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¿Y si en vez de llamarlo neoliberalismo le decimos anarcoliberalismo?

por 23 diciembre 2010

En una de sus célebres cátedras en el Collége de France, que más tarde se agruparían en la obra El Origen de la Biopolítica, el filósofo galo, Michel Foucault, nos recuerda un concepto olvidado a la hora de criticar los fundamentos de la noción del neoliberalismo: el “anarcoliberalismo”, algo más preciso a la hora de buscar el núcleo que anima al pensamiento económico monetarista y, en estos momentos, al diseño de las políticas públicas.

El anarcoliberalismo es uno de los basamentos doctrinarios del actual gobierno para avanzar hacia la “sociedad del emprendimiento”, a costa de la visión del Estado de bienestar que el Instituto Libertad y Desarrollo se encargó de denigrar en los últimos 20 años.

Trabajando desde su propuesta investigativa acerca de la genealogía del poder, Foucault desmenuza la historia de las ideas político-económicas que dan vida al paradigma de la economía política de Adam Smith que se valió del liberalismo para desarrollarse. En este proceso, se identifica al famoso Friedrich Von Hayek como un intermediario en la transición del ordoliberalismo al neoliberalismo estadounidense que dio vida al anarcoliberalismo de la Escuela de Chicago de Milton Friedman, de la cual han surgido toda la camada de discípulos chilenos que ya se encuentran en la cuarta generación, donde muchas posturas acerca de la sociedad son aún más anarcoliberales que la de los mismos norteamericanos.

Para comprender a cabalidad los elementos del anarcoliberalismo, debemos detenernos en el concepto de ordoliberalismo, surgido a mediados del siglo XX. Foucault lo identifica como la imbricación de “una política de sociedad y un intervencionismo social a la vez activo, múltiple, vigilante y omnipresente”. En otras palabras, el ordoliberalismo no sería más que la llamada economía social de mercado pro reguladora, cuyo objetivo no es compensar o anular los efectos negativos de la “libertad económica” en la sociedad, sino que apunta a un hecho más profundo: anular los impactos anticompetitivos que surjan en la sociedad producto del capitalismo salvaje.

No está pensado para contrarrestar la economía de mercado, sino para impedir o mitigar los efectos sociales negativos generados por la falta de competencia. Esta última realidad la podemos apreciar cotidianamente en nuestro país, donde el mercado ha sido capturado por grandes conglomerados corporativos que tienden a disminuir la integración y participación de pequeñas empresas, tal como se aprecia en los sectores de retail, supermercados, farmacias, Isapres, AFPs y bancos, entre otras áreas clave de la vida económica.

Durante los gobiernos de la Concertación se pudo apreciar un tímido intento de avanzar en los grados de ordoliberalismo mediante la regulación de estos sectores, pero su resultado fue difuso o mínimo. No se intervino en el problema de fondo: producir mayores grados de apertura en el estrecho mercado que tenemos a partir de una radicalización (de acuerdo a Foucault el origen de la idea del radicalismo es volver a las raíces) en el contenido de las normas regulatorias de la economía, tal como lo hacen en Estados Unidos cuando es necesario. Al contrario, se implementó una política de contención que todavía no puede anular los mecanismos distorsionadores de la competencia de todos los actores, lo que se traduce –junto a otros factores- en la alta tasa de informalidad dentro de nuestra economía.

La creación del Tribunal de la Libre Competencia ha logrado dar ciertos pasos adelante, con algunos fallos puntuales que han puesto el cerrojo a una mayor concentración de mercados en diferentes sectores, pero no se observa el desarrollo paralelo de una política destinada a integrar a los actores más pequeños y rezagados en los encadenamientos productivos y comerciales establecidos.

Al ser un hijo rebelde del ordoliberalismo, el anarcoliberalismo instaurado por von Hayek y Friedman parte del supuesto que las leyes del Estado no deben desbordar los márgenes de la formalidad jurídica; el poder público debe ser ciego y solamente debe considerar a la economía como un juego en que, según Foucault “las reglas no son decisiones que alguien toma por los demás”.

Así, se comprende el mecánico discurso del empresariado respecto “al cambio en las reglas del juego” cada vez que se veía una reforma en el horizonte. El ejercicio es el siguiente: Si un equipo grande destroza al otro en el campo del juego económico, el equipo más débil debe aceptar esta realidad, al momento de haber querido ser parte del juego mismo. Este es el raciocinio clave que nos abre el análisis de Foucault para entender la mentalidad del anarcoliberalismo, cuyo discurso del cambio a las reglas del juego no significa más que hacer un llamado a continuar jugando en un orden legal que no cambie, teóricamente, en contra de la empresa (especialmente para las de mayor tamaño, en la práctica).

Este es uno de los núcleos de la llamada sociedad del emprendimiento: reforzar el rol subsidiador del Estado hacia el sector privado, tal como se verá el próximo año en la inyección de recursos públicos para las empresas, cuando se afiance el proceso de reconstrucción inmobiliaria en el sur; o como se advierte de las propuestas de reforma a la salud, con la creación de las Entidades de Seguridad Social en Salud, en que el Estado podría financiar una eventual liberación de los usuarios de los grupos A de Fonasa, según la propuesta del comité de expertos del sector.

La idea central es siempre reducir al arbitraje el rol del Estado, a través del Poder Judicial, cuando surjan litigios entre empresas, mientras éste también les pavimenta sus negocios con los dineros que ponen todos los ciudadanos, mediante impuestos. El resultado final de este juego debe partir del presupuesto de ser desconocido para todos los actores que deciden entrar en él. Algo bastante utópico, por no decir, descarado, considerando la influencia de los principales grupos económicos en el pequeño mercado que tenemos.

Pero la pregunta que realmente la sociedad debe hacerse a sí misma y a los poderes del mercado es: ¿Se desea vivir en un modelo de continuos juegos, donde la principal regla del orden legal debe ser estática? ¿Por qué el empresariado tipo CPC pide jugar con reglas estáticas, en circunstancias de que otras esferas de actividades en la sociedad no lo hacen así?

El problema del anarcoliberalismo es que nació cojo y sin ojos. Lo más cómico es que, desde esta perspectiva de mundo, se exige que el Estado deba ser ciego y opere solamente desde una formalidad jurídica estática hacia el mercado, cuando las demás instituciones de la sociedad (formales e informales) continúan su desarrollo cada vez de modo más dinámico. Si los apologistas del anarcoliberalismo pregonan la autoregulación, cada vez que salen a flote los abusos y distorsiones que se generan por las reglas del juego, entonces debemos suponer que el gran cuello de botella para avanzar hacia una competencia económica más democrática y perfectible es el mismo mercado y no el Estado. Quizás es hora de que el padre ordoliberalista despierte de su siesta para que vea el desorden que ha dejado su hijo rebelde en la casa.

(*) Artículo aparecido en El Quinto Poder.cl

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