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Opinión

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A un año, ¿qué es el Gobierno Piñera?

por 8 marzo 2011

A un año, ¿qué es el Gobierno Piñera?
La ausencia de una mirada profunda del país y de una visión histórica se hace sentir. La mera gestión es a-histórica y, como viene de una cultura bursátil que no hecha raíces, que está más atento a los quiebres que a los procesos, a las oportunidades que a la lenta construcción de una industria, ha dejado de lado la comprensión del sentido de la historia. Eso determina su énfasis por los episodios, la debilidad en la apreciación de los conflictos sociales, la falta de diálogo político con sus propias fuerzas y con la oposición y la falta de un trazado de largo plazo.

Un año después de su inicio las cosas se empiezan a ver distinto.

Ya es un tiempo razonable para esbozar qué es el Gobierno Piñera, qué lo caracteriza, cuál es la lógica que lo ordena y qué puede avizorarse para los próximos años conducidos por la derecha.

Este análisis prioriza la apreciación de las insuficiencias. No tenemos una falsa pretensión de objetividad. Hacemos un juicio político y, asimismo, nuestro énfasis en las debilidades obedece al propósito político de advertir qué riesgos existen para nuestro país.

El fracaso del primer diseño

Piñera tuvo que asumir las falencias de su diseño inicial. La conformación de un gabinete refleja siempre una concepción y estilo de gobernar.  La selección de las personas responde a cierta visión de las prioridades y alineamiento de las fuerzas en las que se busca sustentar. Piñera contó con una gran libertad para constituir su primer gabinete. Era natural continuar el diseño de la campaña misma, que se había sostenido principalmente en el propio candidato, sus recursos y equipos más cercanos. Y puesto en ese rol, mantuvo a distancia a RN y la UDI; seleccionó un equipo de gestión sin autonomía ni liderazgo político propio; concentró en él mismo la definición estratégica y las decisiones principales del gobierno.

En lo esencial, Piñera no quiso figuras fuertes y no creó sentido de equipo. Lo pensó más como un conjunto de gerentes que dependían del Jefe de Estado. Lavín fue la única excepción, aquella que confirma la regla.

Veamos sus efectos:

1.     Al cabo de un año no hay un trazado claro de su gobierno ni de sus metas principales. En nuestra experiencia, un gobierno que no marca el rumbo estratégico de su agenda el primer año ya es muy difícil que lo haga después. Las llamadas “grandes reformas estructurales” son una expresión grandilocuente para medidas de poca envergadura y bastante dispersas. Por lo tanto, lo más probable es que mantenga un camino zigzagueante. Es decir, Piñera ha perdido tiempo e iniciativa.

2.     Piñera concibió el gobierno con una idea: mejorar la gestión. Sabía que la recuperación de la economía estaba  en marcha después de la tremenda crisis mundial, que el país contaba con grandes reservas internacionales, buenas tasas de inversión y un endeudamiento público muy bajo. Sabía también que después de 20 años se había consolidado un clima de estabilidad política y paz social.  Piñera pensó que él podía aprovechar una ola ascendente y hacer más rápido el camino de Chile al desarrollo.

Subestimó dos aspectos claves: primero, cómo funciona el Estado, que no es la simple extensión del manejo de una empresa, sobre todo porque debe articular múltiples intereses sociales legítimos y porque tiene límites en su esfera de acción (sólo se puede hacer aquello expresamente autorizado); y, segundo, que en la vida política siempre hay imponderables: no existe la previsión total de las variables y un gobierno siempre debe tener capacidad para enfrentar escenarios de crisis.

La solidez de una estrategia, se sabe, es que debe navegar en aguas cambiantes y adversas. En el Gobierno Piñera han primado los imponderables sobre la estrategia.

Su equipo sobrestimó su propia capacidad de prevenir y maniobrar y creó un clima de arrogancia y menosprecio a lo hecho antes, que se les ha vuelto en contra.

En los próximos dos años esta actitud puede inducir a un descuido de la evolución de la situación económica internacional. Las circunstancias que vive Chile son especialmente excepcionales, nunca antes habían coincidido tan bajas tasas de interés, abundante liquidez y un precio del cobre tan alto. Las presiones inflacionarias pueden aumentar en Chile y en el mundo. El precio de los alimentos de nuevo está creciendo aceleradamente, las tensiones geopolíticas siguen dominando el precio del petróleo y el crecimiento de la demanda de los países emergentes, con mucha población que se incorpora al mercado, también impulsa el alza de los precios. Esto obliga desde ahora  a cuidar los principales equilibrios fiscales y moderar las expectativas.

El Gobierno Piñera ha demostrado ser amateur en manejos de crisis. Hay impericia en los imprevistos, alargan innecesariamente los conflictos y varias crisis han sido gatilladas por errores del propio gobierno. Esta incapacidad explotó este verano, con el Paro de Magallanes y el conflicto por las mentiras de la Intendenta Van Rysselberghe.

El cambio de gabinete desnudó todas estas falencias sustantivas. No se trató de un simple problema de nombres; demostró que había un grueso problema de concepción y arquitectura del gobierno.

3.     La temprana salida de  Ravinet también echó por tierra la idea de un “gobierno de unidad nacional” y el deseo de  atraer a ciertos personajes de la Concertación. A la vuelta de un año, Piñera se vio obligado a asumir que la base real de su sustento político es RN y la UDI.

La Coalición por el Cambio no existe. No logró ningún quiebre en la DC ni cooptó a nadie relevante, y la humillación final a Ravinet se transformó en un escarmiento a cualquiera que quiera hacer algo parecido. Adolfo Zaldívar navega  en un cargo internacional, mientras los diputados Araya y Sepúlveda marcan su independencia del gobierno… y parecen sentirse cada vez más incómodos en su alianza con la derecha. Chile Primero murió en el intento. Y no hay nada más alrededor.

4.  La gestión, que era la bandera principal de Piñera, ha sido poco eficiente. Los mandos medios carecen de suficiente preparación y varios de ellos no tienen vocación pública. Deslegitimaron la Alta Dirección Pública, despidieron por razones políticas a gente elegida en esos procesos y crearon un clima de desconfianza y temor entre los funcionarios públicos.

En varios casos la ineficiencia ha sido sorprendente: las decisiones sobre Magallanes son ejemplo de desconocimiento de la realidad regional con altísimo costo económico y social; la toma de un hotel en la Isla de Pascua duró más de seis meses; hubo baja ejecución presupuestaria; nunca se había visto las colas que se armaron en SERVIU por los subsidios; la JUNAEB no licitó a tiempo la alimentación escolar; una Intendenta se jacta de engañar al gobierno central para obtener subsidios de terremoto para quienes no correspondía y no recibe sanción alguna, traspasando el limite de la ética en los asuntos públicos.

Son demasiadas señales como para que no se consideren una tendencia.

El ethos Piñera

Hay un punto todavía más sustantivo dando vueltas: qué representa Piñera y cómo su propio carácter define a este gobierno.

1.  El propio Presidente Piñera ha intentado exaltar su ejecutividad, agilidad, eficiencia y resolución. La prensa hizo al inicio una verdadera cadena nacional de ese posicionamiento y su asociación a las casacas rojas. Era el entusiasmo con las virtudes del management y la expresión de una cultura empresarial competitiva que es valorada en muchos sectores de la sociedad. Una parte significativa de la ciudadanía tiene en alta estima estos valores, porque los asocia a la autonomía, el emprendimiento, la iniciativa individual y la ambición. Parte importante de su triunfo se basó en ese imaginario: Piñera le podía poner dinamismo empresarial a un Estado débil e insuficiente en muchos campos. De hecho, de acuerdo a los estudios de opinión previos a las elecciones, éstos eran valores relevantes para los segmentos electorales que estaban decidiendo la elección presidencial.

Piñera representa un giro en la derecha, pero todavía sin un fondo cultural y sin espesor de ideas. Valora el éxito económico y la gestión pero carece de una mirada que fije un horizonte histórico para su gobierno. Piñera quiere entrar a la historia, declara con grandilocuencia que quiere ser el mejor Presidente de la historia de Chile, pero no tiene una comprensión de qué significa eso. La queja de Gallagher es esa: falta una mirada profunda.

Con el tiempo este imaginario se ha ido diluyendo. Las virtudes mencionadas no parecen dar los frutos esperados, la agilidad termina siendo una forma de pasar por encima de las reglas prudentes del manejo público, desde Barrancones hasta el helicóptero, episodio donde el presidente da dos versiones distintas en pocas horas. Tiene pleno sentido el contraste entre la rapidez con la que quiere liquidar las empresas del Estado, como Edelnor o las sanitarias, con la  lentitud para resolver la venta de sus acciones propias.

2.  A poco andar, la cuestión de los conflictos de interés se transformó en un asunto de Estado. Es revelador que Piñera haya despreciado este factor y  no escuchara las advertencias. Las consideraba una majadería y jamás vio o quiso ver su trasfondo ético. La propia vocera reiteraba que se trataba de asuntos personales.

La crítica de Arturo Fontaine en esta materia era muy directa y contundente: los conflictos de interés de Piñera podían afectar su autoridad moral, y pasó tal cuál. El tiempo demostró cuánta razón tenía y cómo su lentitud en vender Lan Chile y luego sus resistencias a enajenar sus acciones de Chilevisión y Blanco&Negro se transformaron en asuntos públicos. La irrupción del caso Bielsa en la opinión pública no se explica sin ese conflicto de interés.

Esa crítica viene de una matriz más clásica y republicana, de rasgos portalianos, que definitivamente Piñera no encarna. Incluso, si se recuerda, el eje argumental de Arturo Fontaine fue que la eficiencia podía perder valor si se deterioraba la fortaleza ética del gobierno.

El punto es que esa confusión entre intereses públicos y negocios privados parece no inquietar al gobierno. Simplemente no lo ven, lo que es más grave.  Esa confusión se extiende a diversos funcionarios, que vienen de directorios de empresas privadas y esperan volver a los mismos, lo que inevitablemente condiciona sus comportamientos y debilita la defensa de los intereses públicos y del Estado. Por cierto, también abre espacio para irregularidades: un ex-funcionario que aparentemente utiliza material de gobierno para su empresa de seguridad, una empresa comercial utilizada para la emergencia durante el terremoto que no paga derechos aduaneros e impuestos; el sobreprecio del puente mecano, funcionarios regionales que hacen obras con empresas de las cuales son socios, etc. Si es legitimo realizar en paralelo negocios privados y gestión publica, si el presidente así lo estima, porque no lo puede hacer un funcionario de menor rango. Pero abrir esa puerta es exponer al país a las irregularidades y a una espiral que otros países han recorrido, a veces sin retorno.

3.  La credibilidad de Piñera también se ha visto afectada.

Cada crisis tiene un anuncio grandilocuente, de la “gran reforma” tal o cual, que a poco andar se desvanece y pierde relevancia a medida que se esfuma la sensibilidad pública que la generó: pasó con la reforma de seguridad laboral tras el rescate a los mineros; con los diálogos con la comunidad mapuches después de la huelga de hambre; con las ventajas otorgadas a las centrales de carbón después que se acabó el caso de Punta de Choros; con la reforma de las cárceles, que volvió a la nebulosa una vez terminada la cobertura a la tragedia; con los anuncios de ampliación del Estadio Nacional que quedaron en nada.

La credibilidad también se socava porque Piñera trasunta la falta de un sentido de trascendencia. La suma de cualidades técnicas y ejecutivas, la persistencia y el énfasis en la eficacia, carecen de un “alma” que haga cuajar estos rasgos en un conjunto virtuoso, que mezcle carisma con convicciones y compromiso genuino, más allá de la avidez de éxito. El tono repetitivo, las frases memorizadas, los gestos calculados, son la expresión formal y retórica de esta carencia. Piñera no tiene problemas de “brillo”, pero sí de transmitir un alma en lo que hace. Sus discursos siempre recurren a esos vocablos: alma, espíritu, corazón, sentido, pero es la típica paradoja de utilizar palabras que en el fondo tratan de tapar la ausencia de lo que se quiere transmitir. Hay cosas que se hacen sentir y que no es necesario declararlas.

El “drama” de Piñera es que quiere ser querido. Puede ser  respetado y temido, pero no querido… y la sombra de Bachelet sigue siendo un contraste muy fuerte. Su gran oportunidad para revertir esa percepción fue el rescate de los mineros, pero la perdió rápidamente. La tragedia puso en acción sus rasgos de agilidad, decisión y determinación, que fueron claves en la crisis. La situación exigía acción, asertividad y una ética de la excelencia que Piñera logró transmitir. Fue su mejor momento, y valorado con razón por la ciudadanía. Pero se diluyó. ¿Por qué? Probablemente porque no hizo de ese magnifico momento histórico  el inicio de un nuevo relato, de la identidad chilena  -un país solidario que hace todo por los mineros y que posee capacidad técnica para lograrlo. Fue solo un instante.

Sus virtudes empresariales no han sido suficientes para revertir estos rasgos. La ausencia de una mirada profunda del país y de una visión histórica se hace sentir. La mera gestión es a-histórica y, como viene de una cultura bursátil que no hecha raíces, que está más atento a los quiebres que a los procesos, a las oportunidades que a la lenta construcción de una industria, ha dejado de lado la comprensión del sentido de la historia. Eso determina su énfasis por los episodios, la debilidad en la apreciación de los conflictos sociales, la falta de diálogo político con sus propias fuerzas y con la oposición y la falta de un trazado de largo plazo.

La mirada empresarial de la sociedad que imbuye a muchos altos funcionarios percibe al ciudadano como consumidor, lo cual también conlleva un menosprecio por el dialogo social.

A nuestro juicio, la ausencia de un diseño estratégico del gobierno y el abandono del rol de Jefe de Estado como un constructor de acuerdos nacionales para reformas profundas y un referente ético para la sociedad, son consecuencia del carácter y estilo de Piñera. Es muy difícil un cambio en su período de gobierno.

¿Surgirá una “Nueva Derecha”?

La otra pregunta que ronda es ¿qué derecha representa Piñera?

Aclarar este punto es esencial para comprender la naturaleza del gobierno y su posible accionar futuro.

Las distinciones clásicas que separan a la derecha en los polos “liberal” y “conservador” no parecen ser muy útiles para responder esta pregunta. Hay matices que no quedan cubiertos o interpretados con esta díada. Y, en parte, Piñera encarna una ruptura a esas tradiciones.

Piñera no es parte de la matriz UDI, es decir, conservador en lo moral, neo-liberal en lo económico y clientelista en su vínculo con el mundo popular, aunque esos rasgos también existen en una parte de RN y en la derecha en general. No tiene una crítica ideológica a la UDI, sino que simplemente no es parte de esa cultura.

Aunque es católico, no adscribe la matriz del Opus Dei que se volvió influyente en la derecha tradicional desde la década de los ’70. Tampoco es un liberal de convicciones fuertes. Cree en el liberalismo económico, pero toma distancia del liberalismo en los valores de sociedad.

En este sentido, Piñera representa una derecha que surge de una generación empresarial exitosa de las últimas décadas, que sintoniza más con una cultura globalizada, que ha construido una ética en torno a la ambición.

Piñera representa un giro en la derecha, pero todavía sin un fondo cultural y sin espesor de ideas. Valora el éxito económico y la gestión pero carece de una mirada que fije un horizonte histórico para su gobierno. Piñera quiere entrar a la historia, declara con grandilocuencia que quiere ser el mejor Presidente de la historia de Chile, pero no tiene una comprensión de qué significa eso. La queja de Gallagher es esa: falta una mirada profunda.

En consecuencia, la tesis de la “nueva derecha” tiene esa debilidad sustantiva. Es un concepto, una idea, un slogan, que carece de fondo histórico y cultural en la sociedad chilena.

El giro busca  acercarse  al concepto de “derecha progresista” que ronda en algunos líderes mundiales y que en los últimos años han tratado de identificar a Sarkozy y a Cameron. Se basa en dos ejes: incorporar en su agenda nuevos temas, que antes la derecha los dejaba en el espacio político y cultural de la centro-izquierda: el medioambiente, los problemas indígenas, la creación de empleos dignos, el respeto a los derechos humanos, y la construcción de una sociedad más justa y meritocrática; y, luego, consolidar una “nueva mayoría social”, esto es, tiene un componente pragmático-electoral. Es un proyecto que busca articular una mayoría social y política, que se propone gobernar en un largo plazo, “por dos o tres períodos”.

La incorporación de nuevos temas apunta a un aggiornamento de la derecha en un plano que supera la mera “moderación” de centro o el talante liberal. Se acerca a temas que hoy son transversales en muchos países desarrollados o son parte de un debate global, que conversa o se articula con una tradición intelectual más heterodoxa, que incorpora el ideario de la protección ambiental, el cambio climático, la calidad de vida y los empleos, la participación ciudadana, el pluralismo jurídico, entre otros tópicos.

Guy Sorman explicó la variante más liberal de este enfoque, que se aleja de los valores de autoridad y la tradición católica que han caracterizado a la derecha hasta ahora. A su juicio, los énfasis de una “nueva derecha” deben ser: “realismo, pues no se juzgará por sus intenciones, sino por su resultado”; creatividad social, o sea, que debe entregar justicia social, “aunque con instrumentos distintos a los de la izquierda”; y, “responsabilidad individual como base de todas las políticas” versus la “responsabilidad colectiva” que prioriza la izquierda.

Pero su pragmatismo también es explícito: busca quitarle banderas a la Concertación y a la izquierda. Planteado así, tiene un rasgo oportunista que está a la base de algunos de los cuestionamientos que provienen desde la derecha, sobre todo de quienes advierten el riesgo de perder identidad y una referencia cultural clara.

Creemos que hay un espacio cultural para la “nueva derecha”, pero muy probablemente será  ahogado por la derecha tradicional. Es cierto que  una elite  ha estado surgiendo en los últimos años y que empalma mejor con este nuevo ethos. Tienen nichos en el ámbito académico y empresarial y coinciden con una cultura forjada en el tráfago globalizador de Chile. Está más cerca del modelo empresarial de la gran city y más ajena a los viejos agricultores que dominaron la derecha chilena. Es pragmática y aspira a ser global, aunque el talante conservador chileno le quita glamour. Pero su problema es que esta “nueva derecha” no logra todavía entablar una disputa real al fondo formador y articulador del Opus Dei y los Legionarios de Cristo: carecen de su densidad instauradora. Su diseño intelectual no está articulado ni tiene los soportes institucionales que ha forjado el bloque conservador en los últimos años. El impulso que les otorga  estar en el gobierno no es suficiente. Necesitan crear una masa crítica en la sociedad civil, y eso les exige tener una disciplina superior a la que han demostrado hasta ahora. En ese terreno la UDI es muy superior al “piñerismo”.

Según Diego Barros Arana, la palabra “pipiolos” en Chile, como chilenismo del siglo XIX, era una “voz provincial con que se designaba a los hombres sin posición fija, inquietos y movedizos”. Sólo desde este estilo, no será fácil que una “nueva derecha” triunfe en esta disputa hegemónica con la UDI. Tienen que hacer algo radicalmente superior a lo que han hecho hasta ahora en la derecha.

La agenda real del Gobierno Piñera

Tiene sentido explorar, entonces, ¿cómo se expresa esto en la agenda del Gobierno Piñera? o ¿cómo se está traduciendo realmente esta “nueva derecha”? y, luego, ¿qué podemos esperar?

Lo primero que asomó en este primer año es la sucesión de anuncios, debates y crisis o conflictos que dominaron la agenda, sin que se vislumbre una ejecución estratégica en marcha.

El terremoto cambió la agenda. Ello obligaba a replantear una nueva mirada de corto y mediano plazo. Sin embargo, el error de Piñera fue que en vez de tratar el terremoto como una tarea nacional, que integre a todos en una misión de unidad, prefirió el camino propio y la descalificación a los momentos más críticos enfrentados por la Presidenta Bachelet. Piñera llama a la unidad nacional, pero no toma acciones consistentes con ese llamado; acude a la retórica de la unidad nacional, pero no crea las condiciones políticas que ello exige. Por contrario, optó por actuar solo y sin construir acuerdos: para definir su financiamiento, lo que obligó a separar el proyecto y discutir aparte el royalty a la minería; en no trabajar con los municipios los planes de reconstrucción, siendo especialmente sectario con los alcaldes de la oposición; y, después, en preferir la confrontación frente a las críticas, en vez de escuchar y dialogar. La construcción de acuerdos y consensos es siempre una primera responsabilidad de los gobiernos, no de la oposición.

Piñera no ha buscado realmente los acuerdos nacionales. Lo dice y no lo hace.

Tampoco logró encapsular la agenda del terremoto, para separarla de los demás debates. Y, al final, las urgencias del terremoto no explican el predominio de la coyuntura sobre la agenda de reformas de largo plazo.

Lo que está dominando la agenda del Gobierno Piñera son los episodios, no una estrategia de reformas. Baste recordar: la lentitud de la venta de Lan Chile, su indefinición sobre Chilevisión y la negativa a vender Blanco&Negro. Las polémicas de Hinzpeter con Fontaine, despreciando sus críticas; con Bachelet, tratando de censurar sus opiniones; con Escalona, tratándolo de ignorante por sus discrepancias en torno al financiamiento de la reconstrucción; con Espinoza, haciéndole una velada amenaza frente a las críticas. Después vino el debate en torno a Bielsa y las parodias de Kramer, que de manera increíble duraron casi un mes como tema nacional. Las movilizaciones contra la central termoeléctrica en Barrancones derivó en una improvisación sobrepasando la institucionalidad ambiental. La tragedia de la Mina San José concentró las energías del gobierno, con razones fundadas y con éxito, aunque los anuncios en materia laboral después se desvanecieran. La huelga de hambre de los comuneros mapuches trató de ser silenciada hasta que estalló como una crisis que el gobierno sólo pudo resolver gracias a la intervención de la Iglesia. Termina el año con el incendio de la Cárcel de San Miguel, y comienza el año 2011 con una crisis en Magallanes, generada por sus propios ministros, que termina en uno de los paros más duros y prolongados de los últimos 25 años. A fines de Enero Piñera vuelve a enredarse por su falta de prolijidad al aterrizar sorpresivamente su helicóptero en una carretera y Febrero comienza  con la crisis de la Intendenta Van Rysselberghe, que confiesa haber engañado al Gobierno para conseguir subsidios especiales del terremoto. Esta última crisis repitió un patrón y develó un serio problema de gobernabilidad: la actuación del gobierno volvió a dilatarse por casi dos semanas, eternizando el conflicto, y el veto explícito de la UDI a una sanción a Van Rysselberghe encajonó a Piñera e instaló el juicio de que existe de facto un co-gobierno de la UDI.

La secuencia tiene algo de comedia trágica. Es lamentable cómo se pierde un tiempo valioso respecto de sus tareas fundamentales.

La primacía de la coyuntura expresa un vacío de agenda estratégica. Todo gobierno enfrenta crisis y conflictos; la pregunta es por qué se vuelven centrales y succionan las reformas sustantivas.

A nuestro juicio, hay dos factores que explican esa tendencia del Gobierno Piñera.

El primero es que gobierna mirando las encuestas y alimenta un clima populista en el país.

Es riesgoso cuando un Presidente se enamora de sus cifras de popularidad, construidas sobre la base de la sensibilidad de un caso como el rescate de los mineros, en vez de fundar ese apoyo en reformas o en la resolución de problemas estructurales del país, como lo logró Bachelet después de enfrentar con éxito la crisis económica mundial.

Es un riesgo populista promover el personalismo de las decisiones y debilitar las instituciones. Probablemente las considera lentas, ineficientes o engorrosas y prefiere los actos de liderazgo en vez de la articulación de actores e ideas, que son las que mueven un proyecto.

El segundo, y más medular, es que su agenda de reformas es superficial.

¿Cual es la agenda estratégica del gobierno vista hoy?

La reforma de la educación se levantó como la mayor transformación desde la década de los ’60 y, al final se envió al Congreso una reforma laboral del sector docente y una inyección de recursos para paliar su déficit, sin abordar los temas medulares en juego. Las mejorías resultaron gracias a las presiones de la oposición: carrera docente, educación pública, educación preescolar y más financiamiento par las escuelas municipales.

A un año se ha hecho poco para definir la matriz energética del país y, en contra de lo que ocurrió en Punta de Choros, siguen facilitándose las condiciones para las centrales termoeléctricas que van a poner a Chile entre los países con más alto índice de CO2 a nivel global.

Tampoco parece tomarse en cuenta la necesidad de revisar y emprender un cambio más sustantivo de la estructura productiva. Enrique Marshall planteó recientemente una evaluación acuciante: Chile está creciendo por el impulso del ciclo, esto es, por el aumento de la demanda interna post-crisis y por las positivas cifras del sector externo relevante para el país, pero no porque haya un impulso de una agenda estructural pro-crecimiento. No hay nada relevante en materia de innovación ni asociaciones público-privadas para impulsar áreas específicas. La agenda de PYME se está reduciendo a un conjunto de micro reformas, algunas muy útiles, pero que no suponen un salto productivo ni la generación de empleos de calidad.

El plan de infraestructura es básicamente el que dejó preparado el Gobierno Bachelet e incluso no se está ejecutando a tiempo.

La reforma del Estado, para mejorar gestión y encarar los grandes temas de futuro, no contiene ninguna propuesta sustantiva.

Las reformas políticas destinadas a mejorar la legitimidad electoral, ampliar la participación y fortalecer a los partidos, para profundizar la democracia, no han visto frutos al cabo de un año.

El gobierno ha continuado llevando a cabo, a ratos complementando, las líneas de acción que venían ejecutándose por los gobiernos anteriores. Pero no hay innovación. Este cuadro global es compartido por la propia gente de derecha, aunque desde luego con énfasis distinto. Las posiciones  de la derecha está enfrentadas –todas ellas- a un dilema, porque sintieron que llegaron al gobierno y no ven un rumbo ni una visión de largo plazo puesta en marcha.

La necesidad de construir la alternativa progresista

Los rasgos descritos pueden debilitar el curso ascendente del desarrollo chileno. Es responsabilidad de la oposición señalarlo al país, enfrentar con firmeza aquellas medidas que se improvisan y desvían de un crecimiento con más democracia, inclusión social e innovación productiva.

Queda claro que Chile necesita una opción alternativa. Hay un clima de inquietud, y a ratos de ansiedad, porque la ciudadanía intuye que necesitamos reformas más profundas. Nuestro desafío no es ser oposición, sino transformarnos en alternativa.

Hay espacio para pasar a la ofensiva y dejar de lado el pesimismo de la derrota. Pero también es el tiempo de concordar y precisar las reformas fundamentales que el mundo progresista puede encabezar en la próxima década. La tarea ahora es concordar ese programa de reformas estructurales y trazar una estrategia, que permita alinear aspiraciones e intereses de la mayoría. El gran talento de una coalición de centro-izquierda es saber cómo ampliar  esa base social, para impulsar cambios profundos con una gobernabilidad democrática.

La amplia diversidad de movimientos ciudadanos son expresiones de un nuevo fenómeno. Y, al mismo tiempo, todavía hay importantes sectores de la sociedad chilena que necesitan de un sistema de protección social robusto, que actúen como un colchón de seguridad frente a las crisis económicas y los riesgos sociales. El Estado debe reasumir un rol más activo para liderar, en una acción concertada con el sector privado y la sociedad civil los desafíos globales.

Por eso, hay que pasar de la oposición a la alternativa y prepararnos para impulsar otro ciclo de reformas más integradoras e innovadoras de la sociedad chilena.

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