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A un año del 27 F

por 23 febrero 2011

Vamos frisando el cumplimiento del año del llamado 27 F. El fenómeno sísmico que removió al país entero no logró cambiar actitudes ni hábitos urbanos. Aparentemente todo sigue igual, la misma insatisfacción expresada mediante el uso indiscriminado de tarjetas de crédito y de débito, los mismos ¡club de Supermercado!, los acumule puntos, el vale otro.

Las campañas solidarias tal cual vinieron, tal cual se sumergieron. Los chilenos han vuelto al letargo del individualismo citadino, al sopor del mall de consumo embotante, en rigor toda la ciudad digital omnisciente y omnipresente sigue campeando como si el 27 F no hubiere ocurrido.

¿Pero tan negativa es la mirada a los ciudadanos y consumidores?. De pronto pareciera que algo podría haber acontecido en nuestro país. Cuando la voz urbana se organiza, ocurren y se suceden cambios. Por cierto el primero es el paso por la vía de las urnas, pero ese cambio de etiqueta no es suficiente, ni tampoco el más importante.

El más significativo cambio no lo van a dar las encuestas, vendrá por la actitud, y para ello hay que aprender a esperar pero también a promover una actitud de cambio, y ésta todavía es función prioritaria de la academia y de sus cientistas sociales, escritores y artistas.

La acumulación de datos sin contexto ni capacidad reflexiva y crítica, solo alcanza para perfilar consumidores de mall e hipermercados, y a lo sumo bulladas campañas de ayuda solidaria tipo Teletón.

Los académicos tenemos que insistir en que los estudiantes universitarios aprendan a inquirir, a formular críticas debidamente fundamentadas y a generar corrientes de opinión responsable. Pero no es solo tarea de los que practicamos las ciencias humanas y las artes, también lo es de los científicos “exactos”, o sea de las llamadas ciencias “duras”, y por supuesto de la maravillosa abstracción de los matemáticos.

Nuestra región universitaria de Valparaíso debiera concertar como cuestión prioritaria tanto en las ciencias como en las artes, que tanto el enfrentamiento a un problema de planteo o de cálculo, como la experimentación en un laboratorio de microfísica, son tan abrientes del pensamiento metacognitivo, como lo son el enfrentamiento al cuadro de Pedro Lira, “El niño enfermo”, o de Matta “Abrir el cubo y encontrar la vida”.

Igualmente insistir en la utilización de una buena relación de textos, donde los propios autores como las propias fuentes discutan entre sí. Un extracto de Barros Arana y un pasaje de Gonzalo Vial por ejemplo, o de Mateo Martinic y de Gabriel Salazar.

Siempre será insuficiente para la formación del ciudadano, que nuestros estudiantes universitarios desarrollen mecánicas operacionales de cálculo, sin mediar la debida reflexión filosófico matemática que éstas contienen. Pobre será esa formación si prescinden del estudio de la observación de la belleza pictórica o poética, o si solamente memorizan citas de historiadores.

La acumulación de datos sin contexto ni capacidad reflexiva y crítica, solo alcanza para perfilar consumidores de mall e hipermercados, y a lo sumo bulladas campañas de ayuda solidaria tipo Teletón. Siempre de debe distinguir entre la “información y la formación”.

Lo que importa al quehacer verdaderamente académico es coadyuvar en la construcción de una personalidad soportada en valores, cuestión que va más allá de la moral o la ética, y éstos para crecer, madurar y tensionarse en el fuero interno de cada individuo, deben sustentarse en un piso epistemológico consistente, he allí la virtuosa relación de conocimientos, conceptos, habilidades y competencias.

Si aplicamos lo anterior, el sufrimiento del 27 F tendrá sentido de futuro, los ciudadanos comprenderán que la vida es algo real, no es un reality.

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