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Notas breves sobre el arte y modo de ordenar libros

por 10 enero 2011

(Por Georges Perec)

Toda biblioteca (denomino biblioteca a un conjunto de libros reunido por un lector no profesional para su placer y uso cotidianos. Ello excluye las colecciones de bibliófilos y las encuadernaciones por metro, pero también la mayoría de las bibliotecas especializadas –las universitarias, por ejemplo– cuyos problemas particulares se parecen a los de las bibliotecas públicas) responde a una doble necesidad, que a menudo es también una doble manía: la de conservar ciertas cosas (libros) y la de ordenarlos según ciertos modos.

Un amigo mío concibió un día el proyecto de limitar su biblioteca a 361 obras. La idea era la siguiente: tras alcanzar, a partir de cierta cantidad n de obras, por adición o sustracción, el numero K = 361, que presuntamente correspondería a una biblioteca, si no ideal, al menos suficiente, obligarse a no adquirir de modo duradero una nueva obra X, sino tras haber eliminado (por donación, eliminación, venta o cualquier otro medio apropiado) una antigua obra Z, de modo que el numero total de obras K permanezca constante e igual a 361:

K + X > 361 > K – Z

La evolución de este seductor proyecto tropezó con obstáculos previsibles para los cuales se hallaron las soluciones del caso: ante todo se consideró que un volumen –digamos de La Pleiade– valía por un (1) libro aunque contuviera tres (3) novelas (o compilaciones de poemas, ensayos, etcétera); de ello se dedujo que tres (3) o cuatro (4) 0 n (n) novelas del mismo autor valían (implícitamente) por un (1) volumen de dicho autor, como fragmentos aun no compilados pero ineluctablemente compilables de sus Obras completas. A partir de ello se consideró que tal novela recientemente adquirida de tal novelista de lengua inglesa de la segunda mitad del siglo XIX no se computaría, lógicamente, como una nueva obra X sino como una obra Z perteneciente a una serie en vías de constitución: el conjunto T de todas las obras escritas por dicho novelista (¡y vaya si las hay!). Ello no alteraba en nada el proyecto inicial: simplemente, en lugar de hablar de 361 obras, se decidió que la biblioteca suficiente se debía componer idealmente de 361 autores, ya hubieran escrito un pequeño opúsculo o páginas como para llenar un camión. Esta modificación resultó ser eficaz durante varios años: pero pronto se reveló que ciertas obras –por ejemplo, las novelas de caballería– no tenían autor o tenían varios, y que ciertos autores –por ejemplo, los dadaístas– no se podían aislar unos de otros sin perder automáticamente del ochenta al ochenta y seis por ciento de aquello que les confería interés: se llego así a la idea de una biblioteca limitada a 361 temas –el término es vago pero los grupos que abarca también lo son, en ocasiones– y este límite ha funcionado rigurosamente hasta hoy.

Por ende, uno de los principales problemas que encuentra el hombre que conserva los libros que leyó o se promete leer un día es el crecimiento de su biblioteca. No todos tienen la oportunidad de ser el capitán Nemo:

«… el mundo terminó para mí el día en que mi Nautilus se sumergió por vez primera bajo las aguas. Ese día compré mis últimos volúmenes, mis últimos folletos, mis últimos diarios, y desde entonces quiero creer que la humanidad no ha pensado ni escrito nada más».

Los 12.000 volúmenes del capitán Nemo, uniformemente encuadernados, están clasificados de una vez por todas y con mayor facilidad aún, puesto que esta clasificación, se nos aclara, no tiene en cuenta el idioma (precisión que no concierne en absoluto al arte de ordenar una biblioteca sino que sólo quiere enfatizar que el capitán Nemo habla por igual todas las lenguas). Pero para nosotros, que continuamos relacionados con una humanidad que se obstina en pensar, escribir, y sobre todo en publicar, el problema del crecimiento de nuestras bibliotecas tiende a convertirse en el único problema real: pues es evidente que hoy no es demasiado difícil conservar diez o veinte libros, incluso cien, pero cuando comenzamos a tener 361, o mil, o tres mil, y sobre todo cuando el número empieza a aumentar casi todos los días, se presenta el problema de ordenar estos libros en alguna parte, y también de tenerlos a mano porque, por una u otra razón, un día deseamos o necesitamos leerlos al fin, e incluso releerlos. Así, el problema de las bibliotecas seria un problema doble: primero un problema de espacio, y después un problema de orden.
1. Del espacio
1.1 Generalidades

Los libros no están dispersos sino reunidos. Así como ponemos todos los frascos con confituras en un armario para confituras, ponemos todos los libros en el mismo lugar, o en diversos mismos lugares. Podríamos, en nuestro afán de conservarlos, apilar libros en baúles, guardarlos en la bodega, el granero o el fondo del placard, pero en general preferimos que sean visibles.

En la práctica, los libros suelen estar ordenados unos junto a otros, a lo largo de una pared o un tabique, sobre soportes rectilíneos, paralelos entre sí, ni demasiado profundos ni demasiado espaciados.

Los libros se ordenan –generalmente– en el sentido de la altura y de manera tal que el titulo impreso en el lomo de la obra sea visible (a veces, como en los escaparates de las librerías, se muestra la cubierta de los libros, pero lo chocante, inusitado, lo prohibido, lo que casi siempre se considera chocante, es un libro del que no se vea más que el canto).

En el mobiliario contemporáneo, la biblioteca es un rincón: el “rincón-biblioteca”. Es a menudo un módulo perteneciente a un conjunto “sala de estar”, del cual también forman parte:

El bar con tapa
el escritorio con tapa
el platero de dos puertas
el mueble del estéreo
el mueble del televisor
el mueble del proyector de diapositivas
la vitrina
etcétera

y que se expone en los catálogos adornados con encuadernaciones falsas. En la práctica, sin embargo, los libros se pueden agrupar casi en cualquier parte.
1.2 Cuartos donde se pueden guardar libros

en el vestíbulo
en la sala de estar
en el o los dormitorios
en las letrinas
en la cocina solemos guardar un solo género de obras, las que justamente denominamos “libros de cocina”.

Es rarísimo encontrar libros en un cuarto de baño, aunque para muchos se trate de un lugar favorito de lectura. La humedad ambiente es unánimemente considerada como la primera enemiga de la conservación de los textos impresos. A lo sumo podemos encontrar en un cuarto de baño un botiquín, y en el botiquín una pequeña obra titulada ¿Qué hacer antes de que llegue el médico?
1.3 Sitios donde se pueden poner libros

En la repisa de las chimeneas o los radiadores (tengamos en cuenta, empero, que el calor puede resultar nocivo con el tiempo),
entre dos ventanas,
en el vano de una puerta clausurada,
en los escalones de un escabel de biblioteca, volviéndolo imposible de escalar (muy elegante, cf. Renan),
bajo una ventana,
en un mueble dispuesto en abanico que divida el cuarto en dos partes (muy elegante, causa mejor efecto aún con algunas plantas verdes).
1.4 Cosas que no son libros y que se encuentran a menudo en las bibliotecas

Fotografías en marcos de estaño dorado, pequeños grabados, dibujos a la pluma, flores secas en copas, piróforos provistos o no con cerillas químicas (peligrosas), soldados de plomo, una fotografía de Ernst Renan en su gabinete de trabajo del College de France, postales, ojos de muñeca, cajas, raciones de sal, pimienta y mostaza de la compañía de aeronavegación Lufthansa, pisapapeles, tejidos, canicas, limpiadores de pipas, modelos reducidos de automóviles antiguos, guijarros y piedras multicolores, exvotos, resortes.
2. Del orden

Una biblioteca que no se ordena se desordena: es el ejemplo que me dieron para explicarme qué era la entropía y varias veces lo he verificado experimentalmente.

El desorden de una biblioteca no es grave en sí mismo; está en la categoría del “¿en que cajón habré puesto los calcetines?”. Siempre creemos que sabremos por instinto donde pusimos tal o cual libro, y aunque no lo sepamos, nunca será difícil recorrer de prisa todos los estantes.

A esta apología del desorden simpático se opone la mezquina tentación de la burocracia individual: cada cosa en su lugar y un lugar para cada cosa y viceversa; entre estas dos tensiones, una que privilegia la espontaneidad, la sencillez anarquizante, y otra que exalta las virtudes de la tabula rasa, la frialdad eficaz del gran ordenamiento, siempre se termina por tratar de ordenar los libros; es una operación desafiante, deprimente, pero capaz de procurar sorpresas agradables, como la de encontrar un libro que habíamos olvidado a fuerza de no verlo más y que, dejando para mañana lo que no haremos hoy, devoramos al fin de bruces en la cama.
2.1 Modo de ordenar los libros

clasificación alfabética
clasificación por continentes o países
clasificación por colores
clasificación por encuadernación
clasificación por fecha de adquisición
clasificación por fecha de publicación
clasificación por formato
clasificación por géneros
clasificación por grandes periodos literarios
clasificación por idiomas
clasificación por prioridad de lectura
clasificación por serie

Ninguna de estas clasificaciones es satisfactoria en sí misma. En la práctica, toda biblioteca se ordena a partir de una combinación de estos modos de clasificación: su equilibrio, su resistencia al cambio, su caída en desuso, su permanencia, dan a toda biblioteca una personalidad única.

Conviene ante todo distinguir entre clasificaciones estables y clasificaciones provisorias; las clasificaciones estables son las que en principio continuaremos respetando; las clasificaciones provisorias no suelen durar más de varios días: el tiempo en que el libro encuentra, o reencuentra, su sitio definitivo. Se puede tratar de una obra recientemente adquirida o todavía no leída, o bien de una obra recientemente leída que no sabemos muy bien dónde poner y que alguna vez nos prometimos clasificar en ocasión de un próximo “gran ordenamiento”, o incluso de una obra cuya lectura hemos interrumpido y que no queremos clasificar antes de haberla retomado y concluido, o bien de un libro del cual nos hemos valido constantemente durante un periodo determinado, o bien de un libro que hemos sacado para buscar un dato o referencia y que aun no hemos regresado a su lugar, o bien de un libro que no querríamos poner en el lugar donde iría porque no nos pertenece y varias veces nos hemos prometido devolverlo, etcétera.

En lo que a mí concierne, casi las tres cuartas partes de mis libros jamás estuvieron realmente clasificados. Los que no están ordenados de un modo definitivamente provisorio lo están de un modo provisoriamente definitivo como en el OuLiPo (Nota: Ouvroir de Litterature Potentielle, el grupo creado por Raymond Queneau, el matemático François le Lionnais e integrado, entre otros, por Calvino, Perec, Benabou). Entre tanto, los traslado de un cuarto al otro, de un anaquel al otro, de una pila a la otra, y a veces paso tres horas buscando un libro, sin encontrarlo pero con la ocasional satisfacción de descubrir otros seis o siete que resultan igualmente útiles.
2.2 Libros muy fáciles de ordenar

Los grandes volúmenes de Jules Verne en encuadernación roja (trátese de genuinos Hetzel o de reediciones Hachette), los libros muy grandes, los muy pequeños, las guías Baedecker, los libros raros o tenidos por tales, los libros encuadernados, los volúmenes de la Pleiade, los Presence du Futur, las novelas publicadas por Editions de Minuit, las colecciones (Chakge, Textes, Les lettres nouvelles, La chemin, etcétera), las revistas, cuando tenemos al menos tres números, etcétera.
2.3 Libros no muy difíciles de ordenar

Los libros sobre cine, trátese de ensayos sobre directores, de álbumes sobre las estrellas o con escenas de filmes; las novelas sudamericanas, la etnología, el psicoanálisis, los libros de cocina (ver mas arriba), los anuarios (junto al teléfono), los románticos alemanes, los libros de la colección “Que sais-je?” (aunque no sabemos si ponerlos juntos o incluirlos dentro de la disciplina que tratan, etcétera).
2.4 Libros casi imposibles de ordenar

Los otros; por ejemplo, las revistas de las que solo poseemos un número, o bien La campaña de 1812 en Rusia de Clausewitz, traducido del alemán por M. Begoueri, capitán en jefe del 31º de Dragones, diplomado de Estado mayor, con un mapa, París, Librairie Militaire R. Chapelot et Cie., 1900, e incluso el fascículo 6 del volumen 91 (noviembre, 1976) de las Publications of the Modern Language Association of America (PMLA) que presenta el programa de las 666 reuniones de trabajo del congreso anual de dicha asociación.
2.5

Como los borgianos bibliotecarios de Babel, que buscan el libro que les dará la clave de todos los demás, oscilamos entre la ilusión de lo alcanzado y el vértigo de lo inasible. En nombre de lo alcanzado, queremos creer que existe un orden único que nos permitiría alcanzar de golpe el saber; en nombre de lo inasible, queremos pensar que el orden y el desorden son dos palabras que designan por igual el azar. También es posible que ambas sean señuelos, engañifas destinadas a disimular el desgaste de los libros y de los sistemas.

Entre los dos, en todo caso, no esta mal que nuestras bibliotecas también sirvan de cuando en cuando como ayudamemoria, como descanso para gatos y como desván para trastos.

(Tomado de Pensar/clasificar (Gedisa, Barcelona, 1986; pp. 26-34))

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