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La pausa incendiaria o el elogio a la velocidad lectora

por 4 marzo 2011

En Farenheit 451, Clarisse McClellan defendió ante Montag el valor de detenerse a mirar las cosas: “a veces, pienso que sus conductores [de los coches retropropulsados] no saben cómo es la hierba, ni las flores, porque nunca las ven con detenimiento –dijo ella-. Si le mostrase a uno de esos choferes una borrosa mancha verde, diría: ‘¡Oh, sí, es hierba! ¿Una mancha borrosa de color rosado? ¡Es una rosadela! Las manchas blancas son casas. Las manchas pardas son vacas. Una vez, mi tío condujo lentamente por una carretera. Condujo a sesenta y cinco kilómetros por hora y lo encarcelaron por dos días. ¿No es curioso, y triste también?” (Ray Bradbury, Farenheit 451).

Hace un tiempo estuve leyendo cuentos con una pequeña de siete años y que asiste a una de las cientos de escuelas que están bajo la Ley de Subvención Escolar Preferencial (SEP). Ella recorría las palabras sin poner atención en comas, puntos seguidos ni apartes, puntos suspensivos… El efecto natural era que llegaba a momentos de ahogo en que tenía que poner pausas donde no las existía. Un par de testimonios casuales más apuntan a cómo las familias se estresan tratando de que sus niños y niñas lean cada vez más rápido, cronómetro en mano.

La Ley SEP ha sido uno de los grandes consensos de la clase política chilena en educación de los últimos años. En lo esencial esta ley clasifica las escuelas en: “en recuperación”, “emergentes” y “autónomas”, ordenación que obedece a los puntajes SIMCE de cada una de ellas. Las escuelas (los sostenedores), una vez clasificadas, firman un acuerdo con el Mineduc donde se financia un Plan de Mejora para superar los puntajes SIMCE, específicamente el de lenguaje y matemática. El grado de autonomía en el uso de los dineros entregados a las escuelas para la realización de los Planes es el principal estímulo de las escuelas para “hacerlo mejor”, y constituye el motor del accountability buscado. El gran indicador entonces es el mítico SIMCE –bastante cuestionado en la literatura científica-, pero también se ha incorporado uno nuevo: la velocidad lectora, sobre la cual nos detendremos “lentamente”.

No es criticable que los sistemas educativos busquen mayores niveles de eficiencia y eficacia en el desarrollo de sus políticas. La Ley SEP, que ya se ha insertado en prácticamente el 100% de las escuelas municipales y en una mayoría de las escuelas particular subvencionadas del país, busca generar mejores SIMCE a través de la presión político-administrativa. Esta presión está dada en su extremo por la amenaza de cierre de las escuelas, sean públicas o privadas –donde soluciones intermedias podrían ser las intervenciones privatizadoras como las de Cerro Navia-. Los efectos sobre las escuelas básicas pueden ser positivos para aquellas que ya tenían un alumnado proclive a los buenos resultados, que muchas veces han seleccionado a sus alumnos y alumnas. Leer rápido en estas escuelas va de la mano con buenos niveles de comprensión lectora. Sin embargo, ¿qué pasa con aquellos/as niños/as que presentan problemas de lectura, y que además se concentran en las escuelas que no seleccionan?

Los procesos de esta ley se han reducido al conteo de palabras leídas en un tiempo determinado por nuestros alumnos y alumnas. ¿Qué leen? ¿Qué entienden? ¿En qué condiciones se desarrolla la lectura? ¿Qué disponibilidad existe de lectura interesante y adecuada a los niveles etarios? ¿Con cuánto tiempo extra aula cuentan los/as docentes para desarrollar y evaluar planes de lectura? ¿A qué costo personal, escolar y familiar se instalan estos procesos de “presión” lectora? ¿Qué efectos tiene al mediano y largo plazo esta política sobre el gusto y disfrute de la lectura?

Probablemente esta lógica de elaborar política educativa y de pensar la educación siga extendiéndose desde la enseñanza básica a la media. Conviene hacer una pausa, y es además buen momento para hacerlo, en las preguntas recién expuestas. Ante medidas brillantes como la cuasi eliminación de las artes en el currículum y la introducción de más evaluaciones estandarizadas, conviene resucitar la discusión pedagógica y curricular que nuestro país aun está debiendo desde el regreso a la democracia. La educación tiene que tener sentido en sus procesos y sus metas para generar la adhesión de nuestras grandes mayorías y de nuestros/as profesionales de la educación –profesores, asistentes de educación y personal de apoyo-.

Estas líneas pueden ser entendidas como una prevención antes de que como en Farenheit 451 decidamos que es mejor dedicarse a quemar los libros.

(*) Texto publicado en el Quinto Poder.cl

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