Sábado, 3 de diciembre de 2016Actualizado a las 20:07

Autor Imagen

Crisis de los partidos y recomposición de lo político

por 27 diciembre 2010

Cada vez más frecuentemente el sistema político ya no absorbe demandas sociales. El mismo las conforma a su manera, las condiciona a través de la omnipresencia de los medios. Lo instrumental tiene supremacía sobre lo ético, la sociedad es mera espectadora. Es decir un mundo como ha analizado Baudrillard dominado por el simulacro y el signo, el universo de la tecnología de las comunicaciones.

Los partidos políticos nacen en el seno de las democracias liberales.  Pese a la fuerte matriz individualista que caracteriza el liberalismo, este reconoce la legitimidad y utilidad de los partidos pero estableciendo una limitación muy nítida: el rol de los partidos está ligado originariamente a la arena parlamentaria, a la competición de las élites políticas.

La democracia liberal, con la universalización del sufragio, da vueltas progresivamente este esquema; los partidos comienzan a representar la organización de los ciudadanos que en el ejercicio de sus derechos políticos eligen y establecen legitimidad y apoyo a los gobiernos y a las políticas parlamentarias.

Sólo después de la Segunda Guerra Mundial, por efecto de la universalización del sufragio  y del ingreso a la arena parlamentaria de los grandes partidos de masas, se asiste a una gradual transformación de las funciones de los partidos políticos y, en consecuencia, de las funciones del propio parlamento.  Los partidos de masas asumen tareas paraestatales de organización y educación moral e intelectual de las masas por una emancipación social antes que política.

De esta forma nacen, también, los partidos populares que organizan e integran a las “masas” que habían quedado fuera de la construcción del Estado y contribuyen a que millones de trabajadores tomaran conciencia del significado de la propia ciudadanía y a que lucharan, ya no contra el Estado, sino por un Estado más justo, capaz de remover los obstáculos de carácter económico y social que limitaban los derechos a la libertad y a la igualdad política.

Cada vez más frecuentemente el sistema político ya no absorbe demandas sociales.  El mismo las conforma a su manera, las condiciona a través de la omnipresencia de los medios.  Lo instrumental tiene supremacía sobre lo ético, la sociedad es mera espectadora.  Es decir un mundo como ha analizado Baudrillard dominado por el simulacro y el signo, el  universo de la tecnología de las comunicaciones.

En su origen, la propia sociedad civil logra su espacio y su rol en relación con el Estado gracias al surgimiento y a la incorporación al sistema de los partidos políticos y a la capacidad de radicación social y cultural de estos en los más diversos ángulos geográficos y sociales de las naciones.  Los partidos fueron los grandes vehículos de “alfabetización” y culturización política, los difusores de los derechos individuales y colectivos, los organizadores de las competencias reguladas, de la expresión del conflicto, de la generación de los consensos y de la recomposición de la política, los primeros forjadores de las comunidades elevadas a nivel del Estado y, por tanto, con una visión y una vocación de poder.

Sin duda, la incorporación de los partidos políticos -reconocidos como “extraños” en las legislaciones del siglo XIX- a los ordenamientos institucionales más característicos del siglo XX, produce una profunda transformación estructural de la política, de manera que ellos se transforman en el actor principal dentro de los sistemas pluralistas de representación.  Nace, así, la “democracia de los partidos”, que deja de lado la figura liberal del parlamentario plenamente autónomo y genera nuevos canales para la expresión de la separación de los poderes anunciada por Montesquieu.

El proceso de “estatización” de los partidos representa una forma de racionalización del poder en un sentido weberiano, porque corresponde a la creciente especialización y profesionalización de la vida política en la sociedad diferenciada.  A causa de esta evolución los partidos han perdido las  características originarias de movimientos de opinión y de lucha política, muy frecuentemente guiados por líderes carismáticos, y tienden a abandonar también el rol que tradicionalmente les ha confiado la doctrina política, a partir de la inspiración de Montesquieu, de ser los “cuerpos intermedios” entre la sociedad civil y el Estado y la estructura corpórea política del pueblo y de su mediación con las instancias de base.

El estadio final de esta evolución ha sido la formación de una “nueva clase” de los profesionales de la política que ejercitan una notable influencia en la economía, en las finanzas y en la información.  En la medida en que se consolida esta nueva categoría de “burocracia-especializada” los partidos tienden a identificar, de manera creciente, la propia autoconservación con aquella de la conservación del sistema  y, por ende, con la estabilidad del conjunto de la burocracia pública.

Cuando las ideologías ocupan los espacios de la política y conjuntamente con entregar valores definen concepciones del mundo, modelos de organización social y respuestas unívocas a los anhelos de los ciudadanos, los partidos políticos radicalizan su sentido de “parte” y se transforman en expresiones de grupos sociales definidos, de concepciones culturales más o menos totalizantes y de aspiraciones de ocupación o de asalto del poder destinadas a concretar proyectos de salvación humana y social.

Estas características se profundizan cuando el mundo se divide en dos bloques ideológicos, políticos y militares y cuando todos los fenómenos son vistos como parte de una gran confrontación este-oeste y de reductivas visiones clasistas que establecía a priori los aliados y enemigos, que ordenaba el conflicto social y que no dejaba espacio a la expresión de una multiplicidad de contradicciones humanas existentes más allá del esquema de la sociedad de las ideologías autoreferentes.

Justamente, por el peso omnicomprensivo que adquirieron los partidos como “sociedad que se organiza” dentro de las instituciones, es que la crisis de representatividad que hoy les afecta, repercute en toda la organización del sistema político institucional en que se ha basado la democracia del siglo XX.

La reconocida crisis mundial de los partidos políticos es, en verdad, un aspecto de aquel fenómeno más general de la crisis general de la política derivada del ocaso de las ideologías y del surgimiento de una sociedad “tardo”-moderna más compleja que desplaza fáciles determinismos, rígidas deducciones doctrinarias y organizaciones no habituadas a convivir con la mutación perenne, con la incertidumbre, la flexibilidad, la secularidad, la reversibilidad de los fenómenos.

Los partidos políticos nacieron sobre la base de una serie de fracturas sociales, económicas y culturales que han perdido hegemonía política.  Al fenecer la política ideologizada, con todos los rituales que ella conlleva, se abre espacio una política civil en la cual se mezclan, en proporciones distintas que dependen de la calidad de la democracia en que se vive, la universalización de sus principios, un tipo de radicalidad de valores, la ausencia de un centro moral definido, pragmatismos sobre los medios, nuevos sujetos con disponibilidad al particularismo y el incontrarrestable peso de los mecanismos ligados al mercado y a la planetarizada influencia de los medios de comunicación que reemplazan algunas de las funciones de los partidos y, a la vez, se transforman en vehículos privilegiados que estos utilizan para comunicarse con la sociedad y enviar sus mensajes persuasivos y muchas veces subliminales.

Nacen nuevas fracturas de tipo postmaterialista, como son la condición femenina, la marginalidad juvenil, las nuevas pobrezas, las varias actitudes antiestablishment que enriquecen potencialmente el juego político de dimensiones nuevas.  Aquí se esconden también peligros para la igualdad de las posibilidades de participación.  Una participación en forma de organizaciones menos convencionales y menos cohesionada es más selectiva y fragmentaria que aquella de los partidos.  Es verdad que los nuevos movimientos ciudadanos buscan hablar también en nombre de los grupos que han quedado fuera, pero no siempre pueden generalizar de manera políticamente eficaz porque es en la especificidad donde los intereses comunes concretos con los cuales se identifican logran generar su fuerza y su capacidad de convocatoria.

Los partidos políticos aparecen siempre menos como “la democracia que se organiza” y cada vez más como un factor rico en la obtención de “chancees” de poder, pero pobre en recursos ideales. Todo ello, debilita las bases sobre las cuales nacieron y se desarrollaron los partidos, disminuye sus funciones y atractivos, redimensiona su capacidad de liderazgo y el peso específico que ellos ocupan en la sociedad civil.

Sin embargo, lo claro es que, aún en medio de esta crisis, las democracias basadas en el sufragio universal tienen necesidad de instrumentos de encuentros entre los ciudadanos y las instituciones, entre los cuerpos electorales y las asambleas representativas, y por ende, tienen necesidad de los partidos políticos.  Lo que se ha perdido en integridad ideológica ha sido ganado en términos de disponibilidad a la competición.  El conflicto, por tanto, es inherente a la democracia y la voluntad política es fruto de un proceso de construcción, es el producto de una múltiple  elección individual que se sintetiza gracias a la mediación de los partidos políticos.  Una democracia representativa sin partidos no tiene sentido, es como un liberalismo sin libertad.

El tema es, entonces, caída la vieja centralidad del sistema de partidos, ¿qué carácter tendrán los nuevos partidos que emerjan de esta crisis? ¿Es posible imaginar una alternativa institucional al sistema de partidos dentro de un régimen que mereciera aún llamarse democrático?

Hace casi 30 años, Kircheimer elaboró la teoría del surgimiento de un nuevo modelo de partido, el “catch all party”, o “partido electoral” e indicó, premonitoriamente, que el futuro de los partidos políticos estaría determinado por las siguientes características: reducción del bagaje ideológico de los  partidos, fortalecimiento de un liderazgo personalizado que es valorado por su  contribución a la sociedad en su conjunto más que a un grupo determinado, disminución del rol y de la influencia de los afiliados individuales, menor énfasis en la base social tradicional de cada partido para ganar consensos en el conjunto de la población, establecimiento de vínculos de los partidos con una variedad de grupos de interés.

Como bien señala Angelo Panebianco en el nuevo tipo de partido son los profesionales, los expertos, los técnicos, quienes dominan una serie de  conocimientos especializados, los que desempeñan  un rol cada vez más importante y contribuyen a desplazar el centro de gravedad de la organización desde los militantes a los electores.  Esto fija una diferencia central entre el partido burocrático de masas y el partido profesional-electoral.  El primero era una institución fuerte, basada en la ideología y en el establecimiento de una red muy radicada de “creyentes”.  El Partido profesional-electoral es débil y, por ende, la transformación implica un proceso de desintitucionalización del partido y una creciente incorporación de este a la esfera del Estado.

El espacio político adquiriere un carácter multidimensional: el tradicional continuum derecha-izquierda sigue siendo una dimensión básica de la política, pero tiende a surgir una nueva dimensión que se superpone a la anterior.  El surgimiento de valores posmateriales  establece divisiones que se expresan en contradicciones como establishment y antiestablishment que obviamente no coincide con la división más tradicional de izquierdas y derechas.  Esto se expresa desde el alternativismo anticonvencional, a los votos de protesta en las elecciones, a la abstención o anulación del voto, y muy frecuentemente al distanciamiento total de la política.

Lo claro es que el Partido profesional-electoral que extiende su influencia a nivel mundial y representa una franja muy extendida de los partidos modernos, es funcional a una tendencia creciente que se observa sobre todo en el mundo avanzado y en gran medida en el nuestro: el reemplazo de la “democracia de los partidos” por una “democracia del público”.  Una democracia en la cual la elección de los gobernantes y de los representantes se funda más en la personalidad y el carisma del candidato que en los programas,  en la “representación” de imágenes de la realidad más que en la realidad misma.

La democracia del público confiere y reduce al ciudadano a una doble valencia: la de ser un espectador y un elector que no reclama una específica representación simbólica e institucional en cuanto miembro de una capa social, económica o cultural, sino en tanto sujeto indistinto que reacciona a las propuestas de un cuerpo profesionalizado de la política tal como lo hace un público teatral y cinematográfico que no juzga el grado de sintonía de la obra con su propia identidad sino la calidad de la representación en el escenario y la credibilidad de los diversos personajes.

Ello hace evidente que estamos instalados en una modalidad política posmoderna con todos sus rasgos de pérdida de la idea de futuro, de impulso al narcicismo, de abandono de lo político hacia lo privado, de primacía de la imagen y de los medios sobre cualquier intencionalidad de los sujetos, del  desencanto pasivo.  Es decir, esa posmodernidad de Baudrillard que nos enfrenta a un desencanto irremediable.

Cada vez más frecuentemente el sistema político ya no absorbe demandas sociales.  El mismo las conforma a su manera, las condiciona a través de la omnipresencia de los medios.  Lo instrumental tiene supremacía sobre lo ético, la sociedad es mera espectadora.  Es decir un mundo como ha analizado Baudrillard dominado por el simulacro y el signo, el  universo de la tecnología de las comunicaciones. Como dice Castells, la política es mediática porque el mundo en que vivimos es mediático.

Estamos en una sociedad que tiene pocas vías para expresarse, ante representantes que se bastan a sí mismos y creen poder prescindir de la sociedad.  Esto conduce a la falta de credibilidad social frente a las continuas frustraciones a los que lleva el pragmatismo, la descreencia y la pasividad social.  La política se presenta como cuestión sólo de los políticos.

Existe el riesgo que, a la creciente exigencia de tecnificación de las decisiones políticas en todos los planos y a la codificación de la información, se unan los altos niveles de apatía ciudadana por la política, especialmente por la política partidista-, permitiendo una mayor elitización del  poder, una restricción del carácter de la ciudadanía, un copamiento de lo tecnocrático en las diversas esferas del poder.

Por tanto, si se quiere pensar en un nuevo sistema político y en “otro” tipo de partido este debe ser sometido a una operación de plena reducción al estado laical, debe abandonar su tediosa autoreferencialidad completamente ajena a los intereses y preocupaciones de la sociedad, debe situarse  como portador de las reivindicaciones de la sociedad civil a nivel del Estado, como creador y difusor de valores éticos y culturales que entreguen instrumentos para las decisiones personales, como promotor de una sociedad viva, crítica,  polémica que no acepta el anonimato, pero sin intentar subsumir o instrumentalizar los diversos y autónomos momentos que estructura la sociedad actual y del cual la política es sólo una de sus esferas.

Para ello se requiere potenciar el rol de la ciudadanía como centro moral de la democracia y, a la vez, como regla y práctica del vivir social.  La ciudadanía democrática no es, en efecto, sólo la reafirmación kanteana de la persona fin, sino el principio activo de la “ciudad” y, por ende, el motor de una democracia que no se concentra solo en las instituciones sino que se expande hacia todos los ámbitos de la sociedad y de la vida.  Ella puede ser representada pero en ningún caso reemplazada por los paridos.

Por tanto, si queremos que la democracia tenga futuro esta sólo puede ser “democracia de los ciudadanos” ya que de ello depende su legitimidad y su “calidad”.  Esto implica el más coherente y pleno reconocimiento a los momentos organizativos, por parciales y específicos  que ellos sean, que se dé la propia sociedad civil más allá del sistema de partidos y de las estructuras sociales clásicas ya que solo a partir de esta diversidad es posible reconstruir un nuevo sentido de comunidad.

Los partidos deben renovarse y aprender a vivir en una sociedad global, compleja, con una ciudadanía más exigente, con nuevos medios de expresión que a través de las redes sociales canalizan la crítica y el descontento. Deben abrirse a escuchar a la sociedad y a la transparencia en sus actos, a una horizontalidad en las decisiones y deben generar en las instituciones los canales de participación para que el ciudadano común sienta que es parte de una institucionalidad que integra sus aspiraciones y los convoca como actores protagónicos de las políticas públicas. La democracia debe recuperar su sentido transformador, entendiendo cabalmente que hoy lo único estable es el cambio y que si no se sitúan en esta sintonía serán, cada vez más, agentes de la conservación y del vacío de nuevos ideales y proyectos, acrecentando, con ello, el descrédito, la desconfianza y la lejanía con los ciudadanos.

Compartir Noticia

Más información sobre El Mostrador

Videos

Más Noticias

Blogs y Opinión

Encuesta

Mercados

TV

Cultura + Ciudad

Deportes