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El factor Aguiló y la nueva izquierda

por 29 enero 2011

Con un tono de hastío y me atrevería a decir que hasta de vergüenza, el Diputado Aguiló se despojó públicamente del corsé –de representaciones, ideas, valores, procedimientos, proyectos y políticas- de la Concertación y se atrevió a dar un paso al costado.

Este “pasar al acto” para él significó dejar atrás –me imagino- la “tercera vía” o la “social democracia” para reencontrarse con su amor de antaño, de juventud, su amor pasional, de calle, de bar, su amor escondido, su amor de protesta, de peñascazo, de grito, de lucha, de puño en alto, al fin, de coherencia y obviamente de virtud: su amor con la izquierda (pura y dura), con aquella –en este caso de acuerdo a su carta de divorcio- que está a favor de la educación pública, laica y estatal.

Digamos lo mismo, pero “a la Althusser”. Aguiló rompiendo contra la “superestructura burguesa” de la Concertación, más aún, contra la “ideología” burguesa heredada de la Concertación. Aguiló rompiendo con la estructura dominante que ejerció durante 20 años su “causalidad” a la sociedad y a la jerarquía de las políticas públicas eficaces.

Bien por Aguiló. Bien por su coherencia. Es un acto que lo engrandece. No debe haber sido fácil para él el hecho de haber estado 20 años –sí, los mismos de la Concertación- como diputado socialista en la Cámara. Su iniciativa individual y su coherencia individual es aplaudida por todos. ¿Por qué? Porque su paso al acto entra en lo que podríamos denominar “salud mental”: nadie podría sino contentarse cuando un hombre o una mujer que por 20 años vivieron atados a un clima de deterioro moral deciden –un feliz día- dejar al monstruo. Nadie podría sino alegrarse de que alguien, Aguiló o quien sea, decide dejar atrás este síndrome de Estocolmo, que le tenía prisionero sentimentalmente de su captor.

La izquierda concertacionista le entregó la educación a los curas, a Libertad y Desarrollo, al Centro de Estudios Públicos, a la Democracia Cristiana, a los liberales del PPD, y a la social democracia de Lagos.

Nada más. Bien por Aguiló. Bien por él; porque en rigor no tiene ningún impacto social real. Como factor, Aguiló se agota en Aguiló; y en cierto sentido es lamentable.

Sólo en cierto sentido, porque ¿quién vio-escuchó-sintió al diputado socialista alguna vez jugársela en serio por la educación pública? Y ahora hablemos de Aguiló como representante de la izquierda concertacionista ¿alguien sabe quiénes son, cuánto han trabajado, influido, argumentado y pensado por la educación pública? ¿existe una izquierda en la Concertación que hable en serio a favor de la educación pública?

¿Dónde estuvo la izquierda concertacionista cuando desde los 90 la centro-derecha concertacionista se tomó literalmente el Ministerio de Educación? ¿Dónde estuvo la izquierda concertacionista cuando la Ley General de la Educación sacralizó –más que la LOCE- la provisión mixta en la educación chilena? ¿Dónde ha estado la izquierda concertacionista para defender a los profesores de la estigmatización que han sufrido por la misma centro-derecha concertacionista? Peor ¿Dónde se metieron todos estos años de mercantilización de la educación superior?

La izquierda concertacionista le entregó la educación a los curas, a Libertad y Desarrollo, al Centro de Estudios Públicos, a la Democracia Cristiana, a los liberales del PPD, y a la social democracia de Lagos. Le entregó la educación a una mezcla de tecnócratas, economistas de vulgata norteamericana, sociólogos positivistas, psicólogos psicométricos, es decir a todo y a todos cuanto pudieran influir, desde los sillones del MINEDUC y del MINHDA por terminar de hacer de todo el sistema escolar chileno esta mezcla neoliberal que es. Duele decirlo. Duele porque el sueño que Aguiló representó el 88 y el 89 terminó por transformarse en una pesadilla hoy el 2011.

Es bueno que así como la derecha está aventurando una “nueva derecha” como posibilidad en Chile, también la izquierda piense siquiera una “nueva izquierda”, aunque sea como posibilidad. La izquierda que terminó abrazando Aguiló a las 24 horas de dejar el socialismo a la chilena es una que ¿leyó Althusser, Marcuse, Castoriadis, Esposito, Agamben, Negri, Abensour, Gauchet? ¿Habermas, Apel, Honneth? ¿Rawls? ¿Es una izquierda renovada o es como los curitas que andan sólo preocupados de las cuestiones del sexo, la diversidad sexual o la apertura sexual? A veces parece que sí. ¿Dónde estaban cuando se perdieron las horas de educación cívica, cuando el currículum se alineó con el FMI, la OCDE y el BM? ¿Estaban discutiendo qué? ¿El binominal? ¿El presupuesto de la nación? ¿Rearticulándose?

Mil perdones, pero el imaginario de Aguiló representa a la vieja izquierda. Y en educación dieron tumbos estos 20 años. Y de nuevo mil perdones, pero hasta Rawls es más de izquierda ¿o acaso Rawls no estuvo hasta la muerte a favor de la escuela pública y en contra de la provisión mixta y la idea de mérito?.

Para nadie es hoy en día un misterio el “bi-partisanismo” –porque eso es- entre la vieja derecha y la centro derecha concertacionista en educación; lo que es muy perjudicial para la educación pública. Es una especie de moda global que se expresa muy bien en el último documental de Davis Guggenheim “Waiting for Superman”: la escuela pública y sus profesores son un asco, y sólo los privados la pueden salvar. La conversa del neoliberalismo en educación Diane Ravitch, ex-asesora de Bush, denuncia este bi-partisanismo en su último y extraordinario libro del año 2010 -“The Death and Life of the Great American School System: How Testing and Choice Are Undermining Education”- pues es finalmente esa confabulación a favor de lo privado en educación la principal amenaza a la educación pública, la única garante de una democracia verdadera.

Pero el problema no es la vieja derecha –que hace bien su trabajo político- sino la vieja izquierda –que lo hace muy mal. No hace ningún contrapeso ni teórico, ni ideológico, ni práctico.

Social y culturalmente sí que lo hay. Sí que hay contrapesos. Pero ¿por quién votar, a quien elegir, a la misma Concertación? Si miramos las cosas desde el punto de vista de las políticas educativas, claramente no. Hace tiempo que queremos una educación de calidad y pública, entregada por el Estado y no por los curas o corporaciones y fundaciones que en el fondo, también son de los curas.

¿Y Aguiló? Bien por Aguiló.

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