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Las intervenciones del B. Central y su sustentabilidad en el tiempo

por 7 enero 2011

La cuarta intervención del mercado cambiario en once años realizada recientemente por el Banco Central estuvo en la dirección correcta desde el punto de vista estrictamente económico para inyectar mayor liquidez al aparato productivo y así evitar un potencial cuello de botella en nuestra pequeña economía. Sin embargo, queda rondando una pregunta existencial: ¿Hasta cuándo será necesaria otra intervención pública para darle una mano a las opciones especulativas que toma el sector privado?
Y es que la alternativa que tienen las empresas de recurrir al seguro cambiario para enfrentar la volatilidad cambiaria muestra un cierto límite. ¿La razón? Varias de ellas utilizan este instrumento para especular con el valor de las divisas, en vez de utilizarla para proteger los márgenes de utilidad de sus negocios.
El problema es que el oscilante valor del dólar es un factor clave en la estrategia competitiva del sector exportador, el cual ha superado a otras variables tan relevantes en el largo plazo como la inversión hacia una producción de mayor valor agregado a partir de la innovación. El deseo de especular para obtener ganancias cortoplacistas profundiza la tendencia de la empresa chilena a adecuar su estructura productiva a la reducción de costos mediante el despido de trabajadores, por lo que se reproduce el déficit en capital humano que actualmente presenta la unívoca estrategia exportadora de nuestra economía.
La volatilidad cambiaria inaugurada en 1999 con el fin del tipo de cambio fijo se complementó con el cese del encaje (que regulaba a los capitales especulativos o golondrinas) en el 2001, con lo cual se inaugura esta fase crónica de desalineación entre la política cambiaria y la autorreferente estrategia exportadora. Ello tiende a condicionar este factor macroeconómico a los cambios en la oferta de capitales externos o a las fluctuaciones en los precios de los commodities y, de este modo, nos encontramos frente a ciclos repetitivos en que el sector no transable (como la construcción y el comercio) disfruta de la revaluación del peso, a costa de los lamentos del sector exportador.
La lógica inversa se da con la devaluación de la moneda nacional, en un ciclo inacabable de lamentos y presiones corporativas que lleva más de diez años, aunque debemos destacar que lo acotado en el tiempo de las intervenciones (cuatro en once años) realizadas por las autoridades ha sabido sobrellevar la ansiedad de un sector del empresariado.
La intervención del instituto emisor no promete ser la última pues la tendencia es que, después de un período recesivo, se produzca un aumento en el ingreso de capitales foráneos en la economía local, lo que dismuye el valor del dólar y el dinamismo exportador. A ello debemos agregar la tendencia de los últimos siete años de un mayor precio de las materias primas por la interminable demanda de China e India principalmente. La pregunta, entonces, es cómo se debe adaptar la volatilidad cambiaria a este escenario, el cual no atisba modificaciones en el largo plazo.

La idea de aplicar de forma más permanente la flotación sucia y la re implementación de medidas como el encaje, sospechosamente están fuera del debate mediático luego de las intervenciones del Banco Central a favor de los exportadores.

Lo peor es que los consumidores deben pagar los costos de estas ayudas. Un ejemplo es la presión al alza en la tasa de interés sobre el consumo que implica esta medida, lo que aumentará los precios de productos y servicios para todos. El rol de subsidiariedad del Estado pasa a ser de la sociedad al sector exportador, cuyo nivel de inversión en capital humano se mantiene bajo.

Esto responde a la persistencia de una estrategia empecinada, mañosa. Porque la intervención en el mercado cambiario no genera un impacto considerable en la dinámica de los mercados internacionales, en su eterno juego de oferta y demanda por materias primas, razón por la cual los exportadores no deben sentarse a esperar “un equilibrio adecuado hecho por la mano invisible del mercado”, sino que deben enfocarse a desarrollar estrategias paralelas en sus aparatos productivos que aumenten el valor de sus productos y de sus trabajadores para enfrentar estas situaciones.

Pero las empresas se acostumbran a la moda de la volatilidad, tal como lo viene planteando el economista Ricardo Ffrench Davis, considerado un outsider por la ortodoxia anarcoliberalista (por favor no confundir este término con las ideas libertarias en el campo económico, planteadas a inicio del siglo pasado por la escuela austriaca). Y así también se acostumbran al rescate que debe cada cierto tiempo debe hacer el Banco Central, como una de las últimas cartas para seguir en el juego, cuando la especulación no da para más. Total, la cuenta queda a cargo de los consumidores.

(*) Texto publicado en el Quinto Poder.cl

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