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Aborto y Estado

por 1 enero 2011

Las posturas que se oponen al aborto en cualquier situación son justificables, pero deben hacerse cargo del hecho que esto implica alejar a las mujeres que deciden abortar tanto del sistema de salud como de la posibilidad de discutir sus dudas y miedos en forma abierta con un trabajador de la salud.

La UNESCO considera que “la cultura debe ser considerada el conjunto de los rasgos distintivos espirituales y materiales, intelectuales y afectivos que caracterizan a una sociedad o a un grupo social y que abarca, además de las artes y las letras, los modos de vida, las maneras de vivir juntos, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias”. Teniendo presente que hay importantes variaciones en todos estos rasgos, plantea que “la cultura adquiere formas diversas a través del tiempo y del espacio. Esta diversidad se manifiesta en la originalidad y la pluralidad de las identidades que caracterizan a los grupos y las sociedades que componen la humanidad”. El pluralismo implica el afirmar, sostener y defender que esta diversidad presente en las comunidades humanas no solamente es positiva, sino que necesaria.

Una sociedad pluralista implica la necesidad de discutir sobre los asuntos que nos parecen importantes, cuáles son los valores que compartimos y cómo construimos las estructuras sociales que nos permitan una vida que todas las personas podamos considerar satisfactoria. A pesar de que es difícil, es necesario embarcarse en estos procesos de discusión en igualdad de condiciones, de modo de permitir la participación de personas con distintas ideas sobre el bien, el mal, lo correcto y lo incorrecto. Esto implica reconocer que efectivamente tenemos diferencias en nuestras concepciones de lo que es “El Bien”, lo cual exige que en la deliberación pública las partes estén dispuestas a relativizar sus perspectivas personales y aceptar que es probable que la propia no sea “La Verdad”. Los sectores en los extremos tienden a confundir en el discurso público el requerimiento de relativizar sus posturas personales con Relativismo, cuando no son lo mismo: esperar que las personas estén dispuestas a considerar que su opinión puede estar equivocada contribuye a abrir el debate, plantear que no vale la pena discutir porque no hay verdad que no sea relativa lo cierra.

Las posturas que se oponen al aborto en cualquier situación son justificables, pero deben hacerse cargo del hecho que esto implica alejar a las mujeres que deciden abortar tanto del sistema de salud como de la posibilidad de discutir sus dudas y miedos en forma abierta con un trabajador de la salud.

Las normas que resulten de aquellas deliberaciones en que personas con importantes diferencias valóricas puedan participar como iguales, serán válidas para aquellas personas que puedan adscribir a ellas como partícipes de un discurso racional. Es un defecto significativo de las normas que no pasan por procesos de deliberación social que un importante número de personas las consideren moralmente inválidas o, al menos, no vinculantes. La deliberación social contribuye a que las normas que nos rigen, y los valores que decimos compartir, sean reales y no de papel; y, asimismo, evita que el castigo se convierta en la única justificación de su respeto. Es un ejercicio de prudencia evitar proscribir acciones y conductas sin discusión previa donde hayan podido participar quienes se verán afectados por esas prohibiciones. Todos estos defectos se cumplen en el caso del aborto en Chile.

Una mujer en gestación, con malformaciones graves, toma la decisión sobre continuar su embarazo o interrumpirlo. El actuar del equipo de salud que atiende a esa mujer deberá entonces hacerse cargo de que las mujeres en esta situación toman decisiones que pueden estar dentro o fuera de la legalidad vigente. No es lo primero analizar el por qué una mujer puede elegir uno u otro camino, sino saber que los caminos existen y que las mujeres los eligen.

Una discusión ética desprendida de esta realidad es estéril ya que se constituye en un pensamiento auto-referente y desvinculado de las personas. El aborto es un tema que es necesario discutir, ya que, constituye una parte de nuestra realidad que ha sido normada sin pasar por un proceso de deliberación social. Las expresiones públicas de posturas no constituyen deliberación, ya que en Chile las posturas liberales no han tenido la posibilidad de que sus argumentos sean sopesados. Quienes tenemos posturas liberales con respecto al aborto no hemos tenido oportunidad de influir en las normas que nos rigen, lo cual es una buena razón para considerarlas inválidas y no respetarlas.

Si evaluamos directamente el tema en discusión, podemos ver que las personas que defienden la prohibición total del aborto plantean que la vida de las mujeres no está en juego, ya que frente a riesgos vitales para la mujer el “principio del doble efecto” implica que la mujer puede recibir tratamiento, siendo la muerte del feto sólo un efecto secundario que no constituye un aborto. Las preguntas que nos debemos hacer con respecto a esta explicación son muchas. ¿Estamos todos de acuerdo con esta explicación, fundamentalmente católica, de qué cosas constituyen o no un aborto que merezca culpabilidad moral? ¿Hace sentido realmente pensar que las consecuencias previsibles, pero no deseadas, de mis acciones me libran de responsabilidad moral? ¿Es realmente más respetuoso de la vida envenenar lentamente a un feto con drogas de un tratamiento médico, o irradiarlo durante semanas, que terminar rápidamente con su existencia? ¿Es “la vida” el principio que nos parece fundamental proteger? Las preguntas son muchas más que éstas, y podemos aventurar que las respuestas serán aún más variadas.

Otro medio de prensa nacional ha dado bastante tribuna a testimonios de mujeres y familias que están satisfechas con la decisión de continuar sus embarazos en circunstancias en que el feto tiene graves malformaciones. Comparto con ustedes la siguiente breve historia de una mujer que tuve la oportunidad escuchar en una clínica clandestina de abortos en un país sudamericano donde el aborto es ilegal:

Laura entra a la consulta acompañada de su madre. Tiene 17 años, y está cursando un embarazo de 11 semanas. Rápidamente explica que ella no quiere continuar. Al preguntarle por qué, ella dice que “esto le vino solo, yo quiero tenerlo cuando lo busque”. Además, dice que el que sería el padre de su hijo es su ex pareja, con la cual ha tenido relaciones sexuales en forma esporádica. Su ex pareja tiene serios problemas con el consumo de pasta base, y muchas veces se ponía violento. Dice no querer “algo que me una a esta persona por el resto de mi vida”, y menos aún tener un hijo que “toda su vida tendrá que luchar contra la mala influencia de su padre”.

La madre de Laura dice apoyar su decisión en tanto sí quiera o no abortar. Lo único que dice no aceptar es que lo dé en adopción. Para ella la adopción no es algo que pueda aceptar en su casa si su hija llega a parir un hijo.

Al explorar las razones de Laura, no tiene dudas de lo que está haciendo. Dice sentirse tranquila con su decisión, y que esto es lo mejor para sus vidas.

La realidad del aborto incluye no solamente las razones que pensamos nos podemos imaginar y clasificar para incluir en una ley, sino las razones por las cuales las mujeres deciden que el feto en gestación, especialmente en sus etapas tempranas, no tiene un valor moral comparable a su libertad de decidir sobre el rumbo que tomarán sus vidas. Como la historia evidencia, estas decisiones dependen no sólo de las características del óvulo fecundado en desarrollo, sino de la historia personal y los planes futuros de las mujeres, los cuales son para un legislador inconmensurables, y por lo tanto, inclasificables.

Lo asombroso del debate es que estas últimas razones el sector conservador cree conocerlas y está seguro de que no son más que egoísmo y falta de respeto por la vida. Sin embargo, el aborto es una parte de la vida humana tan compleja que incluso si pudiésemos claramente dirimir cuál es la importancia de un feto en sus distintas etapas de desarrollo -algo poco probable- , no podemos de esto desprender claramente cuál es la decisión que mayor justificación ética tiene. La valoración que hagamos de las decisiones dependerán de si estamos pensando en la elección de la mujer que decidió abortar, del hombre que la acompañó o abandonó en el proceso, o en los trabajadores de la salud que decidieron vivir como si estas mujeres no existieran o ser con ella parte de una decisión difícil y de moralidad incierta.

Todo esto incluye conocer  los factores relevantes para emitir un juicio. Las posturas que se oponen al aborto en cualquier situación son justificables, pero deben hacerse cargo del hecho que esto implica alejar a las mujeres que deciden abortar tanto del sistema de salud como de la posibilidad de discutir sus dudas y miedos en forma abierta con un trabajador de la salud. Esto último es forzar al sistema de salud a abandonar a una multitud de mujeres durante una parte crucial de su ciclo vital, lo que requiere argumentar que hay personas que merecen este tipo de exclusión.

Un dilema moral es aquella situación en la cual las  opciones de acción disponibles para un agente moral son posibles de realizar, pero no todas a la vez, a pesar de que todas son moralmente necesarias. Ser fiel a sí mismas y su proyecto de vida es una obligación moral de las mujeres, la cual puede, en ciertas situaciones, contraponerse a otras obligaciones morales. Las únicas que están en la posición de decidir son ellas, y son quienes luego acarrean la responsabilidad moral derivada de sus acciones. Esperar que el Estado adopte una visión de mundo particular, y que además se asegure que los dilemas morales sean resueltos por los individuos en una forma estandarizada, implica terminar con gran parte de nuestra vida moral, y libera injustamente a los individuos de hacerse cargo de sus acciones. Un Estado que define nuestras respuestas a dilemas tan complejos como el aborto es un Estado que nos deja las conciencias limpias, al precio de no necesitar conciencia.

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