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Regionalismo hipócrita: ¿será cooptado Magallanes?

por 12 enero 2011

Regionalismo hipócrita: ¿será cooptado Magallanes?
Punta Arenas puede ser declarada interdicta por querer subvertir el orden, si es que los Puntarenenses, así como se atrevieron a hacer la valiente protesta contra Pinochet en su cara, se deciden a ir más allá de unos pesos menos en su cuenta de energía. Quizás los círculos dominantes entiendan que es posible un “arreglo democrático” que implique niveles reales de autonomía y fondos de convergencia territorial significativos.

La crisis de Magallanes por el alza del precio del gas, que se suma a las protestas de Isla de Pascua, es la punta del iceberg de la misma política centralista que ni la Concertación ni la derecha en el poder han querido modificar. Chile es el país con mayor centralización en su ciudad primordial de América Latina (Santiago es el 40%, Buenos Aires “sólo” el 28% y Ciudad de México el 20% de sus respectivos países), la brecha de competitividad aumentó en las últimas décadas entre el centro con las regiones (informes de la CORFO y la Universidad del Desarrollo), somos el único país de desarrollo medio del mundo que no acepta que sus regiones tengan gobiernos propios y que por ley se les fijen impuesto o coparticipación en tributos nacionales como ocurre en todos los países desarrollados del mundo, sean grandes o pequeños, multiétnicos u homogéneos, federalistas o unitarios descentralizados.

La lógica es que el centro mantiene el poder y la periferia se queja, en un juego insoportable de dominación, cooptación y queja que han inhibido un mayor dinamismo territorial, descentralización apropiada, apuestas de desarrollo y potenciamiento de lo que los expertos llaman el nivel meso de los países. Así, ayudado por las obras emblemáticas del Bicentenario, Santiago luce esplendorosa y es recomendada como imperdible en la agenda viajera mundial. Por su parte, Punta Arenas y Arica, se quejan y ven el dinamismo de las ciudades vecinas argentinas y peruanas, que con claroscuros, tienen mayor autonomía regional.

En un país desarrollado se acuerdan y negocian los subsidios, se hacen fondos de convergencia territorial  como en Europa para acortar las brechas entre regiones (costo de internet, transporte, energía, investigaciones universitarias, infraestructura para la competitividad), se crean incentivos tributarios para invertir en regiones (acá sólo en las zonas extremas y no en las regiones del centro sur y centro norte que concentran la pobreza y los bajos empleos). En Argentina así se moderó al Gran Buenos Aires y florecieron provincias como San Luis.

La lógica es que el centro mantiene el poder y la periferia se queja, en un juego insoportable de dominación, cooptación y queja que han inhibido un mayor dinamismo territorial, descentralización apropiada, apuestas de desarrollo y potenciamiento de lo que los expertos llaman el nivel meso de los países.

Lo razonable es que Magallanes tenga su gobierno electo, que reciba regalías significativas por sus recursos, que al igual que Isla de Pascua pueda contar con la coparticipación en tributos turísticos, y que su propio Gobierno Regional decida si quiere mejorar la educación, apostar por mayor energía renovable o gastarse una parte significativa en subsidiar sus combustibles. Nada de eso ocurre: el centro manda, las regiones se quejan.

Este modelo  dominante desde el triunfo pelucón-portaliano en 1830, ha sido contestado con las guerras civiles de 1851 y 1859, donde federalistas y liberales se enfrentaron al centro  con la toma de Copiapó y el Atacama con su bandera constituyente (el azul con una estrella amarilla). En los años 20  Magallanes creó su Partido Regionalista y buscó que se cumpliera la promesa de “asambleas provinciales autónomas” de la Constitución de 1925 que nunca fueron reglamentadas. Pero fue cooptado por el modelo desarrollista que promovió el radicalismo con inversiones en regiones, aunque ello significara no dar pasos en autonomía. Se imponen los polos industriales, los partidos nacionales, luego  la desconcentración autoritaria de la dictadura y las promesas hipócritas de descentralización de la Concertación  y la derecha.

Recordemos: el 99 Lagos promete pasos sustanciales en su programa -ley de rentas regionales y elección de los cores-, el 99 y el 2006 la derecha y la Concertación le firman al CONADERE el compromiso de aumentar los recursos a regiones y elegir los consejos regionales. Nada se cumplió. Nacen Los Federales el 2000, activamos la Bancada Regionalista, se realizó caravana sobre Santiago, pero no se logró ni siquiera la elección de los COREs que sigue dominada por el acuerdo cupular y la total falta de legitimidad ciudadana.

No quieren un presidente del Consejo distinto al intendente delegado, temen a las regiones, como al separatismo indígena. Somos el país del miedo al otro dominado por  los señores del orden centralista, eficiente en homogenizar y asegurar mínimos sociales a todos, terrible para desatar energías y dinamismo territoriales. El país que se vanagloria de un “Presidente en terreno” que mire a las cámaras y reparta regalos al niño de Iloca, o se lustre los zapatos en la Plaza de Talca.  No existe gobierno regional en Chiloé que quiera endeudarse a veinte años para un puente, o regalías mineras que permitan a O`Higgins hacer el túnel Las Leñas, el más corto y eficiente para comunicarse todo el año con el Mercosur, ni posibilidad de que Calama quiera hacer su universidad, aquella inexistente en el distrito minero más rico del mundo. Las regiones no pueden crear universidades, isla de Pascua no puede crear un impuesto al turismo. Magallanes puede ser declarada interdicta por querer subvertir el orden, si es que los Puntarenenses, así como se atrevieron a hacer la valiente protesta contra Pinochet en su cara, se deciden a ir más allá de unos pesos menos en su cuenta de energía. Quizás los círculos dominantes entiendan que es posible un “arreglo democrático” que implique niveles reales de autonomía y fondos de convergencia territorial significativos. Tienen la historia por delante para cambiar su curso, aquella que con mociones, discursos y protestas minoritarias, no logramos modificar ni una coma.

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