Sábado, 10 de diciembre de 2016Actualizado a las 14:45

Autor Imagen

Conservadurismo católico y aborto

por 22 diciembre 2010

Me temo que Peña, en su afán pedagógico, simplifica un poco las cosas, porque cuando se promulga una ley que permite el aborto, lo que en realidad se hace no es sólo ‘permitir’ el aborto, sino ‘auspiciarlo’.

Yo debo ser una representante de lo que Carlos Peña llama el ‘conservadurismo católico’ y debo formar parte también de los ‘católicos cultos’… si lo que define a ese grupo es haber leído a Santo Tomás.

Aunque para ser franca, no estoy muy segura de que haber leído alguna parte de la Suma Teológica sea garantía de cultura; como tampoco llamaría inculto al que cita a su autor sin haberlo entendido. A fin de cuentas, una columna de opinión no puede nunca ser algo demasiado serio.

La cosa es que como destinataria de su columna de este domingo, y en mi calidad de miembro ilustre de los dos grupos a los que Peña alude en ella - el del ‘conservadurismo católico’ y el de los ‘católicos cultos’- debo decir un par de cosas.

Para empezar, que ser un conservador católico (o un católico culto), no es lo mismo que seguir a Tomás de Aquino al pie de la letra. Yo podría no coincidir, por ejemplo, con lo que dice el Santo respecto de la pena de muerte, y eso no me transformaría en una hereje.

Quiero decir algo, también, acerca del primer caso de aborto que considera el proyecto de ley de Fulvio y la Evelyn, aquel que realmente genera polémica dentro del conservadurismo y que se refiere al aborto de un feto inviable.

Me temo que Peña, en su afán pedagógico, simplifica un poco las cosas, porque cuando se promulga una ley que permite el aborto, lo que en realidad se hace no es sólo ‘permitir’ el aborto, sino ‘auspiciarlo’.

Digo esto porque el otro caso contemplado en el proyecto no es un caso de aborto. Carlos Peña lo sabe y sabe también que el conservadurismo católico no lo discute. Por qué dedica en su columna tanto espacio al asunto es algo que no entiendo, supongo que se trata de una estrategia comunicacional.

La cosa es que el proyecto habla de la posibilidad de eliminar a un niño cuyas posibilidades de sobrevivir al parto o al mismo embarazo son nulas. Lo digo así porque la expresión ‘interrupción del embarazo de un feto inviable’ suena un poco abstracta.

Carlos Peña dice que, en este caso, las opciones que tiene el Estado son dos: ‘obligar a perseverar’ o ‘permitir interrumpir’ (el embarazo, se entiende). Me temo que Peña, en su afán pedagógico, simplifica un poco las cosas, porque cuando se promulga una ley que permite el aborto, lo que en realidad se hace no es sólo ‘permitir’ el aborto, sino ‘auspiciarlo’. Por el contrario, ‘prohibirlo’ tampoco es propiamente ‘obligar’ a alguien a perseverar en el embarazo, sino simplemente no darle al aborto la categoría de un derecho.

Así, la disyuntiva que plantea el abogado entre un Estado que suplanta la libertad de conciencia, es decir, que viene y le dice a uno lo que tiene que hacer, en contraposición a un Estado que respeta la decisión de cada cual, no es tal. Si se tratara de eso, yo sería la primera en incluirme dentro de la fila de los liberales.

La verdadera disyuntiva que se presenta es si el Estado que garantiza toda clase de derechos individuales, puede ser el mismo que le otorga a uno un derecho por sobre la vida de otro.

El debate no se resuelve, por lo tanto, a partir del antagonismo entre los que están a favor de la libertad y de los que están en su contra: los libertarios versus los autoritarios, sino a partir de la forma en que cada grupo entiende cómo se articula la libertad con los otros bienes que también debieran ser protegidos en una democracia. Pensar que el conservadurismo católico no le concede valor a la libertad es tan absurdo como pensar que los liberales promueven el libertinaje.

Por eso mismo, los que creen que el tema del aborto es un tema puntual que distingue a la vieja derecha de la nueva se equivocan radicalmente, porque para llegar a considerar eso como un derecho hay que haber tomado una ruta distinta varios kilómetros atrás. Reducir el tema a un problema de moral sexual es en el fondo no entender el problema, llevarlo al plano de la ideología y perder con eso cualquier posibilidad de entendimiento.

Es un hecho que el aborto existe; es un hecho también que la mujer que toma ese camino suele estar en una situación desesperada. El punto es si una sociedad que se llama tolerante, no discriminadora, garante de la vida y de los derechos humanos, puede al mismo tiempo consagrar como un derecho la posibilidad de aniquilar una vida, sólo porque ella está enferma o desahuciada.

Se lo decía yo hace poco a un amigo: cuando una sociedad se piensa desde la libertad ¡y solo desde la libertad! entonces lo que tenemos no es una sociedad libertaria, sino una sociedad en la que el más fuerte se impone sobre el más débil. ¿Que así es y así ha sido siempre? Puede ser, pero otra cosa es querer institucionalizarlo.

Compartir Noticia

Más información sobre El Mostrador

Videos

Más Noticias

Blogs y Opinión

Encuesta

Mercados

TV

Cultura + Ciudad

Deportes