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¿Importando un conflicto?

por 22 diciembre 2010

¿Importando un conflicto?
Para la comunidad chilena de origen palestino la perspectiva del reconocimiento al Estado Palestino representa la concreción de un anhelo de antigua data. Como se ha señalado, dicho colectivo representa la comunidad de origen palestino más numerosa fuera del mundo árabe y su contribución al desarrollo de Chile puede ser verificada virtualmente en todas las esferas de nuestro quehacer como Nación.

Los trascendidos que indican que el Gobierno se encuentra examinando la posibilidad de reconocer oficialmente al Estado Palestino están encendiendo una polémica más emocional que política, la que paradojalmente no tiene como actores principales a las respectivas comunidades, sino a los respectivos y plurales grupos parlamentarios de amistad y a otros factores de lobby judíos y palestinos, respectivamente.

En estricto rigor,  a estas alturas del desarrollo del conflicto palestino-israelí existe una opinión muy mayoritaria, tanto dentro de Chile como internacionalmente, que reconoce la  justeza y legitimidad de la demanda del pueblo palestino por edificar su propio Estado soberano e independiente.

También se admite que dicho propósito, que estuvo en la letra y el espíritu de la resolución de la ONU que en 1947 dividió palestina y sólo se cumplió en lo concerniente a Israel dejando postergada sine die la construcción de un Estado árabe palestino, representa hoy en día una base mínima, no solo para hacer posible el diálogo político bilateral constructivo  en igualdad de condiciones, sino también para la búsqueda de una solución justa y aceptable para las partes en conflicto, en cuyo proceso la comunidad internacional está  llamada a seguir jugando un papel fundamental.

Respecto a Israel, salvo actores extremos y aislados, nadie cuestiona su propio derecho a existir como entidad nacional y política, y a desenvolverse en un entorno pacífico y dentro de fronteras seguras e internacionalmente reconocidas como tales.

Se impone entonces la necesidad de proceder a sincerar la situación. No se importó el conflicto a tierras chilenas con anterioridad bajo ninguna de las circunstancias descritas. Por lo mismo, suena del todo artificial y desproporcionado  suponer que aquello podría ocurrir ahora.

Para la comunidad chilena de origen palestino la perspectiva del reconocimiento al Estado Palestino  representa la concreción de un anhelo de antigua data. Como se ha señalado, dicho colectivo representa la comunidad de origen palestino más numerosa fuera del mundo árabe y su contribución al desarrollo de Chile puede ser verificada virtualmente en todas las esferas de nuestro quehacer como Nación.

Como es fácil de apreciar, no se trata de una comunidad extranjera  exiliada en Chile, sino de un colectivo unido por raíces de ascendencia común y sólidamente afincado en nuestro tejido social desde hace más de cien años.

Como cualquiera puede apreciar, judíos y palestinos conviven pacíficamente en Chile. Salvo episodios muy aislados, no existe una relación conflictiva entre ambas comunidades. Se sabe de matrimonios mixtos, de emprendimientos empresariales comunes y de un amplio espectro de otras manifestaciones sociales e incluso hasta políticas, que evidencian una clase de relación carente de resquemores y odiosidades profundas.

Desde hace mucho tiempo, bajo administraciones de distinto signo político, Chile ha fijado su posición respecto al conflicto árabe-israelí haciendo ver sus puntos de vista tanto en el ámbito bilateral como multilateral. Dicha política, se ampara en el derecho internacional y por lo mismo declara la necesidad del acatamiento pleno de las resoluciones concernientes de las Naciones Unidas y enfatiza la necesidad de perseverar en la búsqueda de una solución por medios pacíficos y negociados. Como corolario de dicha política, la cual nuestro país sostiene sin variaciones prácticamente desde 1947, se han afirmado consecuentemente los legítimos derechos palestinos, a la par que los no menos legítimos derechos israelíes. Sin menoscabo de los unos respecto de los otros.

La relación de Chile con Israel ha transitado, no obstante,  por canales fluidos y cooperativos en los más diversos planos. Y no hay razones ni mínimos  indicios que nos hagan suponer que aquello pudiera cambiar a propósito de cualquier decisión que pudiera adoptarse.

En relación con Palestina, hay que recordar que el Gobierno de Chile  autorizó en 1992 la apertura de una Oficina de Representación de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), para entonces reconocida como única y legítima representante del pueblo palestino. Dicha Oficina, desde ese año y hasta el día de hoy, funciona para todos los efectos prácticos y protocolares como una Embajada de Palestina en Chile.  Ello significa que su titular o Jefe de Misión recibe el trato protocolar  de Embajador, que exhibe su pabellón patrio en el frontis del edificio y que sus vehículos oficiales  portan patentes diplomáticas otorgadas por el Gobierno de Chile, a través del Ministerio de Relaciones Exteriores.

He creído conveniente aclarar este aspecto, pues estimo muy probable que más de alguien se esté preguntando como es posible que se esté debatiendo sobre la conveniencia o no de reconocer al Estado Palestino, en circunstancias que ya  existe,  como cualquiera puede comprobarlo por si mismo, una embajada de Palestina en Chile.

Unos años más tarde, tras los Acuerdos de Oslo y el establecimiento de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) en Cisjordania, Chile fue uno de los primeros países en el mundo en inaugurar una misión frente a la ANP, en Ramallah. Ciertamente y de modo paradojal aunque entendible habida cuenta de las especiales circunstancias, su personal diplomático ha debido ser acreditado ante las autoridades israelíes en Tel Aviv. Peso a ello, y para todos los efectos prácticos, la misión opera como una Embajada de Chile frente a las autoridades palestinas.

Cabe preguntarse entonces, ¿Cuál podría ser el sentido de mantener toda esta situación anómala? Es evidente que este conjunto de gestos implican un reconocimiento de facto y, que por lo mismo, no se aprecia de buenas a primeras en que sentido la situación podría alterarse sustantivamente,  de existir por parte de Chile un reconocimiento oficial y expreso del Estado Palestino.

Se impone entonces la necesidad de proceder a sincerar la situación. No se importó el conflicto a tierras chilenas con anterioridad bajo ninguna de las circunstancias descritas. Por lo mismo, suena del todo artificial y desproporcionado  suponer que aquello podría ocurrir ahora. Por el solo expediente  de adoptar una decisión en derecho, para formalizar una situación de hecho que ya tiene casi 20 años de existencia real.

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