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Un hito cultural porteño

por Juan G. Ayala, profesor del Departamento de Estudios Humanísticos de la Universidad Técnica Federico Santa María. 1 febrero 2011

Señor Director:

Con la reapertura del palacio Pascual Baburizza se levantó un frontón o espacio de tiro, para quienes están dispuestos a la crítica política “a lo raso”. Se argumenta en contra de la decisión de una “inauguración preliminar”, a la que el alcalde aliancista se hubiere dejado tentar, que solo se buscaba algún rédito inmediato. Puede sostenerse ese argumento desde la tienda política, pero mirado desde la vera del ciudadano, no cabe duda que la ciudad patrimonial no podía seguir esperando más.

El teórico y artista ruso Vasili Kandinsky, en su obra “De lo espiritual en el arte” expone claramente lo que significa el desarrollo cultural de un pueblo. Argumenta que un simio puede leer un diario, pareciendo que lee, pero eso no lo convierte en un hombre, sigue siendo un simio.

Visto no nos cansamos de decir que en nuestro país, el desarrollo económico financiero debe estar intrínsecamente unido a sendas políticas culturales, es decir de una política de Estado que promueva la creación, la difusión y el disfrute democrático y participativo de los bienes culturales, de no ser así seremos un simio.

La reapertura del Baburizza es un hito en el concierto cultural porteño y regional. Baste observar la colección de telas expuestas, y el cuidado con que se restauraron el espacio de interiorismo arquitectónico, el mobiliario y las obras mismas, para valorarlo como un espacio de “educación del ojo”, del desarrollo de la sensibilidad artística, y en tanto tal, de la democracia. Un ojo que se detiene en una obra de arte es un ojo auscultante, generador de pensamiento razonado y por ende de conciencia social.

Crítica parecida surge con la primera versión del Festival de las Artes, que no debe verse como una continuación de los Carnavales Culturales, ya que trabaja sobre la dislocación de los lugares, expresado en el sacar los espectáculos artísticos de su lugar y contexto habitual, convirtiéndolos en algo extraordinario. Los Tres Tenores y el mapping de la productora Plug, confirman el objetivo señalado. Justa relevancia tuvo, la intervención de músicos solistas que hacían de interludio – jugar a ratos - en el continuo del show “Redondo ha de ser el ojo”, inspirado en Matta. Fue la antesala para un espectáculo internacional, “Andre Rieu en Valparaíso”. El espacio de Plaza Sotomayor con su fondo del océano Pacífico al atardecer esperan al músico holandés, reposicionaría al viejo puerto en el circuito artístico mundial.

Lo anterior conlleva la crítica política, ¿qué resulta más caro al ciudadano, un pasacalles o los espectáculos masivos?.

Creemos que la respuesta viene por integrar a la contemplación pasiva de un espectáculo, la participación en actividades que liberen y sublimen desde el propio cuerpo - el verdadero sentido de un carnaval - minimizando el riesgo del desorden y el pillaje propio del lumpen que desvirtuó los Carnavales Culturales.

Si todas estas iniciativas artísticas se sustentan el valores como la tolerancia, el pluralismo y el respeto irrestricto a la diversidad cultural, habida consideración de educar al ciudadano en la generación del pensamiento metacognitivo, es decir capaz de pensar sobre si mismo, caben tanto la colección Baburizza, el pasacalles, mapping, y André Rieu en Valparaíso, este con su característico estilo de difundir la música clásica, que otrora parecía reservada a las clases acomodadas, la puso al servicio de un público masivo y en aquellos lugares tales como nuestra plaza Sotomayor de Valparaíso.

(*) Juan G. Ayala,

Profesor del Departamento de Estudios Humanísticos

de la Universidad Técnica Federico Santa María.

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