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De políticos y predicadores

por 17 febrero 2011

De políticos y predicadores
El político con convicciones sabe ocupar el lenguaje propio de la cosa pública e intenta lograr una conexión emocional con la gente, buscando representar el sentido común, el que siempre será más cercano a sus posturas que a las posturas más “progresistas”.

En las elecciones presidenciales de 1999, que enfrentó a Joaquín Lavín y Ricardo Lagos, me quedó muy grabada una imagen. Conocidos ya los resultados y saliendo de una sede de Lavín, me tocó ver a los partidarios de Lagos en sendas caravanas pasando frente a nosotros, tocando la bocina y festejando el triunfo. En esos precisos momentos y justo a mi lado, apareció una ferviente partidaria de Lavín,  -ya entrada en años-, llorando desconsolada y gritando a los autos que pasaban “Celebren no más, ahora corran a hacerse abortos !!!” y siguió llorando desconsolada.

La reacción de esta veterana conservadora, me confirmó dos importantes ideas. Primero, que siempre hay alguien cerca que es más tonto que uno  y segundo, que al menos un sector de la centroderecha chilena ve en la política una forma de manifestar su fe, (cosa muy legítima), pero de una forma que resulta muy dañina para la política y para la propia fe que profesan.

Son las personas que cuando uno se las encuentra en campaña (yo ya tengo dos campañas a diputado en el cuerpo)  nos hacen desear que ojalá esta señora no diga que vota por mí… Son ese tipo de personas que por cada voto que consiguen espantan cinco.

No es legítimo despreciar la participación de hombres y mujeres de fe en política en base a la caricatura del político-predicador. No es verdad que los principios propios del cristianismo son para el convento y no para la política, pues la historia de la humanidad ha demostrado con creces que cuando la política se separa de la moral, siempre se producen los peores desastres para el ser humano y la sociedad.

Este tipo de personas, que llamaremos (ocupando una analogía utilizada recientemente) políticos-predicadores, constituyen la caricatura que muchos utilizan para deslegitimar la participación de los cristianos en política.

Los políticos-predicadores creen que la política es perversa y mala y por tanto, entienden su participación en ella como una cruzada medieval a la tierra prometida, en donde toda violencia que se pueda ejercer en el plano político esta bendecida (como efectivamente lo creían los primeros cruzados). La política es matar herejes.

A este tipo de personas no les interesa el resultado final de sus acciones en política, pues están preocupados exclusivamente en dar testimonio, en demostrarle al mundo lo equivocado que está. Están dispuestos a llegar al “martirio” con tal de defender un principio o un valor, que para ellos son abstractos.

Además, cada vez que quieren expresar una idea o un planteamiento, parten de la premisa que las cosas hay que decirlas tal como son, aunque se caiga el mundo, quejándose todo el día de la decadencia en la que estamos y los desastres que se avecinan.

Sin embargo, el llamado político-predicador, si bien es una caricatura que existe en la realidad, está lejos de ser un argumento válido para no luchar o defender ciertos principios y valores en política. Por eso, son injustos y alejados de la verdad, los argumentos de algunos dirigentes políticos que ante cualquier discusión de fondo argumentan “esto es un partido político no un convento”, pues fundamentan su postura en base a la caricatura del político-predicador, que no es la forma mayoritaria ni la correcta en que los hombres y mujeres de fe actúan o deberían actuar en política.

Por el contrario, los políticos de fe, deberían ser (y lo son en su gran mayoría, como lo fue entre otros el propio Jaime Guzmán) políticos con convicciones y que ven la política como un campo de oportunidades para llegar a mucha gente y así generar consensos que ayuden a mantener y fortalecer ciertos valores que considera importantes. Más que matar herejes busca sumar gente, a veces muy distintas entre sí, pero que pueden trabajar unidas.

Al político con convicciones también le preocupa dar testimonio, pero como última medida, pues lo importante es ganar, sumar apoyos a la postura propia, ser eficaz en lograr acuerdos que permitan fortalecer ciertos valores y principios, que son beneficiosos para la sociedad en su conjunto y para cada una de la personas en particular.

El político con convicciones sabe que los principios y valores tienen una importancia real, los que se concretan en personas de carne y hueso. Su fundamento último no es molestar o hacer la vida más difícil a las personas, sino que apuntar a que el hombre alcance la felicidad y su más pleno desarrollo personal  posible.

El político con convicciones sabe ocupar el lenguaje propio de la cosa pública e intenta lograr una conexión emocional con la gente, buscando representar el sentido común, el que siempre será más cercano a sus posturas que a las posturas más “progresistas”. Sabe que la gente siempre tiene en el fondo del alma, una cuota de sentido común y que vibra, aunque lo niegue, con ciertos valores que emanan de la esencia de todo ser humano.

Por tanto, no es legítimo despreciar la participación de hombres y mujeres de fe en política en base a la caricatura del político-predicador. No es verdad que los principios propios del cristianismo son para el convento y no para la política, pues la historia de la humanidad ha demostrado con creces que cuando la política se separa de la moral, siempre se producen los peores desastres para el ser humano y la sociedad.

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