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Encuestas, condoros y cambios de gabinete

por 30 enero 2011

Diversos analistas han hecho profusión de comentarios frente al cambio de gabinete verificado a partir del estallido de la compra de la casa institucional para el ya defenestrado Jefe del Estado Mayor Conjunto de las FFAA. Estos comentarios se han ordenado uniformemente en la idea de sostener que el diseño del gabinete de Piñera fue errado debido a la carencia de políticos en esa primera formación ministerial.

La llegada de Allamand y Matthei sería la confirmación y rectificación de ese yerro. Tal afirmación nos parece incorrecta, puesto que la incorporación de dos políticos de trayectoria en la derecha no significa que aquel diseño hubiere sido errado ni que su incorporación sea de una entidad tal que altere la sustancia de su composición.

El equipo de Piñera, salvo excepciones, sigue siendo en su esencia un gabinete de técnicos sin historia política relevante tras de si. Eso no nos parece malo y al contrario, como lo señalamos en otra ocasión, es probable que se necesite más técnicos en los gabinetes del futuro que puedan resistir la constante presión de los grupos y castas sacerdotales que en todas las áreas del quehacer público buscan incrustar sus intereses al margen de aquellos de orden general, que por beneficiar mayorías, son en principio, más dignos de protección. Así los intereses de minorías priman sobre los de las mayorías; el principio democrático declina a favor de unos pocos con determinación.

El equipo de Piñera, salvo excepciones, sigue siendo en su esencia un gabinete de técnicos sin historia política relevante tras de si.

El déficit que crecientemente manifiesta la política nacional, es su tendencia a dirigir coyunturalmente los esfuerzos gubernamentales a lo que se lleva o está al uso. Esto significa que cualquier grupo de interés decidido a hacer partícipe al conjunto de la ciudadanía de las incomodidades que su protesta genere, - con lo cual asegura prensa y tiempo en los noticiarios -, mueve a la clase política a ceder inmediatamente a tales requerimientos. Los ejemplos son conocidos: conflicto mapuche de la Cam, por migraciones y terrenos ancestrales en Isla de Pascua, Confusam por término de las pasantías en el Caribe, etc.

Esta forma de gobernar ha alcanzado buen éxito en la actualidad, contando con instrumentos técnicamente útiles a su servicio y gurúes encargados de instalar su imprescindibilidad en los gobernantes. Estas herramientas, son las encuestas y son ellas las que están creando la realidad política. Fueron unos cuantos errores puntuales, que sumados a unas pocas encuestas que maltratan al mandatario, las que forzaron el cambio de gabinete.  Estos instrumentos utilizados de este modo hacen caer ministros, subsecretarios, jefes de servicios; obligan a renunciar a autoridades de todo orden o a jubilarse anticipadamente a todo aquel que detentando un cargo público se le impute cualquier conducta indebida calificada exclusivamente por el denunciante.

Son las encuestas las que han delineado el comportamiento de nuestras primeras magistraturas en los últimos gobiernos, inclinación que comienza con Ricardo Lagos y alcanza su cota superior con Michelle Bachelet. Esta última, termina por entronizarse en jefe de estado y no en jefa de gobierno; evita todo conflicto que melle su popularidad; soslaya incluso resolver las diferencias ideológicas y políticas ya no solo en su coalición, sino que en su propio gabinete. Tanto así, que sus colaboradores han decidido cursarse las facturas luego de concluido su gobierno y a casi un año de su término aún resuenan y reverberan esas diferencias que a ratos recuerdan la noche de los cuchillos largos.

En todo caso, las encuestas y sus cultores tienen una deuda de gratitud con Lagos y Bachelet, pero para el interés nacional, esto es al revés.

Así como vamos, Piñera se proyecta como un continuador de esta fórmula de la moda gubernativa actual, que es gobernar para aquellos que pueden meter ruido y se mete ruido toda vez que se logra terciarizar el conflicto extendiéndolo a quienes son inocentes y completamente ajenos al mismo, como ocurre anualmente con los pacientes de la salud municipalizada o los usuarios del registro civil, que dejan de recibir esos servicios esenciales, porque la ANEF, la Confusam u otros, se encuentran negociando sus remuneraciones. En lo inmediato, los hechos mencionados y la crisis del gas en los páramos magallánicos precipitó el cambio de gabinete y amenaza con fundir incluso a la más fulgurante estrella de nuestra política, Golborne, a quién no sabemos si se le ha encomendado una importante tarea de Estado o se le impuso cargar con el menhir de Obelix, que amenaza aplastar su gloria pasajera. Si logra pasar la prueba, será un titán y lo espera un océano sin playas.

Esta forma de gobernar, es decir, gobernar por encuestas puede llevar al extremo de que un Presidente no se levante una mañana frente a un día que parece mal aspectado si la popularidad no crece o el rechazo se resiste a decrecer. Cualquier error de un ministro u otra autoridad que alcance notoriedad si va acompañada de malos números anticipa su sepelio.

Finalmente, el tan cacareado retorno a los políticos, a aquellos de “tonelaje” como se los denomina, no pasa de ser una fantasía, pues si los políticos inoculan en contra de la rigidez de los técnicos ofreciendo caminos de integración, debemos recordar que algunos de los “condoros” más sonados de nuestra vida política reciente no provienen de los técnicos sino que de los políticos, a saber: una casa que controvierte la austeridad de los servidores públicos, una mujer embarazada con un hijo sin destino que padece un falso cáncer, un puente que “vale callampa” y uno con decenas de años en política que veta para siempre a un periodista que omite las preguntas que importan, pero el gran hermano de Orwell, siempre alerta, registra todo, especialmente aquello que se dice en “off”. Los políticos siguiendo sensibilidades ecológicas al uso y las incombustibles encuestas de popularidad han sido incapaces de definir una matriz energética para Chile, hasta que nos alcance el “black out” total; quizá entonces esos deslices no se registren, porque estaremos todos desconectados. “Unplugged”, se dice ahora y así como vamos es el destino que nos espera. Entonces las encuestas valdrán callampa y los cambios de gabinete serán tan triviales como el guiño de un gorrión.

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