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Magallanes, el mercado y la seguridad nacional

por 14 enero 2011

Magallanes, el mercado y la seguridad nacional
Nos encontramos ante un problema de seguridad nacional clásico. Tomar una decisión que afecta a territorios vulnerables por su aislamiento geográfico y escasa población, para cerrar las cuentas de una empresa deficitaria por naturaleza, deja a la intemperie el desarrollo regional y levanta como alternativa cruzar la frontera, aprovechando las mejores condiciones que ofrecen las ciudades trasandinas.

El anuncio de que ENAP aumentará el precio del gas natural ha golpeado fuertemente a la población magallánica, ya que de este combustible depende una parte importante de la economía local. Esta decisión expresa una mentalidad neoliberal y centralista en extremo, que pone en peligro la presencia de Chile en esas latitudes, ya que estimula la migración hacia la Patagonia argentina, favorecida por políticas especiales de fomento.

Nos encontramos ante un problema de seguridad nacional clásico. En efecto, tomar una decisión que afecta a territorios vulnerables por su aislamiento geográfico y escasa población, para cerrar las cuentas de una empresa deficitaria por naturaleza y, dicen las malas lenguas, proveer de materia prima a otra industria con el objetivo de hacer un buen negocio, deja a la intemperie el desarrollo regional y levanta como alternativa cruzar la frontera, aprovechando las mejores condiciones que ofrecen las ciudades trasandinas.

Río Gallegos y Ushuaia, por ejemplo, se benefician de la prosperidad que les asegura un régimen tributario especial, exenciones arancelarias y un porcentaje o royalty por los hidrocarburos que se extraen de su subsuelo. Así, mientras Puerto Williams es un pequeño apostadero naval, Ushuaia emerge como un polo de crecimiento a orillas del Canal del Beagle y el gran puerto para los cruceros a la Antártica, albergando una cantidad de habitantes que, entre 1980 y 1991 aumentó en un 93‰. Si, leyó bien, en un 93 mil por ciento.

La sustentabilidad de Magallanes, y de otras zonas en condiciones similares, es una obligación geopolítica puesto que no existe otra opción.

Parece que nuestros vecinos han sido mucho más inteligentes que nosotros, al privilegiar el asentamiento de actividades productivas antes que ampliar bases militares, acopiar armas y radicar soldados. Porque la plata que se gasta en subsidios y franquicias es, al fin y al cabo, más eficiente que solventar sueldos de empleados públicos de uniforme, con la diferencia que en Chile nadie se atreve a discutir sobre la necesidad de su presencia.

Los economistas neoliberales critican estas medidas por considerar que contribuyen a crear una situación artificial con el dinero de todos los chilenos, cuando lo correcto sería desplegar las verdaderas potencialidades de la región, dejando que el mercado haga su trabajo. A primera vista parece razonable, aunque debiéramos agregar el largo plazo y un plan estratégico bien estructurado, a partir de las necesidades, demandas e ideas de los propios involucrados. Pero no nos engañemos, el Ministerio de Hacienda fijaría las metas en Santiago, los fondos serían escasos y nadie asegura su factibilidad pues aquí, como en muchas otras ocasiones, el mercado no funciona.

Y todo este lío tiene como origen el déficit de ENAP que la tendría al borde de la quiebra. Pero esta empresa se encarga de comprar algo que el país no tiene, por lo que sus pérdidas reflejan nada más que la realidad, salvo las negligencias que pudieran darse en su administración y que merecen ser resueltas. En todo caso, ¿sabía usted que el precio de referencia del petróleo que usa ENAP es el más caro del mundo? Parece que el azul de los balances se ha convertido en un valor absoluto.

Digamos las cosas por su nombre. La sustentabilidad de Magallanes, y de otras zonas en condiciones similares, es una obligación geopolítica puesto que no existe otra opción. El despoblamiento implica un riesgo de seguridad para el conjunto de la nación, más allá de opiniones livianas o caricaturas acerca de los supuestos privilegios a los que estaría acostumbrada la gente que hace patria en los confines del mundo.

¿Qué nos diferencia de los argentinos?: que allá no comen vidrio, ¿viste?

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