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Opinión

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Un testimonio de la transición chilena

por 21 diciembre 2010

Un testimonio de la transición chilena
Si la gran convergencia de fuerzas políticas y sociales fue esencial entonces, también lo es ahora para encarar los grandes desafíos de la desigualdad, del cambio climático, la democracia local y la libertad cultural; y para proponer a Chile un nuevo proyecto progresista.

Una causa principal del golpe militar

Yo viví la transición en carne propia: antes del golpe militar, como ministro de minería; luego del golpe, como prisionero político y exiliado y como activo participante en la lucha contra la dictadura para conquistar la democracia, y –desde 1990 hasta hoy- de la vida pública en democracia.

Con una perspectiva que se nutre de esa compleja y rica experiencia me referiré al principal fenómeno que, a mi juicio, atraviesa y caracteriza ese periodo histórico: El proceso progresivo de convergencia de fuerzas sociales y políticas democráticas, desde el mismo momento post golpe.

La Concertación es hija de padres divorciados y beligerantes: la DC y la Izquierda, los gobiernos de Eduardo Frei Montalva y Salvador Allende. Conocí ambos de cerca y por dentro. Recuerdo bien el primero desde la Universidad y, luego de regresar de mis estudios de economía en Francia, por mi trabajo en la CORFO a partir de 1968, como jefe de Planificación Industrial; el segundo, más directamente en 1972-73, al regresar de  mis estudios en Boston, inicialmente como miembro de un equipo económico asesor del Presidente y luego como ministro de minería.

En aquellos tiempos anteriores a 1970 tenía compañeros y amigos queridos, jóvenes comprometidos que se sentían compelidos a optar entre Allende y Radomiro Tomic, el candidato de la DC, y sus partidos. Yo mismo dudaba con cuál comprometerme. Me resultaba incomprensible la radicalidad con que se planteaba ese dilema. Sus programas eran parecidos, sus adversarios –poderosos- y, sin embargo, la confrontación entre centro e izquierda era inexplicablemente intransigente, como si la disputa política o el futuro del mundo se redujeran a ellos dos; como si no existieran candidatos de otras fuerzas políticas capaces de poner en jaque el eventual triunfo de uno sobre el otro.

Durante mi participación en el programa y la campaña de Tomic veía las enormes coincidencias con el programa de Allende. Por lo mismo, no me era fácil entender los fundamentos de esa odiosa pugna, que finalmente condujo al peor desastre político de la historia del siglo XX en Chile.

En 1971, iniciado el gobierno de Allende, me encontraba en EE.UU. realizando mis estudios. Desde allí debí encarar otro dilema: si sumarme a Allende o permanecer impasible a la espera de los acontecimientos. Ya se avizoraba la eventualidad de un golpe militar promovido por la derecha. Mi opción fue contribuir a evitar ese golpe. Para ese efecto cofundé el partido Izquierda Cristiana, que ingresó a la coalición de gobierno, la Unidad Popular. Entonces asumí el cargo de ministro de minería de Allende, y lo que vino después es parte de la transición sobre la que reflexionamos hoy.

Cuando escribí mi libro sobre el gobierno de Allende, que en Chile se publicó bajo el nombre de: “Chile 70-73”, y, en México, “Transición Socialismo y Democracia. La Experiencia Chilena”, me preguntaba si el desenlace era inevitable. Mi conclusión es que no lo era. Que podría haberse evitado si el proceso de transición hubiese sido bien conducido, si hubiese orientado sus pasos por un camino de cambios progresivos, como se contemplaba en el programa, y a un ritmo compatible con el de las fuerzas sociales, políticas y electorales que los sustentaban.

Ya entonces estaba impactado por esa intransigencia que impedía  vislumbrar la magnitud de las fuerzas que se oponían a los cambios que ambos sectores políticos alentaban. También me parecía evidente que, tras las elecciones,  un acuerdo entre ellos,  aunque parcial, le habría ahorrado a Chile incontables sufrimientos. Allí, para mí, estaba la causa de la derrota: en la ausencia de un acuerdo en el que ambos cedieran algo. Posteriormente, después del golpe, empezó a crecer el número de personas que pensaban que sólo con un nuevo acuerdo se superaría esa tragedia.

La convergencia de fuerzas democráticas para terminar con la dictadura

A partir de 1974, en medio de muertes y violaciones masivas a los derechos humanos, con la imagen de La Moneda bombardeada pegada a la retina, comienza un proceso progresivo de acercamiento. La DC reacciona ante un Gobierno que no es de transición corta y que viola todos los principios democráticos y cristianos. La izquierda, aplastada y perseguida sin cuartel, inicia una profundad revisión de las causas de su derrota y de los posibles caminos futuros.

Dentro de Chile, la unidad de propósitos para defender la dignidad de cada persona se va tornando obligatoria. Afuera, en el exilio, la vivencia de los dirigentes de izquierda, acogidos en distintos países, enseña caminos diversos, alejados de ideologismos, más pragmáticos, y se gesta una aproximación al pensamiento socialdemócrata europeo. Se desecha esa postura de desdén hacia “la democracia burguesa”, que caracterizo algunos debates de la izquierda en los años sesenta, mientras se revalorizan las instituciones democráticas para garantizar un progreso perdurable.

La dictadura contaba con respaldo popular, como lo pudimos comprobar en el plebiscito. Los partidarios de la dictadura representaban a lo menos el 40% de la votación nacional, porcentaje que ni siquiera declinó en las fases más exitosas de los gobiernos democráticos de la Concertación.

Todo este proceso fue catalizado y se aceleró por la ominosa y permanente represión de la dictadura. La violencia del poder militar, con activa presencia civil de tecnócratas, y el respaldo de una derecha implacable de rasgos fascistas, hacía imposible imaginar una transición sin conformar una amplia mayoría social, política y electoral.

La dictadura contaba con respaldo popular, como lo pudimos comprobar en el plebiscito. Los partidarios de la dictadura representaban a lo menos el 40% de la votación nacional, porcentaje que ni siquiera declinó en las fases más exitosas de los gobiernos democráticos de la Concertación.

Durante este proceso de convergencia se fue produciendo un cambio más profundo en la sociedad chilena y en el pensamiento de los partidos políticos. Ese gran cambio se  fue manifestando en la traslación desde un pensamiento a favor de una revolución y un cambio social rápido, a uno que apostaba a una transformación democrática.

La idea de una revolución y de un cambio social rápido marcó a los principales partidos nacidos en los años 30, como la DC y el PS, cuando predominaba el debate sobre la llamada “cuestión social”. En cambio, la idea de una transformación democrática se centraba en la “cuestión democrática”, según la cual sin democracia no hay libertad para emprender un cambio social duradero.

A partir de  1975 y hasta 1988, en plena dictadura, se fueron sumando organizaciones y fuerzas sociales, movimientos ciudadanos, y la sociedad civil fue adquiriendo vitalidad. La miseria y la desocupación ampliaron el descontento. Campeaban el temor y la vulnerabilidad -entonces suele primar la cautela y el instinto de sobre vivencia- y  los dirigentes de esas fuerzas políticas y sociales debían hallar un camino pacífico para confrontar al poder dictatorial, que ofreciera un proyecto alternativo.

En 1975, la Fundación alemana Friedrich Ebert invitó a una reunión en Colonia Tovar, Venezuela, a los sectores más proclives a un diálogo, de la democracia cristiana y de la izquierda socialista democrática. Dentro y fuera de Chile  la  convergencia se fue ampliando. Y se fue manifestando de distinta forma: la oposición incipiente al plebiscito de 1980, cuando la dictadura impuso su Constitución; la huelga de los trabajadores del cobre, la Alianza Democrática, el Acuerdo Nacional; la Asamblea de la Civilidad, la Concertación por el No, la Concertación por la Democracia, la creación del PPD y la reorganización de los partidos.

La conducción política de esa convergencia progresiva  fue puesta a prueba en varias ocasiones y salió airosa, aunque debió encarar grandes dilemas. Uno de éstos fue la decisión de participar en un plebiscito organizado por la dictadura, con el grave riesgo de ser víctima de fraude. Otro fue convenir, entre más de 15 partidos y diversos movimientos, el nombre del candidato presidencial, Patricio Aylwin, y un acuerdo parlamentario para designar a dos candidatos a diputados en cada distrito, y dos a senadores en cada circunscripción, obligados por un sistema binominal.

España y Chile: Una transición con rey activo  y dictador muerto, y otra con plebiscito y dictador vivo

La muerte del General Francisco Franco, en 1975, marcó el inicio  de la transición española, en la cual el Rey desempeñó un rol crucial.

Adolfo Suárez asumió en 1976 y gobernó cuatro años. Suárez provenía del único partido político autorizado por el franquismo. Su destacado papel facilitó la primera etapa de esa transición. Recién en 1981 tuvieron lugar las primeras elecciones en las que triunfó Felipe González, comenzando entonces el proceso democrático español.

Lo que en España se logró, en parte gracias a la influencia del Rey, en Chile se consiguió a través del plebiscito y del acuerdo político en torno a Patricio Aylwin. Eso exigió mucho a los actores de la transición chilena.

Desde que Aylwin asumió el poder, en Chile se inició una transición democrática plagada de cortapisas. El dictador Augusto Pinochet se atrincheró como Comandante en Jefe del Ejército por 8 años, y concluido ese periodo, prosiguió investido de senador vitalicio, amparado en su propia Constitución de 1980. Durante 10 años, los parlamentarios de derecha no tuvieron la más mínima voluntad  democrática para alterar esa precaria condición institucional en que quedaron Chile y la mayoría de sus ciudadanos. La derecha sólo comenzó a cambiar luego de la detención de Pinochet en Londres en 1998, por la acción del juez español Baltazar Garzón.

Ya en el gobierno, las convergencias sociales y políticas continuaron consolidándose. Si los demócratas se proponían crear una democracia moderna, con el dictador vivo debían estar unidos y acrecentar su legitimidad y respaldo. Con senadores designados por el mismo dictador, que impedían ejercer la mayoría electoral conquistada en las urnas, además de comandantes en Jefe de las FF.AA. y el jefe de Carabineros inamovibles, la Concertación tuvo que dar muestra de gran madurez y cohesión. Los cambios constitucionales que suprimieron  a los senadores designados y la inamovilidad de los Comandantes en Jefe de las ramas de las FF.AA. y el General Director de Carabineros, se sellaron recién en 2005.

La coalición democrática dio otra señal de robustez en 2000: efectuó sin trauma un desplazamiento del eje político, y pasó de dos presidentes democratacristianos a dos socialdemócratas.

La tarea era compleja. Los recuerdos de la Unidad Popular y su desenlace habían sido distorsionados hasta el paroxismo por la dictadura y la derecha, a fin de bloquear el advenimiento de la izquierda al poder. Pesaban el temor a los conflictos en tiempos de Allende. Pero todo eso se superó, gracias a las confianzas construidas por más de una década.

Sin entrar al debate un tanto bizantino de cuándo empieza y cuándo termina la transición, hay hechos esenciales que revelan la valía de este proceso para el progreso de Chile. Una postura ejemplar fue la resolución de los partidos políticos y las organizaciones de derechos humanos de aclarar los crímenes políticos.  En algunos países que transitaron a la democracia se aceptó poner plazos a los juicios, o punto final, para aliviar presiones y dejar atrás los momentos infaustos. Chile no estuvo exento de ese riesgo, pero prevaleció la convicción de investigar y hacer justicia.

Apenas iniciado el gobierno del presidente Aylwin, tal convicción se materializó en 1991 con la conformación de la Comisión Rettig, que evacuó un impactante e irrebatible informe sobre detenidos desaparecidos. Desde entonces, hasta el proceso por la muerte de José Tohá que se desarrolla hoy, la línea ha sido clara y su fundamento acertado: la democracia se legitima con la justicia, por tarde que llegue, y, a la inversa, se desprestigia y degrada si es cómplice de la impunidad.

Otro rasgo distintivo de esta transición chilena fue la coalición de partidos que la condujo. La Concertación ganó todas las elecciones hasta diciembre de 2010. Ha sido la coalición democrática más duradera de Occidente, si excluimos los largos gobiernos de un solo partido, como el PRI -en México- o la Social Democracia en Suecia. España fue conducida, a partir de de 1981 por el Partido Socialista Obrero Español, PSOE, que efectuó una transición encomiable.

No se nos debe escapar que la transición española cargó con una tragedia mucho más extensa y brutal que la chilena. En parte, la dictadura de Franco se extendió por 36 largos años debido a que las fuerzas democráticas de Europa estaban abocadas a luchar contra el nazismo. Una vez terminada la Segunda Guerra Mundial, la gran pugna entre Oriente y Occidente, más específicamente entre Estados Unidos y la Unión Soviética -en el marco de la Guerra Fría- concentró la atención de la comunidad internacional, opacando la crítica situación que vivía la España franquista. La transición española demoró en florecer pero, cuando lo hizo, España cambió radicalmente para transformarse en una sociedad democrática desarrollada.

Ambos procesos de transición lograron modernizar a sus países, democratizándolos, creando nuevas instituciones, abriéndose al mundo. Ambos consiguieron transformaciones económicas potentes y aplicaron políticas sociales categóricas. Y en ambas naciones las fuerzas democráticas dieron vida a una cultura de libertad, de derechos ciudadanos y espíritu cívico difícil de remover, que marca y marcará el rumbo de los sucesos por venir.

La experiencia chilena de la transición también vale para orientar la acción futura en Chile. Si la gran convergencia de fuerzas políticas y sociales fue esencial entonces, también lo es ahora para encarar los grandes desafíos de la desigualdad, del cambio climático, la democracia local y la libertad cultural; y para proponer a Chile un nuevo proyecto progresista.

Conocer la historia y aprender de ella nos ayuda a construir un futuro mejor.

* Esta fue la exposición del ex ministro Sergio Bitar en el Instituto de Historia de la Universidad Católica de Valparaíso en el Seminario de didáctica de la historia, “Enseñanza de las transiciones de la dictadura a la democracia en el mundo actual”.

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