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Las lecciones que da China en el norte de África

por 7 marzo 2011

Las lecciones que da China en el norte de África
Mirar cómo se comporta China en África es un ejercicio saludable para las actuales generaciones de latinoamericanos. Allí su despliegue se expresa sin tapujos, diques ni cortapisas. Es la China real interactuando con otros. Un buen test de cómo se comportaría en otros puntos lejanos cuando pase a ser la potencia económica y militar número uno; asunto que, de no mediar un hecho fortuito, ocurrirá en 15 o 20 años más.

Mientras estadounidenses y europeos debaten si intervenir o no en Libia –y cómo hacerlo-, Beijing tomó una crucial decisión apenas la cosa se puso fea en la tierra de Gadafi. Envió cuatro aviones militares y una fragata portamisiles para evacuar con sigilo al personal más sensible de los 30 mil chinos instalados en ese país norafricano. ¿Novedad? De ninguna manera.

Beijing ha procedido allí acorde a como lo hacen las grandes potencias en serio: rápida identificación de tareas, más rápida definición de objetivos y fulminante acción en terreno. Espacio para consultas con actores menores, cero. Es una muestra de cómo la emergente superpotencia viene operando en el mundo de hoy, y muy especialmente en África.

Haber elegido al continente negro como gran test para las próximas definiciones mundiales, indica que los herederos de Mao han entrado en una fase nueva de su desarrollo político. No sólo por tratarse de África, una región sumida en la pobreza extrema, lo que permite hacer alardes de voluntad cooperativa, sino porque al exhibir ésta tantas sinuosidades, Beijing puede señalar con energía, que el instrumento externo político-militar es su guía por excelencia. Basta mirar los estilos y resultados de la acción china en ese continente para comprender que el liderazgo estadounidense tiene ya un preocupante horizonte de alcance. Y no sólo de tiempo. Las señales indican que China pondrá a prueba el modelo occidental en campos mucho más amplios y diversos que lo hicieran los soviéticos durante la Guerra Fría.

¿Nos gustará que censuren nuestras prácticas en internet?, ¿será bueno o malo para nosotros que lleguen hombres acaudalados y armados, que no nos pregunten nada de nada, mientras los dejemos expoliar los suelos, aguas y árboles de nuestros entornos?, ¿aceptaremos enclaves con miles de chinos trabajando para Beijing en la Amazonia o en la Patagonia
chilena o argentina?

En efecto, la política “no digas, no preguntes” (Don´t tell, don ´t ask), que orienta el despliegue chino en Africa, ha mostrado ser de una efectividad inigualable. No sólo por sus resultados tangibles, sino por la popularidad alcanzada. ¿Qué mejor que estos silenciosos hombres de negocios con nulo interés en interferir con preguntas superfluas sobre los derechos laborales o normas ambientales?, ¿quién otro podría proporcionar a raudales, y a precios tan accesibles, las armas y equipos policíacos necesarios para aplastar a las tribus rebeldes?, ¿qué mejores socios que estos sonrientes inversionistas que no andan preocupados de cuestiones tan exóticas como la huella de carbono, la trazabilidad de un producto o la proporcionalidad de género?. A ojos de los déspotas africanos, no hay seres más dadivosos en el planeta que estos chinos dispuestos a prestar dinero a tasas más bajas que el FMI, ni tipos más generosos, abiertos a regalar estadios, sedes de organismos regionales, o lo que se les pida; de paso uno que otro hospital o escuela, para guardar ciertas formas. Y es que África demuestra que los chinos jamás pierden el tiempo ni se distraen. Les interesa sólo y nada más que construir y asegurar vías hacia los yacimientos, dragar, ampliar y construir buenos puertos. Es decir, acceso a recursos. Y para ablandar a las elites locales no se restringen en nada. El resto, como dice el bolero, sale sobrando.

En realidad, ya casi en todas las grandes universidades y think tanks del mundo se han comenzado a estudiar las diversas facetas del despliegue chino en África, mismo que se remonta a inicios de los 70, cuando el camarada Mao decidió jugar fuerte en el mundo y seleccionó a ese continente como una señal de “tercermundismo”, para diferenciarse de los soviéticos. Los elegidos fueron Tanzania y Zambia. En el primero, su Presidente, Julius Nyerere había proclamado un socialismo tribal –conocido como Ummu- que lo hacía mirar con entusiasmo la experiencia china, más cercana a las lógicas campesinas. En la vecina Zambia, Kenneth Kaunda, otro que divagaba con ideas tercermundistas, aceptó feliz, pues su objetivo de vida era encontrar una solución a la mediterraneidad de su país para exportar cobre. Mao les ofreció una faraónica vía férrea binacional de 1.870 kms., llamado Tazara. El ofrecimiento era, para la época, sencillamente espectacular. 20 largos trenes surcarían por caudalosos ríos y cruzarían indomables macizos montañosos trasladando cobre desde Zambia. Sin el menor cuidado por la relación costo-beneficio, el compañero Mao sostenía que este producto de la tecnología y manos chinas, traería un desarrollo nunca antes visto en África. Los valles circundantes de ambos países serían aprovechados con sembradíos y el grandioso ferrocarril se detendría para cargar frutas y hortalizas. El Tazara era la chispa que encendería la pradera.

Y, claro, se convirtió en la tercera obra de infraestructura más grande de África. Sin embargo, pese al entusiasmo desbordante de Nyerere y Kaunda, nunca logró su pleno funcionamiento y hoy durmientes, locomotoras y vagones se encuentran en estado de semi-abandono. Ni Tanzania ni Zambia tienen recursos para mantenerlos. Las pocas granjas agrícolas adyacentes que se instalaron, quebraron y el cobre zambiano sale por puertos sudafricanos, más rentables y expeditos que Daaressalaam en Tanzania.

Puesto de otro modo, el Tazara es un buen ejemplo de lo que son las inversiones chinas. Poco sustento en el largo plazo, desconexión con las necesidades reales de las poblaciones locales, pero enormemente motivantes; capaces de cambiar de forma abrupta las agendas nacionales.

Los herederos de Mao siguieron su línea y han masificado las grandes y atractivas obras cubriendo todo el continente. A primera vista pareciera ser que llegaron a la misma conclusión que los colonialistas británicos, belgas y franceses en orden a desarrollar infraestructura para dedicarse a lo más rentable: extraer minerales. Pero hay matices. Por ejemplo, se argumenta que los europeos, al azuzar las diferencias tribales impregnaron de odios e injusticias a todo el viejo colonialismo. En contraposición, los chinos optaron por una política de indiferencia total respecto a los líos internos de los africanos. ¿Ha significado eso menores dosis de sangre o violencia? A modo de ejemplo, en las guerras civiles sudanesas, que han dejado 2 millones de muertos y 4 millones de desplazados, los soldados y empresas chinas instalados en ese país suelen mirar el cielo sin mover un dedo, actitud que cambia cuando las balaceras se acercan peligrosamente a sus pozos petroleros. Ahí no dudan en vaciar sus arsenales de modo bastante similar a como lo hacían las viejas potencias coloniales. Luego, ante la rápida oxidación del Tazara, ha aparecido el argumento de la sustentabilidad de los proyectos chinos. Conviene recordar que las carreteras dejadas por los belgas y franceses parecen haber sido construidas con un horizonte de tiempo más amplio; sus primeros hoyos y rompimientos de cemento han aparecido recién 20 a 30 años después de su salida, pese al cero mantenimiento posterior. Como dato accesorio recordemos que Mobutu no construyó un solo metro de carretera en Zaire (Congo belga) durante los 30 años que gobernó con posterioridad a la liberación del “yugo colonial”. El balance de otros próceres anti-colonialistas no es sustantivamente mejor.

Un asunto que supera los matices respecto a las viejas prácticas colonialistas es el aprovechamiento de espacios vacíos para trasladar población china. Ya suman centenares de miles (algunos estudios hablan incluso de casi 5 millones) de chinos instalados en Congo, Niger, Nigeria, Zimbabwe, Rwanda, Mozambique y otros países, dedicados a la agroindustria (para exportar hacia China), a la asesoría en seguridad (para allanar el camino a las armas chinas) y al comercio minorista (de productos made in China). Pero, ante todo, a administrar yacimientos minerales. Los propósitos son múltiples,
partiendo por la necesidad de asegurarse la operatividad de los proyectos.

Y no son pocos los análisis chinos que cuestionan la disciplina laboral de la población local. ¿Se trata de migración definitiva o temporal? Nunca queda claro. Eso sí, hay poderoso incentivo estatal, por medio de centros de promoción itinerantes por todo el continente con la finalidad de aclarar las bondades de este sistema. En los últimos años, el gobierno chino se preocupa incluso de negociar acuerdos ad hoc, suficientemente ambiguos, para que los buscadores de fortuna privados (chinos) también tengan su lugar en la exploración y explotación del continente negro.

Sin embargo, África es escenario de un hecho histórico, sin precedentes. China, transformada en segunda potencia económica del mundo desde el año pasado, eligió a este continente para empezar a estirar el músculo militar en puntos lejanos del planeta y demostrar que, cuando se trata de sus connacionales, también es capaz de enseñar sus dientes más afilados.

Cierto, más de algún agudo lector recordará que en 78-79 atacó a su vecino socialista, Vietnam (lesionando el dogma de fe del internacionalismo proletario), o bien que antes había participado en la Guerra de Corea, pero se convendrá en que, en ambos casos, se trataba de su vecindario inmediato. Lo realmente significativo es que en diciembre de 2008, por primera vez, desplegó una flotilla lejos de su área, en el golfo de Adén, es decir a un costado de África, para proteger sus navíos de acciones piratas. Y bueno, a partir del año pasado, más de uno de estos nuevos filibusteros ha sentido en carne propia que los chinos no se andan con dudas a la hora de descargar todo el fuego necesario para hundir una lancha sospechosa en alta mar. Buen recordatorio que el derecho a la inocencia, a la defensa, a las garantías, y otras exquisiteces jurídicas, no están en sintonía con la mirada china de los asuntos públicos.

Por eso, mirar cómo se comporta China en África es un ejercicio saludable para las actuales generaciones de latinoamericanos. Allí su despliegue se expresa sin tapujos, diques ni cortapisas. Es la China real interactuando con otros. Un buen test de cómo se comportaría (o, con más convicción, cómo se comportará) en otros puntos lejanos cuando pase a ser la potencia económica y militar número uno; asunto que, de no mediar un hecho fortuito, ocurrirá en quince o veinte años más. ¿Nos gustará que censuren nuestras prácticas en internet?, ¿será bueno o malo para nosotros que lleguen hombres acaudalados y armados, que no nos pregunten nada de nada, mientras los dejemos expoliar los suelos, aguas y árboles de nuestros entornos?, ¿aceptaremos enclaves con miles de chinos trabajando para Beijing en la Amazonia o en la Patagonia chilena o argentina?, ¿será mejor haber sido patio trasero de potencias europeas, de EE.UU. o del imperio del Medio? Y ya que estamos interesados en venderles desde clavos hasta peines a estos chinos, no parece mala idea ir conociendo desde ya las nuevas reglas del juego.

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