porque así lo decidimos libremente.

En la reciente discusión acerca de si el voto debe ser voluntario u obligatorio, aquellos que defendimos la primera opción fuimos -a veces- identificados como promotores de una ética basada puramente en derechos y no en deberes, o más aún, de un individualismo exacerbado que anulaba los vínculos societarios. Son cargos que suele recibir, con cierta justicia, el pensamiento liberal en general.

Pero digo que con sólo “cierta justicia”, porque los liberales no están comprometidos con ningún proyecto político que busque amedrentar la capacidad de los seres humanos para establecer lazos positivos de las más amplias formas. Muy por el contrario. En el corazón de su propuesta se encuentra la garantía esencial de que todas las personas puedan encontrar sentido a sus vidas haciendo causa común con otras. La libertad de asociación es su expresión jurídica más notable, pero irradia su potencial creativo a todos los campos de quehacer ciudadano. Así por ejemplo, la libertad de expresión adquiere especial amplificación cuando nace del acuerdo entre varios.

Asimismo, la libertad de culto deja de hablarle al alma particular y conecta comunidades con su divinidad. La libertad política, también, deja de ser un hecho aislado y esporádico cuando toma cuerpo y se transforma en movimiento, referente o partido. Hasta la libertad de tomar una pelota y correr a la plaza se transforma en el deporte más hermoso del mundo cuando son once los que se ponen la misma camiseta y patean para el mismo lado.

A todos nos gustaría –eso supongo- tener una sociedad más participativa, solidaria y tolerante. Pero paralelamente corresponde preguntarnos hasta qué punto estas cualidades pueden ser exigidas por el poder político.

Es cierto que el discurso liberal no se esfuerza tanto en transmitir estas bondades. Parece ser presa de una paranoia histórica que desconfía de las malévolas intenciones que la colectividad pueda tener sobre el individuo indefenso y vulnerable. Hoy no encontramos mucho fundamento para seguir alimentando dicho temor. Las personas gozan de una esfera de inviolabilidad ampliamente reconocida y garantizada. La autoridad no es necesariamente antagonista.

Sin embargo, es importante recordar que la capacidad asociativa va de la mano con la autonomía individual. Es decir, son las mujeres y hombres los que deciden poner algo en común. Nadie puede decidir por ellos en nombre de qué asociarse, aunque sea por su supuesto propio bien. De esta manera, la acción se dignifica cuando es libre. Cuando se transforma en obligación, bajo la amenaza de coerción, pierde gran parte de su sentido moral. Piense en los ejemplos más comunes: colaborar con la Teletón y pagar impuestos son cuestiones distintas justamente porque sólo en la primera la voluntariedad confiere un mérito particular. Obedecer la ley, en cambio, es el mínimo exigible a los ciudadanos. Nadie se engrandece siendo un mero “cumplidor de la ley”.

A algunos esto les resulta instintivo desde la infancia. Cuando nos daban una orden para hacer algo que estábamos a punto de hacer (“cómete la comida”, “ordena tu pieza”, “lávate los dientes”), sencillamente dejábamos de hacerla porque ya perdía toda la gracia de la acción libre, voluntaria y autónoma. Como dijo Bakunin, pareciera que “todo mandato lastima el rostro de la libertad”. Es probable, ahora que lo pienso, que no disfrutara tanto participando en política o jugando fútbol con mis amigos si estuviera legalmente obligado a realizar cada una de esas acciones. Quizás sea porque, como cantaba Sol y Lluvia, “organizarse es un placer”.

A todos nos gustaría –eso supongo- tener una sociedad más participativa, solidaria y tolerante. Pero paralelamente corresponde preguntarnos hasta qué punto estas cualidades pueden ser exigidas por el poder político. ¿Se nos puede obligar a participar en la junta de vecinos? ¿Se nos puede aplicar una sanción si no colaboramos con la colecta del mes? ¿Se nos puede citar al juzgado por no tragar al estrafalario pololo de nuestra hija? Para todas estas preguntas, creo que la respuesta debiera ser “no”. No queremos un Estado que nos haga mejores personas a la fuerza. Queremos ser mejores personas porque así lo decidimos libremente.

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