Jueves, 8 de diciembre de 2016Actualizado a las 16:57

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Un cambio de gabinete gatopardiano

Un cambio de gabinete gatopardiano
El primer cambio de gabinete de la era Piñera corroboró la imagen de impredecible que el Presidente ha ido ganando, producto de decisiones anteriores. Cuando ya nos había acostumbrado a giros audaces, verdaderos golpes a la cátedra como Barrancones o la reforma tributaria, adopta ahora un cambio sorpresivo, por lo comedido.

El primer cambio de gabinete de la era Piñera corroboró la imagen de impredecible que el Presidente ha ido ganando, producto de decisiones anteriores. Cuando ya nos había acostumbrado a giros audaces, verdaderos golpes a la cátedra como Barrancones o la reforma tributaria, adopta ahora un cambio sorpresivo, por lo comedido.

Se ha venido repitiendo que el ingreso de dos senadores, Matthei y Allamand, concita varias bondades. Constituye el reconocimiento de que el diseño original del gobierno, esencialmente gerencial, ha tenido que complementarse con experiencia política y capacidad de negociación parlamentaria. Por otro lado, aumentará seguramente el pool de presidenciales desde la derecha neutralizando, de un plumazo, a los que han sido llamados los “díscolos” de dicho sector. Lo cierto es que la consigna de la Nueva Derecha, aquella que buscaba hacerse amistosa con la política de la identidad y los temas valóricos queda, si no sepultada, al menos, asentada sobre arenas movedizas.

La decisión de recurrir a la cantera parlamentaria ante la escasez de tonelaje político de la coalición gobernante introduce un dilema que, en su miopía, la clase política no parece advertir. Nos referimos a la modalidad de los reemplazos de los parlamentarios que, muy legal será, pero no resulta ni presentable ni legítima.

El cambio, sin duda, ayudará a dar un nuevo impulso político, aunque sea circunstancial. Sin embargo, los movimientos puntuales en Defensa, Trabajo y Transportes no permiten augurar que se corregirán varios de los déficits que el gabinete ha traslucido. En primer lugar, resulta un enigma si se incrementará sustancialmente la capacidad de conducción político-estratégica por cuanto los ministerios políticos han sido intocados y, por otro, no se sabe si la implementación programática corregirá su rumbo.

El futuro no se ve fácil, con una política tanto más líquida, con movilizaciones y formas de expresión del malestar que recurren a dinámicas y soportes no convencionales y por fuera de los partidos, como Barrancones, hinchas del fútbol y Magallanes y, por otra, con un sistema político que va mostrando capacidades para absorber a líderes no partidarios o aparentemente disociados de la elite política tradicional, como Bachelet y Golborne. De las prioridades que conocimos el pasado 21 de mayo, el Presidente Piñera pasó a ponerse como norte “siete reformas estructurales” pero, entre ambas, no hay total coincidencia.

En segundo lugar, no se ve por ninguna parte cómo coadyuvará a subsanar el déficit de cercanía y de credibilidad que afectan al Presidente.

En tercer lugar, es de imaginar que se continuará con la búsqueda de un relato que entusiasme a la ciudadanía porque la idea de “hacer mejor las cosas”, corroborada puntualmente por el rescate minero, llega a resultar risible al revisar el récord de errores, traducidos en nombramientos que no fueron, exabruptos y renuncias que, entendible parcialmente en el marco de un gobierno que asume luego de un megasismo, supera toda imaginación posible:  Gobernador de Bío-Bío; Embajador Otero; Subsecretarías de Trabajo, Redes Asistenciales y Cultura; CONADI;  Registro Civil, Junaeb, Superintendencia de Salud, Junji, Director de Gendarmería, encargado de la División de Seguridad Pública, Sename y, por si fuera poco, las minutas del Sernam. El gobierno ha declarado que su meta es lograr que Chile sea “un país desarrollado, sin pobreza y con oportunidades para todos”. La invitación es a todas luces obvia y hasta la consigna del gobierno de Frei de modernizar el país le inyectaba más adrenalina a las voluntades. No se logra identificar ideas-fuerzas como las que galvanizaron los gobiernos precedentes.  No en balde, y así lo han advertido Longueira y el propio Allamand, el gobierno tiene un problema no menor, expresado en huestes desafectadas y lacias, que no se sienten contagiadas por un sueño convocante.

En cuarto lugar, una vez definido relato y prioridades, existe la expectativa de que el timón sea conducido con mano firme, pero no tanto por amenazar con la aplicación de la Ley de Seguridad Interior del Estado con el caso de la revuelta magallánica, sino con claridad de metas y sin zigzagueos. El gobierno de Bachelet fue, en eso, draconiano. Mantuvo el sello de la protección social  a pesar de las presiones por aumentar el gasto fiscal ante al aumento producido por el superávit del precio del cobre, y las críticas que señalaban que se pretendía emular en Chile al vetusto y fracasado Estado de Bienestar europeo. Vino el Transantiago y, en medio de la tormenta, la ex Presidenta no cejó con la reforma provisional. Vino la crisis, y las circunstancias le dieron la razón.

Adicionalmente, la decisión de recurrir a la cantera parlamentaria ante la escasez de tonelaje político de la coalición gobernante introduce un dilema que, en su miopía, la clase política no parece advertir. Nos referimos a la modalidad de los reemplazos de los parlamentarios que, muy legal será, pero no resulta ni presentable ni legítima. RN ya decidió que Carlos Larraín, presidente de dicha tolda,  será el reemplazante de Allamand. Con ello, se envían varias señales y todas nefastas: de concentración de poder y de oligarquización, de subversión del voto popular y de pérdida de una oportunidad para hacer más inclusivo el Congreso mediante la incorporación de más mujeres. No cabe duda de que esto no ayuda a mejorar la baja intensidad de nuestra democracia. Tal como informó el Barómetro de las Américas recientemente, Chile es el país donde existe menos simpatía por los partidos y más bajo interés por la política, de toda la región.

En todo caso, habrá que darle el beneficio de la duda y esperar un tiempo más para poder evaluar este cambio, tanto a nivel simbólico, como en estilo y productos de política y que, al día de hoy, es a todas luces gatopardiano.

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