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El callejón oscuro en la era del Twitter

por 28 diciembre 2010

Quien lea en Facebook o Twitter la manera en que mucha gente viene comentando la última columna de Ricardo Vásquez Kunze pensará que el hombre se ha declarado caníbal, confesado una serie de crímenes abominables o, quizás, que lo han descubierto complotando para volar en pedazos la Cámara de los Lores.

En Facebook, los epítetos contra Vásquez Kunze van de "matón" a "fascista", de "maricón" a "cavernícola" y de "fujimoirsta" a "filo-pepecista". No me culpen, por favor, de lo arbitrario y lo errático de las etiquetas: así piensa la intelligentsia virtual, virtualmente exenta de inteligencia: hidra de muchas cabezas y un solo gran rabo de paja (con el que piensa, en días como hoy).

En Twitter (ese callejón oscuro de la convivencia social) una persona anuncia que ha encontrado la dirección de Vásquez Kunze; otra publica su dirección de correo electrónico; otra, su fotografía; una más, los datos de su Documento Nacional de Identidad; un par de anónimos declaran que ya lo están acosando; alguien con nombre propio observa que los actos de Vásquez Kunze "no deben quedar impunes".

Aclaremos que tanto los adjetivos como las poco veladas amenazas son usadas en supuesta defensa de la libertad. ¿De qué libertad? Al parecer, estamos hablando de la libertad de grupos de púberes y adolescentes para destruir la propiedad pública, obligar al Serenazgo de Surco a perder tiempo y recursos en movilizarse para dispersarlos una y otra vez, e insultar abiertamente a un vecino cuando éste les informa que lo que hacen está mal.

O quizá no están defendiendo eso, sino solo la libertad de esos grupos de chicos para hacer todo lo anterior sin que nadie patee uno de sus skateboards y le dé dos cachetadas a un adulto que sale en defensa de ellos... Y no: no le estoy poniendo zancadillas a mi propio argumento: no me interesa defender a ningún personaje en esta historia.

Porque, para mí, en el relato de Vásquez Kunze no hay nadie a quien valga la pena defender: es una barbaridad emprenderla a golpes contra alguien porque discute con uno; pero también es una barbaridad destruir la propiedad pública y obligar a la fuerza de seguridad de un distrito a perder el tiempo rutinariamente en imbecilidades, gastando dinero municipal y desprotegiendo otras partes del distrito que podrían aprovechar mejor el esfuerzo.

Y también es una barbaridad (que me interesa más en este instante) acusar al violento sin detenerse un minuto a criticar la actitud de los vándalos. Como si en verdad un vecino no tuviera más derecho que el de resignarse a perder su tiempo y la paz de su entorno en la rueda eterna de las llamadas a Serenazgo. Es una barbaridad llamar represor al que quiere simple orden y, a la vez, no darle nunca ninguna garantía de que su esperanza de tranquilidad pueda ser garantizada por alguien más.

Pero, ¡adivinen qué cosa es más fácil que observar los errores de ambos lados! Pues, observar sólo los de uno y obviar completamente los del otro. O sea, como siempre, dividir el mundo en buenos y malos. No quiero repetir aquí lo que dije hace poco en relación con otro asunto, pero la idea es la misma: hay demasiada gente para la cual el mundo sólo es inteligible si se pueden concentrar todas las culpas en un mismo punto y alucinar que el resto es bueno, buenísimo, inocente, vital y libre.

(Así, en las versiones que leo en Twitter, el joven de 18 años es "un niño", Vásquez Kunze es un "abusador de menores", defender la propiedad pública es "represión" e invadir una pérgola dañándola sin el menor remordimiento es "hacer deporte". Tonterías, todas, sin excepción).

Lamentablemente, creo que la respuesta pública a la columna de Vásquez Kunze es muy sintomática: es el rastro de una sociedad que, cuando quiere o cree defender la libertad, defiende arbitrariamente cualquier ruptura de las normas de convivencia excepto las más ridículamente obvias: una cachetada sí se ve como un ataque, pero un insulto, una amenaza, el asalto a la paz de un vecindario, la destrucción de la propiedad pública, la desobediencia permanente a una regla comunitaria, eso no: no se capta como negativo, no se percibe.

Por supuesto, ahora que ya ocurrió el apocalipsis*, y sin embargo el mundo sigue igual, los filósofos de Facebook, cuya capacidad de atención suele rondar el cero, tienen que buscar otros escándalos en qué concentrarse por el tiempo que les sea posible (tres, dos, uno...). Necesitan nuevos demonios que exorcizar y nuevas batallas que los enfrenten contra el mal puro. Los psicoanalistas de Twitter necesitan alguien a quien llamar tanático para continuar con su ritual masturbatorio de seudo-gurúes universales.

Y, más en general, los anónimos y seudónimos, cuya vida entera parece no alcanzar los 140 caracteres, necesitan alguien a quien matonear en defensa de la libertad. Vásquez Kunze los tendrá ocupados hasta la fiesta de año nuevo, luego de la cual (o antes) dejará de existir.

* WikiLeaks. ¿Se acuerdan, no?

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