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Assange, índigo y fundamentalista como buen profeta

por 30 diciembre 2010

A medida que la novedad de los mensajes filtrados por Wikileaks deja de ser tal y nos habituamos a leerlos cada mañana en la prensa, es posible que los detalles escabrosos del proceso por violación en los tribunales suecos pasen a primer plano y la suerte de Wikileaks y de su fundador acaben siendo un episodio más de la farándula.

Nuestras abuelas decían que eran “insoportables” y les gritaban: “¡Sosiégate niño!”. Las amigas de nuestras madres se quejaban de sus hijos “hiperkinéticos” y los calmaban con tabletas de Ritalín. Hoy los denominamos “niños índigos” y creemos que han bajado a la Tierra con poderes paranormales a señalar el camino a la humanidad. ¿Quién más índigo que Julian Assange, que transitó por 37 colegios y solo se vino a sosegar cuando su madre, Christine, le compró el primer computador, ante cuya pantalla little Julian se pasaba 18 horas al día? ¿Se calmó? “¡Narices!”, dice mi amigo madrileño Manolo González.

Cuando el hijo pequeño de María majadereaba asegurando que Dios lo había enviado, José la tranquilizaba: “No te preocupes, mujer, que cuando tenga 15 años me lo traeré a trabajar a la carpintería y se calmará”. Pero Jesús no se calmó, desafió a los sacerdotes en el templo, subió a la montaña y llevó la voz de Dios, el padre con el que charlaba diariamente, a cada rincón de la pequeña geografía que lo rodeaba. Para que su palabra fuera semilla universal, Jesucristo tuvo que morir en la cruz.

A medida que la novedad de los mensajes filtrados por Wikileaks deja de ser tal y nos habituamos a leerlos cada mañana en la prensa, es posible que los detalles escabrosos del proceso por violación en los tribunales suecos pasen a primer plano y la suerte de Wikileaks y de su fundador acaben siendo un episodio más de la farándula.

Porque los profetas que nos cambian el mundo, como Assange, quitan el sueño a los hombres corrientes que no vacilan en crucificarlos. Cristo tenía que morir, Gandhi tenía que morir, Kennedy tenía que morir, Martin Luther King tenía que morir, el Che Guevara tenía que morir, John Lennon tenía que morir, nuestro Allende, predicador de un socialismo pacífico, tenía que morir. Para cambiar el mundo los profetas deben morir y por eso la Iglesia Católica no podía tolerar al Jesús sobreviviente, casado y padre de familia, presentado por el ex seminarista Martin Scorsese en su película La  última tentación de Cristo. Los iluminados y los santos que nos traen la buena nueva tienen que acabar en la cruz, la picota, la hoguera. Pero en lugar de apagar su palabra, el fuego la extiende por el universo, la hace inmortal.

¿Qué nos dejará Julian Assange?

Nos dejará un mundo más transparente, más irreverente, donde cualquier día los poderosos pierden sus vestiduras solemnes y quedan desnudos como el rey de la fábula.

Pero aunque lo digan, los profetas no acostumbran poner la otra mejilla. Para que su palabra sea perdurable todo profeta ha de ser destructor del mundo antiguo e inaugurar un nuevo fundamentalismo excluyente. A la hora de imponer sus ideas renovadoras, los profetas no vacilan. “Saldrán los ángeles y apartarán a los malos de entre los justos; y los echarán en el horno del fuego: allí será el llanto y el crujir de dientes”, amenaza Jesús (San Mateo, 13: 49, 50). El Che no vaciló en ordenar el fusilamiento de decenas de “esbirros” en la fortaleza de La Cabaña, y en su Mensaje a la Tricontinental exaltó “el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar”.

Julian Assange, el superhacker genial que airea los archivos más secretos, se indigna y se vuelve intransigente cuando el Guardian británico, uno de los periódicos que acogen sus revelaciones, publica en buen periodismo el documento en que la fiscal sueca Marianne Ny desecha la acusación inicial de "comportamiento sexual inapropiado" y le achaca el supuesto delito de “violación” por no haber usado condón en las relaciones sexuales con dos mujeres.

Los poderosos realmente astutos han aprendido que la mejor manera de destruir a un profeta no es darle la muerte que lo convertirá en mito, sino dejarle la vida que irá desgastando su mensaje. Nadie quiso ser el Herodes o el Pilatos de Napoleón y por eso, después de derrotarlo en Leipzig, en lugar de matarlo y hacer de él un mártir, los ingleses lo enviaron a la Isla de Elba y, tras la batalla de Waterloo, a Santa Elena, a que se pudriera a pausas –¿envenenado?– hasta  la muerte. Al sobrevivir los 634 atentados que contabilizan sus partidarios, Fidel Castro, el joven índigo de los años 60, se ha convertido en un anciano de barba rala cuyas “reflexiones” son leídas por pocos y obedecidas por menos.

Si cumpliesen su torpe amenaza de darle muerte, los enemigos de Assange lo convertirán en el mártir universal del siglo XXI. En cambio, el juicio iniciado por dos suecas atractivas que dicen aceptar únicamente las relaciones sexuales con condón puede ser una forma más eficiente de aniquilar al nuevo profeta. Eso lo saben los enemigos inteligentes de Julian Assange que han estudiado la historia de la humanidad.

A medida que la novedad de los mensajes filtrados por Wikileaks deja de ser tal y nos habituamos a leerlos cada mañana en la prensa, es posible que los detalles escabrosos del proceso por violación en los tribunales suecos pasen a primer plano y la suerte de Wikileaks y de su fundador acaben siendo un episodio más de la farándula.

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