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Popularidad presidencial: las claves

por 6 enero 2011

Piñera perdió esta oportunidad en 2010. No cumplió con una cuestión básica que se le anunció desde la campaña presidencial: separar los negocios de la política. El tema fue recurrente en 2010 y recién a fines de ese año el panorama fue algo más claro.

Los resultados de las últimas encuestas CEP y Admimark muestran una aprobación estancada en el primer caso y a la baja en el segundo. Más allá de los posibles errores del instrumento, lo concreto es que a Piñera le va a costar mucho más que a Lagos y Bachelet alcanzar niveles de hiper-popularidad exceptuando hechos muy concretos como el rescate de los mineros. Esto, porque si pensamos que la aprobación presidencial está determinada por las evaluaciones en torno a las capacidades y los atributos de los mandatarios, al menos Bachelet puntuó alto en ambas dimensiones (capacidades y atributos) y de manera simultánea. Ahí estuvo la clave para que la ex mandataria tuviera apoyos casi unánimes.

Pues bien. Piñera aparece con evaluaciones razonables en la parrilla de preguntas sobre capacidades, lo que en parte se reproduce en el estudio de la UDP en 2010. Claro, a gran distancia de Bachelet en 2009, pero similar a lo que obtuvo Bachelet en su primer año de gobierno (citando el mismo estudio UDP). El gran problema de Piñera es que no logra repuntar en los atributos decisivos para que un Presidente rebase la barrera sicológica de los 50-55 puntos. Me refiero específicamente a credibilidad, confianza y honestidad. El ser eficiente en materias de gobierno es condición necesaria, pero no suficiente para lograr la hiper-popularidad. Ahora, este problema de Piñera no es nuevo y reproduce lo que sucedió en su campaña presidencial donde los valores de honestidad y confianza no destacaban como sus atributos más importantes.

Piñera perdió esta oportunidad en 2010. No cumplió con una cuestión básica que se le anunció desde la campaña presidencial: separar los negocios de la política. El tema fue recurrente en 2010 y recién a fines de ese año el panorama fue algo más claro.

La pregunta para la gente del gobierno, entonces, es cómo hacer para que el mandatario obtenga niveles de popularidad cercanos al 60 ó 70%. Ya está probado que tanto la sobre-exposición de Piñera como los intentos por figurar como cercano a la gente resultaron ser estrategias fracasadas. Incluso, todo parecía ser muy forzado y con el cálculo político detrás de cada acción.

Pensemos en que cuando los Presidentes fortalecen sus capacidades de gestión, cumplen con las promesas y responden a las expectativas ciudadanas, entonces esto tendrá efectos sobre la valoración de sus atributos. El Presidente será percibido como más creíble, confiable y honesto. Piñera perdió esta oportunidad en 2010. No cumplió con una cuestión básica que se le anunció desde la campaña presidencial: separar los negocios de la política. El tema fue recurrente en 2010 y recién a fines de ese año el panorama fue algo más claro. Esto tuvo fuertes coletazos incluso en un área tan sensible para los chilenos como el fútbol. Claramente, Piñera no asumió la Presidencia “cargado” de los atributos que sí tiene Bachelet, pero haber cumplido con la palabra empeñada pudo tener un efecto al menos sobre los niveles de honestidad y credibilidad.

¿Y qué hay de la transferencia?

Un tema que se discutió ampliamente luego del resultado de la presidencial 2009/2010 fue por qué Bachelet no endosó a Frei parte sustantiva de su popularidad o, al menos, un porcentaje mínimo para asegurar el triunfo. La respuesta es muy sencilla. Si se miran los resultados desde 1999 en adelante, se advierte que el traspaso del Presidente hacia el candidato de su coalición se basa fundamentalmente en aspectos de gestión. Si pensamos que parte de la gestión de los gobiernos se ve reflejada en cómo los ciudadanos perciben el rumbo de la economía, un análisis de los datos concluye que una porción importante de la intención de voto del candidato oficialista obedece a cuán eficiente fue el desempeño del gobierno. Es muy difícil que la cercanía, honestidad y credibilidad de un mandatario puedan ser transferibles. Es más viable que el traspaso se produzca por elementos algo más objetivos y que se refieren a la evaluación de la gestión del gobierno particularmente en términos de desempeño económico.

Y acá, precisamente, hay un punto a favor al analizar la composición de la popularidad de Piñera. Si creemos que su aprobación está explicada en parte sustantiva por asuntos de gestión y fundamentalmente de desempeño económico (inflación razonablemente controlada, crecimiento y caída del desempleo), puede ser que la transferencia de esa popularidad al candidato de la Alianza sea más natural, robusta y efectiva. En otras palabras, puede ser que la aprobación dura y que se basa en desempeño sea más fácilmente transferible a la hora de enfrentar una campaña presidencial.

La aprobación a Bachelet estuvo en gran parte compuesta por la valoración a su gestión particularmente frente a la crisis económica y con el amplio plan de protección social. De ahí que, personalmente, rechace la idea de “cariñocracia” pura y dura. Es cierto que a esta gestión se suman atributos individuales que empujaron la aprobación a niveles históricos, pero esos atributos venían “cargados” en la mandataria desde que fue candidata presidencial. Estos atributos se fortalecieron cuando la ciudadanía valoró el esfuerzo y la gestión de Bachelet en un escenario de crisis.  Ciertamente, el proceso de selección del candidato en la Concertación en 2009 no fue el más adecuado y junto con ello Frei estuvo lejos de ser el espejo de Bachelet. El debilitamiento de los partidos y particularmente de la Concertación bajo el gobierno de Bachelet da para otro análisis, pues a pesar de su popularidad la coalición perdió representación.

En síntesis, resulta razonable preguntarse por los factores que componen la aprobación presidencial. Claramente, ésta se constituye por cuestiones de desempeño y de atributos personales de los mandatarios. Hipotéticamente, un buen desempeño puede contribuir a mejorar algunos atributos. Es más o menos lo mismo que pasa cuando se evalúan los niveles de confianza institucional. Las instituciones que generan más confianza son las que tienen un mejor desempeño. Si bien es cierto que Piñera no viene “cargado” de los atributos mencionados más arriba, el hecho de prometer poco y cumplir todo puede ayudarle a mejorar en credibilidad, honestidad y confianza. Adicionalmente, el tipo de popularidad que Piñera está en mejores condiciones de explotar (capacidades de gestión) puede ser más efectiva al momento de endosar esa popularidad al potencial candidato de su coalición. Ahora, si Piñera fracasa en el área del desempeño y particularmente en la gestión de la reconstrucción post-terremoto, la popularidad podría decrecer también a niveles históricos. Hay 84 comunas (54 en la VIII y 30 en la VII regiones) que esperan un agresivo plan de reconstrucción. Ahí gobiernan 39 alcaldes de la Alianza. En las 54 comunas más afectadas de la VIII región lo hacen 21. Un fracaso del gobierno, entonces, podría traducirse en una merma significativa en el poder local. De ahí que la popularidad presidencial se haya transformado en una variable relevante para el análisis de los procesos políticos.

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