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En el año de nuestro Señor

por 12 enero 2011

En el año de nuestro Señor
Quizás el Presidente crea que seguir insistiendo en publicitar las virtudes de su fe es el mejor camino para revertir la situación. Pero la respuesta pareciera ser la inversa. La devoción religiosa se dignifica en privado, cuando no se grita a los cuatro vientos. En el espacio público, con las herramientas del poder desplegadas, pierde parte de su sentido y se confunde con oportunismo y falsa piedad.

El prestigioso semanario The Economist incluye en su especial de recuento del año 2010 una optimista columna firmada por nuestro Presidente Sebastián Piñera. Al comenzar, sostiene que los latinoamericanos tenemos muchas razones para estar orgullosos, pero por sobre todas las cosas, debemos estar agradecidos con Dios por regalarnos este maravilloso continente. Sin duda, vivimos en un precioso lugar. No tengo claro por qué europeos o asiáticos deberían estar menos agradecidos con lo que les tocó, pero el punto relevante no es ese, sino la profesión de fe que realiza un mandatario de una nación en la cual el Estado no debería –constitucionalmente- promover culto alguno.

No tengo memoria de otro año político en el cual la apelación a Dios haya estado más presente que durante el 2010.  Comenzó con las morbosas y aberrantes alusiones al terremoto: “Este es un castigo por haber elegido a Piñera” decían algunos, mientras otros retrucaban “Dios quiso que Piñera estuviera al mando para solucionar este problema”. Más tarde, el rescate de los mineros fue bautizado comunicacionalmente como “el milagro de San José”, y no fueron pocos los personajes públicos que responsabilizaron al de arriba por la epopeya. Algunos abogaron por dejar el escepticismo y aceptar de una buena vez la prueba fehaciente de la intervención divina en los asuntos humanos.

Tratar de parecer un buen cristiano, sobretodo diciéndolo cada vez que se tiene la oportunidad, puede terminar siendo contraproducente.

Por eso es que el alcalde Ossandón está tan equivocado cuando sostiene, en una reciente entrevista, que “el único exiliado en Chile es Dios”. Por el contrario, está presente en una enorme variedad de conversaciones en torno al poder. Su propia hermana, Ximena, ha estado en el ojo del huracán por una serie de actuaciones entre las cuales destaca la instalación de una enorme Virgen a la entrada del edificio de la Junji. El mismo alcalde, sin ir más lejos, estuvo a punto de quemarse las manos por la inocencia del sacerdote Fernando Karadima.

Podemos reconocer que las denuncias sobre abusos sexuales al interior de la Iglesia han dañado su ascendencia. Muchas columnas políticas fueron dedicadas este año a la pérdida del poder de la curia católica, las que se redoblaron cuando el Ministro Hinzpeter desechó su propuesta de indulto bicentenario. Otras tantas se destinaron a resaltar la autoridad moral de sus pastores cuando parecía que sólo ellos eran capaces de evitar que la sangre llegara al río en los conflictos sociales más complejos. La muerte de Monseñor Valech resucitó varias conversaciones sobre el rol histórico de su institución. Por si fuera poco, Dios aparece una y otra vez, en forma de argumento religioso, cuando se discute la posibilidad del matrimonio homosexual o de ciertas formas de aborto. ¿Exiliado Dios? Ni por si acaso.

En el año del debut del Presidente Piñera, es imposible no darse cuenta que Dios siempre tiene un lugar privilegiado en sus discursos. Sin duda es sincero en su invocación. Pero tratar de parecer un buen cristiano, sobretodo diciéndolo cada vez que se tiene la oportunidad, puede terminar siendo contraproducente. La Moneda está preocupada por el creciente nivel de rechazo que exhibe el mandatario, particularmente respecto de sus niveles de credibilidad. Quizás el Presidente crea que seguir insistiendo en publicitar las virtudes de su fe es el mejor camino para revertir la situación. Pero la respuesta pareciera ser la inversa. La devoción religiosa se dignifica en privado, cuando no se grita a los cuatro vientos. En el espacio público, con las herramientas del poder desplegadas, pierde parte de su sentido y se confunde con oportunismo y falsa piedad.

El 2010, en nuestros calendarios, será el año del terremoto y los mineros de San José. Pero también será el año en que “nuestro señor” más metió sus divinas manos en la coyuntura política del país.

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