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Demasiado winner

por 14 enero 2011

Demasiado winner
La anécdota es un gran fresco de la actitud ultra competitiva de Piñera. Disposición tan esencial en él, que condiciona su aura y que las cámaras de televisión amplifican y multiplican. Creo yo, para desgracia del Presidente. Porque en Chile una cosa es la historia de superación y éxito, del tipo Bam Bam Zamorano -y que es parte de la promesa de venta del modelo-, y otra diferente es la del winner a todo evento.

De las mejores cosas del verano debe ser planificar la lista de libros para llevarse a las vacaciones. Y uno que  sin duda tiene que estar en la maleta es “Piñera, historia de un ascenso”, el perfil del Presidente escrito por las periodistas Bernardita del Solar y Loreto Daza. Sinceremos que aún no lo termino –espero hacerlo con un paisaje bucólico de fondo- , pero en lo que llevo he podido ir atando cabos,  entendiendo pulsiones y, casi como taxista argentino, elaborando mis propias tesis sobre el personaje.

Una de estas tiene que ver con la pregunta de por qué a Piñera le cuesta tanto empatizar con las audiencias, que es el quebradero de cabeza de los asesores  y probablemente de él mismo, un fanático de las encuestas que incluso armó una empresa para auscultar minuciosa y detalladamente las latencias más secretas de la opinión pública.

Incluso en la política puertas adentro, donde se enaltece la fuerza y se desprecia a los débiles, donde en cada gesto y movida hay un gallito por demostrar quien manda y quien obedece, es sabio no ganar siempre.

A través de la reconstrucción de escenas, las autoras van reviviendo los principales episodios  de la biografía del Presidente, revelando facetas y evidenciando recovecos de su mente, que resultan bastante iluminadores para armar el puzzle. El que eligieron para comenzar el libro es notable. En 2009, Piñera candidato presidencial llegaba a Copiapó a hacer campaña. En la plaza de armas los jubilados jugaban ajedrez y uno de los asesores propone que la imagen para la tele sea del empresario batiéndose en el tablero con alguno de los parroquianos. Estos eligen a Carlitos, un discapacitado con severos impedimentos de comunicación verbal y motricidad fina. “El asesor de Piñera se sorprendió al constatar cuán difícil era, para Carlitos, mover las piezas sobre el tablero. Pero Carlitos fue dejando en claro que sus impedimentos sólo eran físicos. Su juego prevalecía inexorablemente sobre el del candidato. Una pequeña muchedumbre se congregó a observar el movimiento de las piezas. Fue un duelo de antología. Cuando se produjo el jaque mate, el público aplaudió conmovido. El asesor no podía estar más contento: el más débil se había impuesto y el poderoso, magnánimamente, se había dejado ganar. El equipo del presidenciable contaba con excelentes imágenes”. Sin embargo, lo clave de la historia, que el asesor contó a las periodistas, se produjo en el automóvil de vuelta a Santiago. Piñera suspiró y dijo:

“Puta que jugó bien Carlitos…. si me hubiera concentrado más, y hubiera tenido más tiempo, le hubiera podido ganar….

-¡No habrás pensado en ganarle! –reclamó el asesor.

Piñera lo miró sin comprender. Por supuesto que se le había ocurrido. Y lo había intentado. El asesor estaba perplejo. A Piñera no se le pasó por la mente hacer concesiones al jubilado discapacitado. Al contrario, si no lo derrotó fue simplemente porque el otro jugó mejor”.

La anécdota es un gran fresco de la actitud ultra competitiva de Piñera. Disposición tan esencial en él, que condiciona su aura y que las cámaras de televisión amplifican y multiplican. Creo yo, para desgracia del Presidente. Porque en Chile una cosa es la historia de superación y éxito, del tipo Bam Bam  Zamorano -y que es parte de la promesa de venta del modelo-, y otra diferente es la del winner a todo evento.

No quiero dármelas de sociólogo barato, pero algo de calle permite darse cuenta lo importante que es en Chile ser del medio. Hacer las cosas bien, pero no tanto ni por tanto rato. Ser bacán, pero lo justo. En nuestro ethos es un poquito odioso ser infalible y resulta imbancable, como decía Cristóbal Bellolio, salir elegido el mejor alumno del curso y también luchar por ser el mejor compañero.

Incluso en la política puertas adentro, donde se enaltece la fuerza y se desprecia a los débiles, donde en cada gesto y movida hay un gallito por demostrar quien manda y quien obedece, es sabio no ganar siempre. Los mexicanos hablan de los políticos que “saben hacerse el muertito” de vez en cuando, exaltándolo como virtud de sobre vivencia. Como evidencia de que en este negocio la distancia más corta entre dos puntos no siempre es la línea recta.

Tal vez entregar el rabo y conformar un gabinete con más manejo político, por ejemplo, sea una buena manera de empezar a mostrar que perder también es ganar.

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