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Dios y la política

por 19 enero 2011

En suma, yo no diría que el 2010 haya sido el año de Nuestro Señor, sino el año de sus asesores comunicacionales. Es de esperar que acá haya también un cambio de gabinete o al menos de estrategia.

En la última columna de Cristóbal Belollio que leí sobre el tema, se objetaba que Piñera hubiera tenido ¡en The Economist! palabras de gratitud hacia la divinidad por haber nacido en el continente americano.

“No tengo claro por qué -decía su autor- europeos o asiáticos deberían estar menos agradecidos con lo que les tocó”. Si el columnista hubiera mencionado a los africanos, yo le habría dado varias razones, pero más allá de eso, no hay que olvidar que Piñera es competitivo y que hasta en los dones recibidos quiere llevar la delantera.

Por lo demás, aunque no sea mucho lo que se puede saber de Dios, lo que consta es que no es socialista. No hay que extrañarse entonces de que en la repartición de cualidades haya diferencias y eso vale para los continentes y las personas, por más agradable que sea la ilusión democrática de que todos somos iguales.

En suma, yo no diría que el 2010 haya sido el año de Nuestro Señor, sino el año de sus asesores comunicacionales. Es de esperar que acá haya también un cambio de gabinete o al menos de estrategia.

En todo caso, el problema que planteaba la columna no era ése -que tiene más de teológico que de político- sino el de la legitimidad de darle a Dios un sitial dentro del ámbito de lo público. Vargas Llosa decía hace poco que lo consideraba útil e incluso necesario. Y a mí me suena que se trata también de una cuestión de justicia; el problema es cómo, porque por momentos uno se pregunta si con los amigos que tiene Dios, necesita realmente de enemigos.

Para empezar, es bueno recordar que el laico no está llamado a predicar desde el púlpito. No se trata de pasar piola como si exponer la propia fe fuera equivalente a andar en paños menores. Se trata simplemente de ser elegante, de distinguir sin separar y de unir sin confundir.

El creyente tampoco debiera erigirse en traductor simultáneo de Dios y de sus designios. Las coincidencias numerológicas, la palabra milagro, los castigos divinos, las intervenciones demoníacas, no son materias acerca de las cuales sea razonable hablar vía twitter y cerrar la boca no es una mala idea; no se trata de ser cobarde, sino simplemente de no andar de profeta.

La convicción de que Dios debe ocupar un espacio dentro de lo público obliga por eso a cuidar más los aspectos procesales. La fe no se parece en nada a la superstición y eso se tiene que notar.

Un cuidado especial se debería tener al momento de argumentar, porque como decía Belollio, “Dios aparece una y otra vez, en forma de argumento religioso, cuando se discute la posibilidad del matrimonio homosexual o de ciertas formas de aborto”. Y es que muchas veces, Dios es el recurso de los creyentes ante la falta de argumentos.

Nadie puede negar que el que cree piensa desde su fe, pero piensa -o debería pensar- con argumentos, no con corazonadas caprichosas o con intuiciones paranormales.

Por eso, el creyente debe ser el primero en entender que cuando aprueba o rechaza alguna política pública no lo hace en virtud de su fe, sino por una cuestión de bien común. Esto es lo que muchas veces no entienden los demos y por eso apoyan mociones que contradicen sus supuestas convicciones.

En suma, yo no diría que el 2010 haya sido el año de Nuestro Señor, sino el año de sus asesores comunicacionales. Es de esperar que acá haya también un cambio de gabinete o al menos de estrategia. En todo caso y por si alguno tuviera la ocurrencia, yo declino aceptar cargos de esta naturaleza.

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