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por 4 febrero 2011

Ninguno de los hallazgos que el año antepasado hizo la Contraloría General de la República representó una novedad para quienes, ya en 1990, tuvieron la oportunidad de diagnosticar la situación del organismo y proponer una reforma profunda del mismo.

El caso de la Central de Abastecimientos del SNSS es la crónica de una muerte anunciada, si acaso muerte alguna vez, pues aquello nunca termina de ocurrir en manos de los sucesivos gobiernos y directores. Veamos finalmente qué sucederá con este gobierno, que parece haber prendido ya la mecha del polvorín.

Ninguno de los hallazgos que el año antepasado hizo la Contraloría General de la República representó una novedad para quienes, ya en 1990, tuvieron la oportunidad de diagnosticar la situación del organismo y proponer una reforma profunda del mismo. En efecto, durante la gestión del Ministro Jiménez de la Jara –la primera en el sector a cargo de la Concertación- con el apoyo del Banco Mundial se propuso un proyecto de transformación de la vieja entidad a cargo de comprar, almacenar, vender y transportar medicamentos a los hospitales del Sistema Nacional de Servicios de Salud, en un moderno agente intermediador, prácticamente virtual, al servicio efectivo de las necesidades de abastecimiento de medicamentos e insumos clínicos del SNSS.

Ninguno de los hallazgos que el año antepasado hizo la Contraloría General de la República representó una novedad para quienes, ya en 1990, tuvieron la oportunidad de diagnosticar la situación del organismo y proponer una reforma profunda del mismo.

Es decir, un agente que no necesitara comprar, vender, almacenar y distribuir, sino sólo poner en contacto las necesidades agregadas de los hospitales con la oferta de insumos y medicamentos, aprovechando las economías de compra por volumen, promoviendo la competencia entre proveedores y asegurando los medicamentos puestos por los propios proveedores en su lugar de destino. Es decir, los hospitales compran de acuerdo a sus necesidades (y manejan sus stocks) y los proveedores venden, almacenan y distribuyen colocando en plaza los productos. Entonces, ¿qué hace la Cenabast? Agrega las demandas e intermedia formalmente la compra vía licitaciones para aprovechar el impacto en precios de los volúmenes de compra.

Las buenas razones para esa reforma –cuyo diseño fue perfeccionado por los Ministros que siguieron-, sobraban en aquellos entonces y sobran hoy. Entre otras están las razones económicas en atención a las pérdidas por sobrestock y vencimientos, el enfrentamiento de precios más elevados que aquel al que finalmente transaban los hospitales directamente con los mismos proveedores, la destrucción de material por roedores y otras plagas, el “modus operandii” de la propia oferta y los riesgos de corrupción. Y para qué hablar de los riesgos sanitarios, cuando se producen quiebres de stock y fallas en el control de la cadena de frío.

Recuérdese el caso del arroz descompuesto en el gobierno militar o el episodio de la compra de varias toneladas de ropa china para los hospitales -ropa que además se encogía después del primer lavado- o el episodio más reciente de la presencia de ratones descubierta por la Contraloría.

Sin embargo el proyecto de los tiempos de Jiménez de la Jara se desmaterializó antes de que la propia Cenabast se virtualizara. Ello ocurrió apenas los nuevos directivos de esos entonces, apropiadamente cuoteados, le tomaron el gusto a la gestión de todos estos bienes y activos de la organización. Varios portadores del más claro mandato de modernización sucumbieron a las tentaciones de la tradicional Cenabast. Por cierto, con el entusiasmo de los más variados “stakeholders”.

Entonces, a mi entender, hoy sí es tiempo de poner atajo a esta sistemática destrucción de valor y hacer algo. En eso, estoy con el gobierno. Pero hacer algo no significa poner simplemente el tema en manos de tan “imperfecto” mercado. ¡Por favor! Si fuese así, el tratamiento sería mucho peor que la enfermedad. El tema es más complejo.

Es necesario hacer de la Cenabast una organización que justifique su existencia en la prestación de un servicio verdaderamente valioso para los hospitales que lo necesitan. Para ello, la propuesta realizada en tiempos de Jiménez de la Jara debería ser revisitada.

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