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Un año para no olvidar

por 31 diciembre 2010

Si discernimos los signos de este tiempo, podemos comprender cuan superficial y arrogante es nuestro “Chilean way”. Si verdaderamente discernimos los signos de los tiempos, pareciera que el mismo que le dirigió a Caín la pregunta “¿dónde está tu hermano?” y “¿qué has hecho con él?”, nos estuviera dirigiendo a nosotros como chilenos la pregunta por nuestros hermanos excluidos.

“Que termine de una vez por todas este año”. Varios hemos escuchado comentarios como este. Ronda la sensación de cansancio ante los eventos trágicos que tiñeron el año del Bicentenario. De hecho, no cabe duda que la sobriedad con que celebramos los 200 años de vida independiente, es signo de que los ánimos no estaban para tirar la casa por la ventana.

Mejor así. Este año será inolvidable, mucho más que si hubiéramos inaugurado grandes monumentos, o carreteras, o edificios que nos hicieran seguir sintiendo que somos un país ya desarrollado. Difícilmente hubiéramos podido concebir un año más propicio para repensar nuestra alma e identidad nacional. El punto está en si realmente hemos aprovechado este año para hacer la reflexión que necesitamos hacer. Parece que no: luego de la emoción de cada momento trágico, nos tomamos el analgésico de normalidad que nos sumergió en la alienante rutina.

Si discernimos los signos de este tiempo, podemos comprender cuan superficial y arrogante es nuestro “Chilean way”. Si verdaderamente discernimos los signos de los tiempos, pareciera que el mismo que le dirigió a Caín la pregunta “¿dónde está tu hermano?” y “¿qué has hecho con él?”, nos estuviera dirigiendo a nosotros como chilenos la pregunta por nuestros hermanos excluidos.

Las consecuencias del terremoto y maremoto fueron vastas y duraderas, pero luego vino el Mundial, la Roja y nos olvidamos de las miles de familias que sufrían el duro invierno. La euforia por el rescate de los 33 fue seguido por la farándula y con ella el total olvido del por qué en nuestro país miles de compatriotas trabajan en condiciones inaceptablemente precarias. Para qué decir de las demandas del pueblo mapuche: la huelga terminó, todo volvió a la normalidad, pero aún no queremos ver el fondo del problema que tenemos con nuestros pueblos originarios. Y sobre los hombres y mujeres privados de libertad en nuestras cárceles pasó lo mismo: la tragedia llenó por algunos días portadas de diarios y notas de TV, algunos se endosaron culpabilidades, otros opinaron sobre lo que hay que hacer y no se ha hecho, hasta que volvimos a la rutina, las compras de Navidad, el fin de año…y nos olvidamos del hacinamiento y la ineptitud del sistema carcelario para proveer esperanzas de rehabilitación.

Ahora tenemos la última oportunidad. El año termina y es hora de evaluaciones. Miremos, entonces, lo que ha pasado.

Y comprendamos lo que hay tras lo que recordamos. ¿Qué hay tras los hechos? ¿Quiénes han sido los protagonistas de los sucesos de dolor y angustia de este año? Cada episodio nos ha enfrentado a la cruda realidad de los grupos aún marginados en nuestro país. Si discernimos los signos de este tiempo, podemos comprender cuan superficial y arrogante es nuestro “Chilean way”. Si verdaderamente discernimos los signos de los tiempos, pareciera que el mismo que le dirigió a Caín la pregunta “¿dónde está tu hermano?” y “¿qué has hecho con él?”, nos estuviera dirigiendo a nosotros como chilenos la pregunta por nuestros hermanos excluidos.

Pero si recordamos para comprender, comprendemos para actuar. Comprender que como país tenemos muchas cuentas pendientes antes de creernos desarrollados, significa mover toda nuestra voluntad, poner todos nuestros esfuerzos, destinar prioritariamente todos los recursos que sean necesarios, para que efectivamente como país optemos preferencialmente por los más excluidos. Si no lo hacemos, seguiremos olvidando a los olvidados de siempre, y el 2010 será un año de anécdotas, y no el año Bicentenario que marcó el nacimiento de una patria donde todos sus hijos e hijas son tratados por igual.

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