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Piñera en busca de la popularidad perdida

por 9 febrero 2011

Una cosa es ver un todo terreno en acción y otra bien distinta tenerlo en el living de la casa, en la cama y hasta en el baño. Un día en helicóptero, otro con guitarra, después a caballo o haciendo flamear la bandera de la meta en una cicletada…

Durante las elecciones recuerdo haber soñado que le daba a Piñera un consejo decisivo para su triunfo: que no hiciera esfuerzo alguno por sonreír y mucho menos por resultar simpático. “Es que no te resulta -le decía en sueños- explora por otro lado”. Lo cierto es que finalmente ganó aunque nunca tuve la oportunidad de aconsejarlo.

El hecho es que a la luz de las encuestas, creo que yo tenía la razón y que mi sueño fue premonitorio. Tanto, que estoy convencida de que Piñera no ganó a causa de su carisma sino a pesar de él.

Lo que hace falta ahora es que alguien se lo diga y sobre todo que consiga convencerlo. No es tarea fácil, porque la porfía parece ser la causa de gran parte de sus logros, pero vale la pena intentarlo porque la historia de la humanidad demuestra que en el origen de los fracasos más estruendosos hay siempre alguien que confía demasiado en sí mismo. Por lo demás, en lo que se refiere a su popularidad, la estrategia del Presidente no parece estar dando buenos resultados.

Una cosa es ver un todo terreno en acción y otra bien distinta tenerlo en el living de la casa, en la cama y hasta en el baño. Un día en helicóptero, otro con guitarra, después a caballo o haciendo flamear la bandera de la meta en una cicletada…

Eso no significa que yo crea -como gran parte de la derecha- que Piñera deba renunciar a la idea de conseguir aprobación ciudadana. Obviar por completo las encuestas, desatender la sensibilidad del twittero, es exponerse a perder toda posibilidad de hacer cambios relevantes y significativos, fundamentalmente porque éstos requieren de una cierta continuidad en el tiempo, y con un período presidencial que dura sólo 4 años, los gobiernos no están en condiciones de darse el lujo de limitarse a hacer las cosas bien. Puede que sea un vicio del sistema, pero  no contar con él no es propio de un gran estadista, sino de uno que carece de sentido práctico.

Que un gobernante deba estar dispuesto a pagar costos o al menos a arriesgar parte de su capital político no significa que deba hacerlo como lo ha hecho muchas veces la Alianza, a lo kamikaze. Hoy en día gobernar obliga, para bien y para mal, a mirar el people meter.

Sin embargo, tampoco me parece que sea posible conseguir aprobación popular violentado la propia naturaleza. El marketing sirve para destacar las propiedades de un producto, pero no resulta si tiene que inventarlas. Por eso los esfuerzos de Piñera por mostrarse cercano, empático o divertido simplemente no funcionan; como tampoco funcionarían si tratara de copiar el modelo que muchos llaman ‘republicano’ para referirse al de Lagos, y que yo tildaría de ‘globo’ por lo que se refiere a su contenido.

Piñera tiene que buscar aprobación de una manera original, propia y sobre todo, que se acomode a lo que de hecho él es. Las ideas del ‘todo terreno’ e incluso la del winner no son del todo malas, porque ofrecen a la imaginería popular algo que en cierto sentido todos quisiéramos ser. Lo que no es tan claro es si la forma en que estas ideas se han tratado de trasmitir ha sido realmente la correcta.

Por de pronto, porque una cosa es ver un todo terreno en acción y otra bien distinta tenerlo en el living de la casa, en la cama y hasta en el baño. Un día en helicóptero, otro con guitarra, después a caballo o haciendo flamear la bandera de la meta en una cicletada… la saturación hace que todo el efecto que podrían tener algunas de estas imágenes se pierda.

La estrategia de fondo me parece correcta y es muy parecida a la de Bielsa: tener la pelota para no estar siempre a la defensiva, defecto que caracterizó muchas veces la conducta política de la derecha en los últimos años.

El problema es que esta estrategia tiene dos riesgos: el primero es que cuando uno quiere llenar todos los espacios, hay que ser muy cuidadoso en la forma de hacerlo porque aumentan exponencialmente las posibilidades de cometer errores no forzados; y si uno lo piensa, ésa ha sido la tónica de este gobierno en materia comunicacional.

El segundo riesgo de la estrategia de aparecer antes de que lo haga otro, y que Piñera no ha sabido manejar, consiste en encontrar el equilibrio entre lo que se muestra y lo que se oculta. Es cierto que si uno desaparece por completo, no existe, pero también que si se muestra demasiado, cansa. Conseguir la aprobación popular no es otra cosa que ser capaz de seducir y eso obliga a cultivar un poco el misterio; a hacer gala de una virtud desprestigiada, el pudor.

Puede que al Gobierno de Piñera le falte algo de relato, pero sobre todo, le sobran desaciertos comunicacionales. El problema es que en esta materia, la excelencia parece estar en la Concertación.

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