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Cómo nombrar la rata: Sobre la mediocridad y los beneficios de señalarla

por 8 febrero 2011

Ocurre con frecuencia que alguien me increpa el hábito de escribir sobre mediocres. Comúnmente, desecho la acusación con una respuesta sincera pero parcial, burocrática, hecha para pasar a otra cosa; una respuesta que suele incluir palabras como defensa, peligro, decadencia, precipicio y profilaxis. Hay mejores contestaciones que demandan mayor reflexión.

En mi oficio, es inhabitual enfrentarse a un hecho simple que pueda ser descrito literalmente, sin tanteos ni maniobras laterales, sin aproximaciones tentativas ni dudas metódicas, sin péndulos hermenéuticos ni equívocos irrecuperables. Cuando uno lo encuentra, sobreviene la tentación de señalarlo. Explico por qué.

Lo bueno, como lo malo, es a veces dudoso y casi siempre ambiguo; ambos tienen una densidad difícil de abarcar. Cuando ostenta la forma de un texto literario, lo bueno es complejo (incluso si su economía formal hace pensar otra cosa) y lo malo es cautivante a su manera: argumentar las virtudes de una novela de Faulkner es un ejercicio interminable; argumentar con inteligencia los delitos de una novela de Allende no demanda mucho menos trabajo.

Cuando juzga lo bueno, lo malo y lo mediano (que no es lo mediocre), el comentarista pone en juego los extremos y todo el rango de su escala de valores estéticos, culturales, morales o ideológicos. No importa siquiera si los ha razonado o si son como una suerte de membrana interior, un órgano de su gusto y sus afinidades, del cual él mismo es inconsciente, como somos inconscientes de las venas o las glándulas.

Lo bueno y lo malo pueden hacer mutar ese tejido, porque el lector se ve obligado a contrastarlos con él, a ponerlos en contacto y ver si pueden convivir: un ejercicio de ese tipo puede ser transformador, nunca es simple y suele ser demandante.

Pero lo mediocre no tiene ese poder. Lo mediocre no echa sombras porque no es opaco sino transparente; no hiere porque no es agudo; no intoxica porque es inocuo; no confunde ni plantea acertijos porque es unidimensional y jamás es ambiguo. Lo mediocre tiene una manera de ser ostentoso, visible, indudable; se anuncia mediocre y no traiciona.

De lo mediocre, entonces, se puede hablar en términos indudables, con más facilidad que acerca de lo malo, que exige una demostración y una cuidadosa evaluación. Cuando una habla de lo mediocre, su lenguaje se hace necesario, las palabras llegan solas y certeras: escribir sobre lo mediocre es como tocar la guitarra con el diapasón a la mano: todo vuelve a su lugar, todo se regula.

Uno complica las certezas aparentes de su juicio estético, las pone en el banquillo, problematiza sus seguridades leyendo a Kafka, Beckett, Proust, Borges, Woolf, Piglia, Mulisch, Machado de Assis, Vallejo, Eltit; pero también leyendo los libros medianos y malos que quisieron ser buenos, los libros lisiados, los que llegaron mucho menos lejos que sus ambiciones.

Esos libros merecen atención porque algo en sus estructuras, algo en su sombra o en su aura, alcanza un cierto aire de realidad e incluso, a veces, de grandeza: la forma de su consumación ideal no nos es del todo esquiva, uno puede imaginarlos menos amorfos, más victoriosos, como los habrá proyectado, quizá, su autor, o como ellos mismos, independientemente, nos sugieren que pudieron ser.

Los libros mediocres, en cambio, nacen siempre muertos y ninguna operación es practicable sobre ellos como no sea la autopsia: la disección, la enumeración de lo corrupto. Leerlos es comprobar literal y directamente su nimiedad, su escasez, su poquedad; escribir sobre ellos, por eso, es regresar a un lenguaje en el que todo es fácil de nombrar.

Uno sale maltrecho de escribir sobre los buenos y los malos libros, pero ágil y funcional de escribir sobre los libros mediocres. Y lo mismo vale para las ideas mediocres, los conceptos y nociones y principios mediocres, los proyectos políticos mediocres, los intelectuales y los artistas mediocres. Luego de opinar sobre ellos, todo parece volver a su lugar, aunque sea por un rato.

Y también está lo otro: defensa, peligro, decadencia, precipicio y profilaxis. Hay que escribir sobre lo mediocre porque aunque nada en ello tenga el potencial de destruirnos, todo en ello tiene el potencial de distraernos, de modo que lo mejor es mencionarlo, criticarlo, ponerlo en su sitio y saltar a otra cosa. Y así tantas veces como sea necesario.

Yo, por ejemplo, he pasado toda la semana llamándole mediocre a lo mediocre, y ahora me siento como nuevo: es como el solfeo, o como afinar un instrumento, pero el instrumento es uno mismo.

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