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El Ministro y las sesenta viejas

por 20 enero 2011

De acuerdo  a lo publicado por La Prensa Austral de Punta Arenas, la primera señal de alarma trasmitida a Santiago por la Intendenta Regional de Magallanes, a propósito del curso conflictivo  que empezaban a tomar los acontecimientos con motivo del anuncio de alza de las tarifas del gas, habría sido apaciguada con una frase del siguiente tenor pronunciada por un Ministro de Estado: “¿De que te preocupas, si vas a tener a sesenta viejas protestando en la plaza?”

Evidentemente la anécdota, de ser efectiva, es  reveladora de un grado abismante de ligereza, de imprudencia y falta de juicio político elemental agravado. Precisamente por provenir de una autoridad que por su alta investidura y responsabilidad política y administrativa, tiene el deber inexcusable de estar en capacidad de ponderar correctamente los efectos probables de las decisiones gubernamentales, para lo cual se supone cuenta con las herramientas y las asesorías expertas requeridas.

Adicionalmente, la tranquilizadora y errónea  afirmación  fue demostrativa de un grado abismante de desconocimiento de la realidad económica y social de Magallanes. Región en donde cualquiera sabe, o debiera saber, la cuestión de la energía, su disponibilidad y costos,  constituye un asunto crucial de hondas y vastas repercusiones en la cotidianeidad de sus habitantes.

Las cosas partieron muy mal y se pusieron todavía peor a medida que pasaban  los días. Habían comenzado inopinadamente  con el anuncio sorpresivo de alza  de la tarifa del gas, pese a  existir una promesa expresa en contrario. Y  habían escalado rápidamente en cuestión de horas,  principalmente a propósito de las  destempladas y provocativas declaraciones de la Ministra Von Baer y del defenestrado Ministro Rainieri, respectivamente, quienes lejos de tratar de contemporizar y apaciguar  los ánimos,  parecían empeñados en agregar nuevas cuotas de indignación y encono a un conflicto que ya estaba desatado en todos los frentes.

Porque su rebelión consiguió que a la postre sus puntos de vista hayan prevalecido en cuanto a las cuestiones más esenciales reivindicadas, la gesta magallánica merece ser apreciada como una  circunstancia que marcará un antes y un después en la percepción  que las regiones tienen de sí mismas.

De las sesenta escasas señoras de la tercera edad que presumía el Ministro le plantarían cara a la medida nunca más se supo. Pero es seguro que deben haber estado mezcladas entre los miles de magallánicos de todas las edades, condiciones sociales y preferencias políticas que comenzaron a congregarse y a movilizarse una y otra vez para hacer ver su descontento. Hasta culminar con un paro general que el país entero, de modo mayoritario,  contempló con una mezcla de asombro y evidente simpatía,  y que puso a Magallanes en la primera plana de la prensa nacional y los noticieros televisivos de un modo en que no tenemos recuerdo que haya ocurrido alguna vez a propósito de cualquier evento.

Es probable que la amplia cobertura mediática otorgada a los sucesos de Magallanes haya sorprendido hasta a sus propios protagonistas. Acostumbrados pero no resignados a ser ignorados y ninguneados,  y a constatar día tras lo que lo que corrientemente se estima como noticias nacionales, casi nunca tiene que ver con ellos mismos. Ni por cierto tampoco con los habitantes de Aysén, Chiloé, Iquique o Arica, por cuanto como es evidente, los sucesos noticiosos que se nos presentan de Arica a Magallanes casi siempre se circunscriben a lo que acontece en Santiago y sus alrededores. Sean que estos tengan que ver con el último acto delictivo,  los efectos de la canícula veraniega, los avatares del Transantiago u otra información de esta especie y densidad, sin mencionar el último evento farandulero. Todos temas noticiosos, por supuesto, muy relevantes, atingentes  y de interés manifiesto  para un habitante de Punta Arenas, Porvenir, Puerto Natales, Timaukel o Puerto Williams.

Debe haber resultado  bastante extraño para los magallánicos haber podido observarse a si mismos y a sus símbolos regionales, en la traducción casi siempre interesada y peor informada  de la prensa nacional. Cuyos enviados especiales en su trabajo informativo parecían fluctuar entre los gestos y palabras de abierta o velada crítica a lo que estaban presenciando, y el entusiasmo casi infantil de quién se imagina a sí mismo como un aguerrido corresponsal de guerra enviado a cubrir un frente de batalla, pero sin guerra ni sangriento combate  verdadero. Pero no por eso menos valiente y comprometido con lo que se asumía como una causa justa y de todos, peleada con una masividad y transversalidad política y social encomiable.

Por casi una semana, precisamente hasta que se decidió mandar al frente al Ministro Golborne a jugarse al cara o sello su prestigio y ascendencia, el gobierno se mostraba resuelto a tratar el conflicto de Magallanes como una estricta cuestión de orden público y de ningún modo como lo que efectivamente era. Un asunto económico, social y hasta de naturaleza geopolítica. Tal incomprensión de lo que estaba pasando es la que en último término explica  que se haya mandado a negociar al Subsecretario Ubilla, en lugar de haber enviado  desde el principio al Ministro de Energía, de Economía,  Planificación o, en su defecto, al Subsecretario de Desarrollo Regional (SUBDERE), todas autoridades con competencias efectivas sobre las cuestiones verdaderamente en juego.

Es decir, contra toda evidencia disponible, y contra  toda sugerencia, incluso de sus propios partidarios, el gobierno estuvo permanentemente tentado a utilizar con los magallánicos la táctica pascuence para tratar de resolver los problemas suscitados por su propia impericia y precipitación. Táctica que no consiste en repartir juguetes y golosinas (no confundir con la táctica pascuera), sino en mandar a las fuerzas especiales de Carabineros a hacer su trabajo de persuasión.

El propio anuncio de la aplicación de la Ley  de  Seguridad Interior del Estado a los manifestantes, en circunstancias de que ya se preparaba el arribo a Magallanes del Ministro Golborne es una demostración evidente de que el gobierno hasta el último  momento no terminaba de confiar en su propia línea  argumental y, que estando muy conciente de su error de origen, aunque se negara contumazmente  a reconocerlo, había llegado a la conclusión de que no le quedaba más recurso disponible que la aplicación de la fuerza y la arriesgada  apuesta al desgaste y la división del movimiento.

Se puede decir con toda propiedad que el alza de la tarifa del gas, con la gravedad que dicha medida supuso en sí misma,  no representa sino aquello que  llaman la punta del iceberg. La chispa que vino a incendiar la pampa magallánica y  logró sacar a la superficie el cúmulo de resentimientos que los magallánicos vienen acumulando desde hace demasiado tiempo, por causa de las incomprensiones, las exclusiones y las incontables frustraciones derivadas  de las promesas incumplidas de parte del gobierno central, prácticamente durante toda su historia.

Adicionalmente y a propósito del conflicto en comento, los chilenos hemos podido imponernos de otros  asuntos conexos y espinosos. Y tener un poco más de claridad y conciencia, por la vía del ejemplo,  de otros asuntos muy trascendentes que suelen permanecer  en la penumbra.

Los chilenos sabemos desde siempre que en vista del centralismo rampante y abusivo, las autoridades regionales tienen muy escasa autoridad efectiva sobre los asuntos  que le son confiados a su administración.

Pero hoy, a propósito de los sucesos de Magallanes, ha quedado patente y de modo vergonzoso, que si los Intendentes tradicionalmente mandaban poco, en el contexto actual de un gobierno que se solaza en un  personalismo que lógicamente exacerba el centralismo, las autoridades regionales representativas del gobierno central en los respectivos territorios  han quedado reducidas a la triste condición de figuras decorativas y sin mando efectivo. Es decir, un conflicto que se desata en una región no puede ser resuelto por las autoridades regionales, puesto que las mismas carecen de atribuciones, cuando no de personalidad o estatura política suficiente para encararlo eficazmente de modo autónomo.

Cuando una autoridad es política y administrativamente impotente, o excesivamente temerosa frente a la jerarquía santiaguina, no tiene más remedio que recurrir una y otra vez al Palacio de la Moneda. Y si allí no se sabe exactamente cómo y qué hacer, y por lo mismo se recurre a la autoridad local de la Iglesia, entonces los ciudadanos, y no solamente en regiones,  quedan colocados en el peor de los mundos y preguntándose: ¿Para qué sirven entonces las instituciones que la nación políticamente organizada se ha dado a sí misma para procesar sus conflictos?

De otra parte, el conflicto magallánico ha sacado a la luz antecedentes preocupantes y desconocidos que merecen ser investigados. Es el caso de la relación contractual entre ENAP y la multinacional Methanex, empresa que representa el principal cliente de la estatal chilena en cuanto a aprovisionamiento de gas natural.

Otro tanto cabe decir respecto a los asuntos atingentes a las empresas extranjeras que exploran en busca de gas y petróleo en  los bloques territoriales  licitados en los procesos llevados adelante por CORFO-ENAP en años recientes. La extraña circunstancia de que dichas empresas hayan encontrado gas en los mismos lugares en los que ENAP  nunca tuvo éxito, pese a utilizar información geológica y tecnología prospectiva y de perforación equivalente, configura una circunstancia que debe ser esclarecida en todos sus detalles. De modo especial, pero no exclusivo, para disipar toda duda subsistente sobre colusiones entre ex ejecutivos de ENAP y las mencionadas empresas, tráficos de información privilegiada, etc.

En un sentido más amplio, no sería extraño que los sucesos de Magallanes generaran réplicas semejantes en otras regiones del país por razones semejantes  a las que han motivado la airada y explicable reacción en el extremo sur.

Se sabe que diversas regiones desde donde los sucesos de Magallanes están siendo observados con sumo interés y sentimientos de comprensión y evidente solidaridad. Muy a pesar de que el Gobierno ha tratado explícitamente de indisponer y hasta de confrontar a los magallánicos con los habitantes de otras regiones.

Como han subrayado diversos análisis, la cuestión que subyace a la crisis del gas en  Magallanes  tiene que ver con el colapso  del modelo centralista imperante y con la consecuente reivindicación de las regiones de su derecho a tener más y mejores potestades para gobernar sus propios asuntos. En este sentido, es preciso que el país reflexione  seriamente sobre el significado profundo de la total y acordada ausencia de banderas chilenas en las manifestaciones, las que como se pudo observar fueron reemplazadas por la bandera de Magallanes y otros símbolos regionales. Y  aquella  es una cuestión de naturaleza estrictamente política, de ningún modo económica y mucho menos tarifaria.

Los magallánicos deben estar concientes que han protagonizado una hazaña de dimensiones épicas y de características pocas veces observadas en la historia nacional. Por ello, y porque su rebelión consiguió que a la postre sus puntos de vista hayan prevalecido en cuanto a las cuestiones más esenciales reivindicadas, la gesta magallánica merece ser apreciada como una  circunstancia que marcará un antes y un después en la percepción  que las regiones tienen de sí mismas. También sobre el potencial que encierra la unidad de propósitos y la convergencia en la acción, en bien  de las legítimas e impostergables aspiraciones regionales.

Los magallánicos han sabido reaccionar al unísono. Supieron también conducir el conflicto de un modo que no admite mayores reproches, salvo episodios muy aislados. También actuaron sabia y responsablemente para apreciar cuando era el momento preciso de poner término a las movilizaciones y al paro. Concientes de la necesidad de impedir que el capital político y social acumulado fuera dilapidado a causa de los maximalismos,  y cuando se hizo evidente el peligro del desgaste y la división.

Una semana entera de sacrificios, de parte de los que estuvieron y también de los que se restaron, se merecía el homenaje de cautelar  a todo trance dicho capital, como condición esencial para  enfrentar un futuro que se adivina incierto y cuesta arriba. Pues ya encontrará el centralismo un nuevo pretexto para intentar avasallar y someter.

Una última consideración. Magallanes es una región que no está menos políticamente dividida que el resto del país. Sin embargo, no se apreció ninguna enseña partidaria en las movilizaciones, y cualquiera que  hubiera intentado enarbolarlas seguramente habría sido repudiado y apartado. El conflicto fue entonces efectivamente enfrentado sin chauvinismos partidarios y con un espíritu unitario y convergente, propio de una rebelión de carácter estrictamente regionalista.

De otra parte, dos de los cuatro parlamentarios regionales se definen como políticamente independientes, o al menos no militan formalmente en ningún partido. Ese es también el caso del Alcalde de Punta Arenas.

Estos son antecedentes que deben hacer reflexionar autocríticamente a  los partidos sobre el modo en que conducen sus relaciones con sus estructuras regionales. Pues como se puede apreciar, los vicios centralistas no son solo atribuibles a las prácticas atávicas de instituciones del Estado, sino también a las organizaciones de la sociedad civil, incluidos los partidos políticos.

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