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Opinión

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Imbécil o estadista

por 14 febrero 2011

Imbécil o estadista
Tal como era de esperar, el embajador Paya se ha apresurado en señalar que sus palabras han sido “sacadas de contexto”. O sea, ha dado la consabida respuesta de manual, esgrimido el recurso retórico, mentiroso y desesperado con que nos regalan sin falta todos quienes cometen un estropicio verbal. Especialmente cuando aquel desmadre amenaza con defenestrar al emisor de semejante juicio político y personal, precisamente en contra de su actual superior jerárquico y máxima autoridad del Estado al que representa por expresa voluntad del insultado.

Existen unos cuantos episodios  de nuestra historia política e institucional más reciente, los que de llegar a ser conocidos en todos sus sabrosos detalles podrían sonar inverosímiles, disparatados y hasta ridículos. Pero que siendo absolutamente auténticos, poseen  la virtud de revelar la verdadera naturaleza -muchas veces aleatoria, alambicada  y en ocasiones hasta irracional e incomprensible-  del proceso de designación de altos cargos del Estado.

Se sabe de un ex Presidente concertacionista, que a punto de iniciar la ceremonia de investidura de su flamante gabinete ministerial preguntó intrigado  al Ministro Secretario de Gobierno sobre un cierto personaje que se encontraba en el círculo esperando jurar como ministro.  Cuentan que le dijeron que se trataba de un señor que sería designado  en una determinada cartera,  a lo que el Presidente respondió que aquello no podía ser cierto, que  conocía  personalmente a  quién había sido escogido para ese cargo, y que de todas maneras dicha persona debería tener bastante más edad de la que aparentaba el personaje escudriñado. Cuando ambos cayeron en la cuenta que había un error, que la persona en la que había pensado  el mandatario debía ser el  padre del personaje de cuerpo presente, de idéntico nombre,  igual profesión y militancia política, ya era demasiado tarde para intentar otra cosa que no fuera  seguir adelante con la ceremonia.

Cualquiera puede suponer que en el período que va entre el triunfo electoral y la instalación del nuevo gobierno tiene lugar una encarnizada lucha subterránea y fratricida, la que no pocas veces alcanza estado público. En ese proceso, que se suele conocer como el “ desposte del animal”, y  que no es otra cosa que el cruento despedazamiento y repartija del aparato gubernamental, los partidos de la coalición vencedora y otras fuentes de  influencia se juegan literalmente la vida por alcanzar posiciones de poder en la estructura  dirigente del Estado en sus distintos niveles y expresiones. Enfrentados  los aliados en una batalla sin cuartel ni remilgos, las hostilidades solo cesarán cuando esté  todo decidido y ya no haya nada más que hacer, hasta la próxima refriega.  Entonces podrán  observarse los consabidos cadáveres y heridos políticos, quienes nunca jamás olvidarán la afrenta de no haber sido considerados entre los elegidos.

Episodios  como sus continuos errores citando cifras y datos -los que ya se han convertido en motivo de mofa pública-, sumados a eventos como el del helicóptero, entre muchos otros, en su majadera reiteración y  acumulación, van dejando la impresión del que el Presidente tiende a irrespetar la majestad del alto cargo  que detenta y que,  además,  con sus actitudes personalistas y autoritarias suele avasallar las formas aceptadas y las tradiciones republicanas.

Como resultado de este proceso emergerá un cierto elenco, en cuya definición se habrán tenido  en cuenta las preferencias personales del Presidente, los equilibrios políticos, las calificaciones profesionales y la trayectoria de los candidatos, entre otras muchas consideraciones de diversa índole. Más de alguna nada de técnica ni propiamente política.

Pero  nunca antes y hasta ahora, había  resultado normal y mucho menos políticamente aceptable,  que un reconocido detractor  y  mucho  menos alguien con credenciales de denostador público  y notorio del Jefe de Estado  electo llegase  a ser favorecido con una designación de ninguna especie ni magnitud. Salvo por inexcusable  omisión de alguno de sus antecedentes políticos o personales,  o por manifiesto error. Pero nunca jamás a sabiendas por parte  de quién tiene la capacidad de decidir en última instancia.

Esta es la regla, que como toda regla que se respete tiene su excepción que la confirma.  Y que en este caso consistiría en la incierta posibilidad  de que el mandatario, en su infinita bondad e insondable capacidad de reconciliación y  perdón para quién le ha ofendido en el pasado, y en un derroche de generosidad sin parangón,  decida hacer patente su voluntad de volver a arrimar al redil a las oveja descarriadas por desorientación. Para  cuyo efecto opte por designar a un  antiguo detractor como Ministro de Defensa (más no como Canciller), o en su caso, a una antigua aliada devenida  en implacable  adversaria y más tarde de vuelta como partidaria,  como Ministra del Trabajo.

Me consta personalmente el caso muy aislado y anecdótico  de un personaje de militancia democratacristiana, de cuya astucia y oportunismo  no  se puede dudar  puesto que logró pasar colado todos los filtros.  Este sujeto  durante la campaña de Ricardo Lagos se jactaba de modo más o menos público de haber contrariado a su propio partido al haber votado por el candidato de la derecha en primera vuelta,  y de estar muy resuelto a volver a hacerlo en  la segunda, pues decía estar íntimamente convencido de la imperiosa necesidad de impedir que Lagos ganara las elecciones.

Confieso que me quedé bastante perplejo y consternado cuando pude ver a este mismo personaje, muy sonriente y de riguroso traje oscuro,  jurando como ministro del Presidente Lagos. Pero supuse entonces, y sigo suponiéndolo hasta ahora, que ni el propio  ex Presidente Lagos ni nadie de su entorno inmediato  nunca llegaron a saber del genuino y negativo juicio político y personal que tenía el personaje de marras sobre el ex mandatario.  Por cierto, de seguro tampoco se conoció del desprecio que  el personaje que logró arribar a ministro había afirmado sentir,  hasta muy poco antes de ser designado como tal, por el proyecto político que Lagos encarnaba. Del cual  posteriormente no vaciló, con exitoso disimulo y abierto oportunismo, hacerse parte activa.

Muy recientemente, un cable de la embajada de los EE.UU. en Santiago, fechado en febrero del 2009 y  publicado  por Wikileaks en su inclemente y encomiable afán de poner luces sobre las tinieblas, nos relata  que el actual embajador de Chile ante la OEA, el ex diputado UDI Darío Paya, calificó  al entonces candidato y actual presidente Sebastián Piñera como “un imbécil, pero que sabe hacer su trabajo”.

Tal como era de esperar, el embajador Paya se ha apresurado en señalar que sus palabras han sido “sacadas de contexto”. O sea,  ha dado la consabida respuesta de manual, esgrimido el  recurso retórico,   mentiroso y desesperado  con que nos regalan sin falta  todos quienes cometen un estropicio verbal. Especialmente cuando aquel desmadre  amenaza con defenestrar al emisor de semejante juicio político y personal,  precisamente en contra de su actual superior jerárquico y máxima autoridad del Estado al que representa por  expresa voluntad del insultado. Sin importar si acaso este insulto ha sido proferido antes o después,  bajo qué  circunstancia y en cuál contexto preciso.

El  embajador Paya ha argumentado en su defensa que lo publicado, además,  “cambia completamente el sentido del diálogo y que se trata de un abuso de la distorsión”. Claro que en sus confusas e inverosímiles explicaciones, el embajador omite decir que los supuestos abusadores, es decir los redactores del cable con origen en la embajada de los EE.UU. en Santiago, eran al parecer sus interlocutores permanentes, puesto que el señor Paya es descrito como una fuente principal de información y análisis sobre la política nacional para la misión norteamericana. Por lo mismo, no tiene asidero razonable la suposición de que sean los funcionarios norteamericanos quienes se hayan propuesto perjudicar al antiguo amigo y confidente. Mucho menos precisamente ahora, en que Darío Paya ha logrado escalar hasta la jefatura  de la representación de Chile ante la OEA, ubicada en Washington, para más remate.

Todavía más inverosímil y hasta ridículo resulta suponer, como ha insinuado más de algún despistado,  que lo publicado responda a una tergiversación de Wikileaks, pues como cualquiera debiera saber antes de opinar, el medio no redacta los documentos,  sino que sólo se limita a publicarlos.

Una persona cualquiera, incluso un dirigente político, tiene perfecto derecho a cambiar de opinión, incluso hasta respecto de las cuestiones políticas e ideológicas más gruesas. Pero no se puede pretender que se acepte como cosa baladí e intrascendente darse una voltereta en el aire que implique que un día se opine que  alguien es un imbécil y más tarde -alta designación mediante-, se considere con la misma soltura que la misma persona a quién se denostó de modo tan grave y ante representantes extranjeros, ha pasado a ser “alguien que se ha ganado el respeto de la opinión pública y el apoyo de quienes han reconocido su capacidad de trabajo y condición de estadista”.

Esta fuera de toda duda de que quienes alcanzan altas posiciones de poder y figuración pública suelen adquirir por causa  de esta sola y casi mágica circunstancia, cualidades y atributos excepcionales y   desconocidos. Cuando no,  totalmente   inexistentes  hasta justo antes de alcanzar el estado de gracia que le prodiga la posesión de poder.

Por regla general, no hay aliado más leal y hasta obsecuente que quién ha sido favorecido con una alta  designación. Del mismo modo en que usualmente no hay enemigo más encarnizado que quién ha sido ignorado en sus requiebros o despojado de su posición de modo humillante y vejatorio, como suele ocurrir  con los ministros y otras altas autoridades a los que se les ha pedido la renuncia de manera  inesperada.

De modo que sumando, restando y siendo realistas, hay que admitir que lo verdaderamente extraordinario y digno de comentario del episodio protagonizado por el locuaz y desprevenido embajador Paya, súbitamente reconvertido desde denostador privado un día, a público y  apasionado admirador del presidente Piñera el otro,  no  radica realmente en sus pormenores particulares.

Lo extraordinario consiste  en la circunstancia de que no se trata de una situación excepcional, sino de un hecho reiterado  y,  lo que es todavía mucho peor, inexplicablemente tolerado por quién  debiera ser capaz de ponerle atajo a estos  incidentes en beneficio de la dignidad y prestigio de la institución presidencial.

La prensa nacional, al menos en los últimos años diez años, abunda  en declaraciones de semejante tenor e intención rudamente descalificatoria contra Sebastián Piñera, con la particularidad que las más hirientes y provocadoras tienen su origen, no  de entre sus opositores, sino   precisamente en las filas de sus propios presuntos partidarios, por boca  de connotados dirigentes de la coalición gobernante. Es decir, han provenido desde  su propia base de sustentación política.

Lo más significativo y decidor de esto que podríamos denominar como “fuego amigo”, es que recurrentemente dichos juicios, por su propio tenor e intención no pueden ser estimados razonablemente como opiniones políticas propiamente tales, dirigidas al dirigente partidario, al senador o al candidato presidencial,  sino que  más bien han de ser leídas como destinadas a agraviar el mandatario en el plano intimo y personal. Discutiendo su honorabilidad personal, su integridad ética y moral, y hasta como en el caso en comento, poniendo en entredicho hasta su propio criterio y capacidades intelectuales.

Es cosa de buscar para encontrar lo que hasta  no hace demasiado tiempo opinaban públicamente del Presidente  personajes hoy convertidos en fervientes partidarios suyos,  tales como Joaquín Lavín, Pablo Longueira, Patricio Melero, Iván Moreira, Evelyn Matthei o Jacqueline Van Rysselberghe, entre varios otros. Todos casualmente militantes de la UDI.

Es forzoso  concluir que para un sector significativo de la así llamada Alianza por Chile, dejar pasar a Sebastián Piñera hacia el Palacio de La Moneda implicó tragarse un sapo de proporciones bíblicas. El cual hasta el día de hoy, aunque de manera mal disimulada, persiste en bloquear las vías respiratorias de la UDI generándole un talante y malestar que no encontrará alivio posible hasta cuando llegue a su fin este paréntesis indeseado,  aunque a regañadientes aceptado. Que es  lo que verdaderamente parece representar para dicha formación política ultraconservadora  el gobierno piñerista.

El Presidente Piñera ha demostrado largamente ignorar bastantes cosas y ser insensible a varias otras. Pero  incluso para quienes nos oponemos frontal y decididamente  a su gobierno, por razones políticas e ideológicas, y no por motivos personales,  nos parece fuera de toda duda  que el mandatario posee méritos,  capacidades y talentos suficientes, sin los cuales no hubiera podido lograr  la holgada situación financiera que detenta. Ni mucho menos alcanzar legítimamente la más alta magistratura del Estado.

Imaginar cualquier otra cosa  constituye una ingenuidad inexcusable. Y no está demás   recordar que una estrategia opositora que aspire a ser exitosa, no puede jamás fundarse en una apreciación errada del adversario, o en una mirada auto complaciente y auto referente de la situación política.

Otra cosa distinta es estimar, con argumentos de sobra, que el presidente Piñera tiene evidentes dificultades para desenvolverse en su entorno, para relacionarse con sus colabores inmediatos de modo cooperativo y para controlar su manifiesta  vehemencia e impulsividad.

Episodios  como sus continuos errores citando cifras y datos -los que ya se han convertido en motivo de mofa pública-, sumados a eventos como el del helicóptero, entre muchos otros, en su majadera reiteración y  acumulación, van dejando la impresión del que el Presidente tiende a irrespetar la majestad del alto cargo  que detenta y que,  además,  con sus actitudes personalistas y autoritarias suele avasallar las formas aceptadas y las tradiciones republicanas.

Pero de hacer la crítica, incluso mordaz e inclemente a estas conductas, a colocarse en la tesitura del embajador Paya y de otros de sus “aliados” de circunstancia, hay una distancia considerable que no debiera ser sobrepasada.

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