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Defender las primarias

por 2 febrero 2011

Los mismos dirigentes de hace 20 años no tienen interés real en que las cosas cambien. Por lo mismo, los partidos siguen y seguirán siendo parcelas de intereses particulares, de lógicas patrimoniales que no expresan una forma colectiva de mirar el país y el mundo.

En hacer promesas y luego no practicarlas, la Concertación es, sin duda, la coalición más exitosa en la historia de Chile.

En octubre  de 2010 en La caleta El Membrillo  los timoneles de la Concertación firmaron un compromiso para realizar primarias como mecanismo de instalación de candidatos para las elecciones populares. La idea era no repetir el bochornoso espectáculo de 2008, y la primaria trucha de 2009 que significaron, entre otras cosas, la pérdida de casi todas las capitales regionales del país y la derrota del candidato presidencial.

Ese 5 de octubre, se hicieron enérgicos llamados a generar un pacto  amplio que incluyera al PC, al PRO, al MAS e incluso al PRI. Una emotiva  Carolina Tohá señalaba que “las rencillas de la Concertación han desalentado a los ciudadanos… muchos llegaron a creer que los espacios de participación les pertenecían y consideraron una ofensa que alguien quisiera competir”. Entonces se firmaron compromisos programáticos y se repartieron abrazos en señal de un acuerdo que todavía no ve luces y que, muy probablemente, no las verá.

Los mismos dirigentes de hace 20 años no tienen interés real en que las cosas cambien. Por lo mismo, los partidos siguen y seguirán siendo parcelas de intereses particulares, de lógicas patrimoniales  que no  expresan una forma colectiva de mirar el país y el mundo.

Pero las primarias abiertas y vinculantes se presentaron como una actitud ética más allá de la posibilidad de pactos amplios. En octubre –tanto como hoy- estaba claro que los chilenos necesitaban señales de transparencia, de claridad para recuperar la confianza en la política. Pero ya vemos que lenta y subrepticiamente distintos actores de la Concertación, en particular militantes del PDC y el PS, comenzaron el proceso de relativizar el mecanismo. Los primeros señalando que “hay situaciones especiales y que esa modalidad sólo se aplique en comunas donde no se tengan alcaldes”. Los segundos no sólo declarando contra las primarias sino iniciando ´purgas´ a militantes, como acaba de sucederle a Danae  Mlynarz, representante de la minoría de la colectividad quien, según sus propias palabras, se enteró por el diario de su destitución.

Y es que no se aprende. Los mismos dirigentes de hace 20 años no tienen interés real en que las cosas cambien. Por lo mismo, los partidos siguen y seguirán siendo parcelas de intereses particulares, de lógicas patrimoniales  que no  expresan una forma colectiva de mirar el país y el mundo.

La única posibilidad real de revertir el lento, pero inexorable proceso de descomposición del progresismo chileno, se jugará en unas primarias abiertas y vinculantes que traigan de regreso el respeto a las decisiones de las personas, ciudadanos y ciudadanas que eligen en espacios colectivos y no entre cuatro paredes. Por eso, defender las primarias es también un compromiso por construir la nueva política que el país requiere.

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