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Aborto: hablemos en serio

por 29 diciembre 2010

Aborto: hablemos en serio
Para empezar a ser serios, es necesario que quienes usan el rótulo de pro-vida, lo dejen de hacer. Es puro efectismo retórico. Es falso que sea un debate entre partidarios de la vida y partidarios de una necrofilia cultural. Lo segundo, en pro de la acuciosidad de la discusión, es evitar adjetivar a otros como “abortistas”. Nadie lo es. Unánimemente es considerado un mal social.

Sobre el aborto, el arzobispo Ricardo  Ezatti está en lo correcto, es un tema demasiado serio como para discutirlo a la ligera.

Lo primero, para empezar  a ser serios, es que quienes usan el rótulo de pro-vida, lo dejen de hacer. Es puro efectismo retórico. Es falso  que sea un debate entre partidarios de la vida y partidarios de una necrofilia cultural. Lo segundo, en pro de la acuciosidad de la discusión, es evitar adjetivar a otros como “abortistas”. Nadie lo es. Unánimemente es considerado un mal social. El ex-senador Edward Kennedy, quien contribuyó a su legalización en EE.UU., así  lo describe en su carta al papa Benedicto XVI.

Tampoco ayudan al tema quienes descalifican a otros porque opinan desde sus profundas convicciones religiosas. No es esperable ni exigible que en un tema donde una de sus aristas es cómo se entiende la vida humana, se pospongan las creencias personales.

Están quiénes lo abordan desde una perspectiva teológico-moral. Por ejemplo, Jaime Guzmán, en la comisión constituyente de 1974, indica: “La madre debe tener el hijo aunque éste salga anormal, aunque no lo haya deseado, aunque sea producto de una violación o, aunque de tenerlo, derive en su muerte... (...) la Providencia permite, exige o impone…”

El problema consiste en  cómo se aborda un mal social que posee diversas dimensiones: socio-económicas, de políticas públicas y  jurídicas. Su complejidad aumenta al ser abordado desde diversos ángulos filosófico-morales y religiosos.

Un primer paso es separar desde qué ámbito se discutirá. Están quiénes lo abordan desde una perspectiva teológico-moral. Por ejemplo, Jaime Guzmán, en la comisión constituyente de 1974, indica: “La madre debe tener el hijo aunque éste salga anormal, aunque no lo haya deseado, aunque sea producto de una violación o, aunque de tenerlo, derive en su muerte... (...) la Providencia permite, exige o impone (...) que (...) la persona se encuentre obligada a enfrentar una disyuntiva en la cual no queda sino la falla moral, por una parte, o el heroísmo, el martirio (...) la gravedad o la tragedia que sigue a la observancia de la ley moral nunca puede invocarse como elemento para sustraer a alguien de la obligación de cumplirla.” El argumento del ex-senador se basa en las innovaciones teológico dogmáticas realizadas por la Iglesia Católica, primero por Pío IX en 1869, donde desaparece la distinción entre feto formado y el que no.

La relevancia teológico-filosófica de diferenciar estos dos estados no es menor si se considera que la mayoría de los teólogos medievales defenderán la idea de un alma creada e infundida por Dios, esto último no ocurría hasta varias semanas después de la concepción.  El feto debía estar formado para poder recibir el alma. San Agustín, mantendrá, si bien una idea distinta del origen del alma humana, una similar en cuanto a los requisitos del cuerpo para ser habitado por el alma. También será la posición de Sto. Tomás de Aquino. Hoy, la Iglesia considera,  respecto a éste punto, la  ciencia y metafísica del Doctor Angélico como producto de los atrasos de su época. La misma  metafísica mantendrá vigencia sólo  para otras profundas descripciones de la naturaleza humana y la constitución de la persona. Esta posición de 1869 será reforzada por Pío XI en la encíclica Casti Connubii del año 1930, donde abiertamente se condena también el aborto terapéutico.

Quienes exigen el heroísmo de la madre, en caso de riesgo, lo hacen desde una tradición religiosa que recoge la creencia de un alma inmortal personal dispuesta por Dios para cada cuerpo. Por eso, generalmente, en esa línea argumentativa las consideraciones de tipo socio-económicas son irrelevantes. Tampoco se considera el que en un país como el nuestro, según los estudios de Verónica Undurraga, Lidia Casas y Claudia Chaimovich, por sólo mencionar algunos,  la tasa de abortos por mujer fértil sea hasta cuatro veces más alta que la de varios países de Europa Occidental, donde si es legal. Sin hacer mención de las externalidades de la penalización: aumento de la muerte materna y  sanciones que afectan, básicamente, a mujeres de estrato social bajo. Todo esto, es parte de la voluntad de la Providencia y el  martirio exigible para muchos. No es tema, desde ésta mirada, el analizar el mejor diseño institucional para combatir un mal social como el aborto.

Por eso, la inconmensurabilidad de las posiciones. Para ser serios como desea el obispo Ezzatti, se necesita trasparentar desde qué posición se argumenta.

Apoyar la ilegalidad y su penalización, desde la sola racionalidad de las políticas públicas y su eficiencia, no es fácil. Si uno va a los datos de Verónica Undurraga, la cual señala en su investigación que los datos de The Alan Guttmacher Institute, el que calcula el número de abortos inducidos anuales en Chile en 159.650 (cifra aceptada por partidarios de penalizar y legalizar) equivalente a 45,4 por cada 1000 mujeres entre 19 y 49 años, estamos hablando en el caso de nuestro país de un verdadero flagelo social. Los números no avalan la ilegalidad y penalización del aborto. Por eso, la oposición argumentativa  es desde una mirada religiosa particular. Eso lo tuvo claro el gobierno militar, el cual no aceptó la recomendación de Guzmán y no prohíbe hasta su término, por iniciativa del almirante J.T. Merino, el aborto terapéutico el año 1989.

¿Por qué Merino logró lo que no pudo Guzmán? Porque era un gobierno que se terminaba, no tenía que desarrollar políticas públicas. Era un problema “sólo de principios”.

En eso, los legisladores, y el propio ejecutivo, tendrán que decidir: abordar el problema desde las políticas públicas o desde un tipo de  fe.

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