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Chile: ¿País de “Idiotas”?

por 25 enero 2011

En la antigua Grecia, estoicos y epicúreos se enfrentaban hace unos 23 siglos por su disímil valoración de la participación ciudadana en la cosa pública: para los primeros la actividad constituía una obligación que debía ser asumida no obstante sus sinsabores, mientras que para los segundos era mejor evadirla por conformar una fuente de problemas, sufrimiento y en fin, de infelicidad, entendido su opuesto como propósito de la existencia.

En este debate entre la preocupación por lo público o lo privado –felicidad o infelicidad- se acuñó la palabra “idiota”, la que en su origen se aplicó a las personas interesadas por “lo propio”, según se observa en su raíz idios, que define otros términos como idio-sincracia o idio-ma. La carga semántica posterior, que ha derivado hasta su interpretación como “débil mental”, es resultado de la evolución de aquel desprecio estoico ante la falta de interés de ciertos ciudadanos por “lo público” -una obligación de “los mejores”- y su concentración en los asuntos privados.

Una reciente encuesta realizada en 26 países de la región por el Instituto de Ciencia Política de la Universidad Católica, reveló que en América Latina, Chile y Haití son los países con menor interés en la política (28,3% y 28,1%, respectivamente). El estudio “Barómetro de las Américas”, a cargo del académico Juan Pablo Luna, arrojó también que Chile es el país con menor porcentaje de personas que declaran estar inscritas en los registros electorales (67,9%) al tiempo que un 90% de los menores de 35 años (es decir, nacidos a contar de 1974) dice no tener ningún interés en ejercer un rol político en el futuro.

El aparente desapego de la cuestión pública por parte de los ciudadanos no parece un desinterés por la política en sí, sino más bien respecto de la manera en que la estamos practicando.

Aunque la correlación entre ambos datos pudiera tentarnos a concluir mecánicamente que Chile se está convirtiendo en un país “idiota”, término que además afectaría masivamente a los jóvenes nacidos entre los 70 y 90, me niego a aceptar tal desenlace. En efecto, siguiendo las propias opiniones del grupo investigador, el aparente desapego de la cuestión pública por parte de aquellos no parece un desinterés por la política en sí, sino más bien respecto de la manera en que la estamos practicando.

Por de pronto, al desglosar los datos sólo 5,2% de los chilenos confiesan “mucho” interés por la política y 44,6% afirma que aquella le importa “nada”. Pero un 30,6% declara aún tener “poco” interés, mientras que 19,4% expresa que mantiene “algo”. Al mismo tiempo, 53,9% - sólo 1,3% menos de la suma de los que afirman que la política les importa “mucho”, “poco” o “algo”-,  expresan su satisfacción con la democracia, cifra que ubica a Chile en la parte alta del ranking, sólo bajo Costa Rica, Canadá, Uruguay y Brasil. La valoración del “rol de Estado”, en tant, también es muy alta: 86,7%.

¿Cómo se explica esta contradicción? Para los investigadores, parte importante de esta escasa relación de los jóvenes con la política sería resultado de un sistema de partidos rígido, estable, que cuenta con garantías institucionales de reproducción muy fuertes y que, al mismo tiempo, está muy desconectado de la población y los jóvenes. Es decir, las ventajas jurídicas, económicas, comunicacionales y de representación que tienen las organizaciones existentes, versus las dificultades que tiene crear nuevas, les ofrece a las estructuras instaladas una “mega-protección aduanera” cuyos “aranceles” de entrada al mercado escandalizarían a cualquier liberal.

El problema de fondo no parece ser, pues, que las nuevas generaciones sean “prescindentes”. Se observa en ellas una valoración por la democracia y el Estado, así como reconocimiento por la cosa pública que les es cercana: el estudio muestra, por ejemplo, un aprecio por los Municipios –cara visible y accesible del Estado- muy superior al que confiesan por el Congreso.

La confianza en los partidos, empero, orgánicas que viabilizarían la democracia y constituyen los canales especializados para su ejercicio, llega sólo al 37%, siendo el guarismo más bajo del listado de instituciones sometidas a evaluación. Las FF.AA., vg, gozan de 72% de confianza. Como resultado, la participación en reuniones de un partido político muestra indicadores casi nulos (4%), mientras que la simpatía por alguna colectividad ha caído desde 26% a un 11% en 4 años.

Más que desinterés, lo que parece mostrar el estudio es una forma de “evasión epicurea” forzada y un rechazo de “lo estoico” -por resultar casi ridículo en una sociedad que estimula el hedonismo- y que se expresa más bien en la dura lucha personal por la supervivencia. Dicho contexto incita a una búsqueda de la felicidad en “lo privado” o “lo propio”, estimulada además por la pétrea inmovilidad del sistema político y las enormes barreras de entrada a una participación ciudadana relevante levantadas por el sistema electoral y de partidos vigente. Después de todo, los políticos son humanos y, como tales, responden a los desafíos de su entorno con igual ímpetu en la defensa de sus intereses “propios”. Baste recordar el reciente reemplazo de los senadores-ministros.

De allí que el estudio prevea –no sin razón- que de materializarse la reforma de inscripción automática y voto voluntario “habrá más abstención y menos gente votando”. Indulgente, el profesor Luna declaró que “dependerá qué hagan los partidos para movilizar a los jóvenes que hoy no están interesados”. Ingratamente, creo, que los partidos y sus representantes en el Congreso harán muy poco: el monopolio legal que ostentan asegura su reproducción casi sin competencia. Y mientras más abstención, más rentable el negocio, pues las exigencias de mayorías son menores.  Espero sinceramente equivocarme.

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