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Político, no predicador

por 11 febrero 2011

Político, no predicador
Algunos creen, equivocadamente, que esto es una típica manifestación de intolerancia secular, una maniobra de liberales que no asignan el debido respeto o no valoran la importancia de la religiosidad. La razón es precisamente la opuesta. Se les pide que abandonen el argumento religioso en el debate público justamente como una manera de ofrecer respeto en una comunidad política formada por iguales.

“No soy predicador, soy político y parlamentario”, sostuvo el senador Jovino Novoa en una reciente entrevista, promoviendo una sutil pero significativa apertura del gremialismo en la llamada “agenda valórica”. Digo que es significativa porque Novoa sigue estando en el lado conservador del espectro político. Defiende la tradición y seguramente comulga en misa dominical. Pero sus argumentos no apelan a la divinidad. Por el contrario, como él mismo señala, “son todas cosas racionales”.

No hay –ni debiera haber- ningún obstáculo para que los grupos conservadores de la sociedad chilena participen en el debate público favoreciendo las políticas que estimen convenientes. Lo que sí resulta problemático es que lo hagan a través de argumentos religiosos.

Muchos cristianos –especialmente los que entienden la política como una misión- se rebelan ante esta exigencia del estado liberal. Llevar las creencias en la casa para dejarlas en guardarropía a la entrada del Congreso o La Moneda les parece una demanda esquizofrénica. Las personas no pueden partirse en dos, alegan.

En algo tienen razón: lo que se les pide es privatizar su fe. Lo que incluye la esfera privada es discutible, pero generalmente cubre la vida familiar, la educación de los hijos, las distintas instancias asociativas e incluso el trabajo diario. Donde no pueden cargar las banderas religiosas es en los particulares rincones de la deliberación pública, aquella que tiene por objetivo generar normas obligatorias para todos los ciudadanos.

Los partidos de raigambre cristiana (especialmente la UDI, RN y DC) deben hablar en un idioma que los demás participantes de la discusión entiendan. Como políticos, y no como predicadores.

Algunos creen, equivocadamente, que esto es una típica manifestación de intolerancia secular, una maniobra de liberales que no asignan el debido respeto o no valoran la importancia de la religiosidad. La razón es precisamente la opuesta. Se les pide que abandonen el argumento religioso en el debate público justamente como una manera de ofrecer respeto en una comunidad política formada por iguales. La apelación divina sólo hace sentido para aquellos que comparten dicha fe. Los asuntos de Estado, en cambio, deben tratarse en terreno común, donde las razones esgrimidas sean entendidas por el adversario.

Piénselo de esta manera: una docena de amigos se reúne a tomar unas copas. La mayoría son latinos. Pero hay una pareja de ingleses, un alemán y un coreano entre ellos. Si los latinos comienzan a hablar en castellano, estarán automáticamente excluyendo a los que no saben hablar su lengua. Para revertir la situación, alguien propone llevar adelante la reunión en inglés, ya que todos dominan ese idioma. Los latinos acceden. Pero no lo hacen porque el inglés sea más rico en recursos lingüísticos, sino porque es una forma de mostrar respeto ante sus pares, al incluirlos en condiciones de igualdad a la conversación.

Al utilizar el argumento religioso son los creyentes quienes implementan una táctica excluyente que damnifica el diálogo democrático. Los no creyentes no pueden deliberar sobre la base de qué políticas públicas complacen o desagradan al Señor. Esto no significa –Jovino Novoa lo entiende bien- rendir las convicciones. Las razones para oponerse al aborto no se agotan en creer que la vida es “un don de Dios”. Los fundamentos para rechazar el matrimonio homosexual no se limitan a la cita bíblica  de “macho y hembra los creó”. Los grupos conservadores chilenos están en condiciones de construir argumentos racionales, consistentes e incluso persuasivos para sostener todas o parte de sus posiciones, sin recurrir a la autoridad de un ser superior o de sus vicarios en la tierra.

Para una minoría estrecha, aceptar esta exigencia es transar un buen ciudadano por un mal cristiano. Pero contribuyendo a crear las bases de un sistema político que trata a todos sus actores con igual respeto, ponen de manifiesto la caridad que debiera inspirar su actuación pública. Los partidos de raigambre cristiana (especialmente la UDI, RN y DC) deben hablar en un idioma que los demás participantes de la discusión entiendan. Como políticos, y no como predicadores.

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