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Un año: ¿todavía en instalación?

por 11 marzo 2011

Este gobierno desde un comienzo se situó en una particular  perspectiva: prometieron y se comprometieron con una nueva forma de gobernar que tendría como eje la eficiencia y eficacia. En resumidas cuentas,  hacer un viraje hacia la técnica en desmedro de la política, pues la Concertación encarnaba un ejercicio viciado por el despilfarro, la mala gestión y la corrupción, entre otros flagelos. Se requería de nuevas  personas que no tuvieran que responder a cúpulas partidarias ni a cuoteos políticos.

Sin embargo, la política  es  y exige un uso racional de argumentos; esa lógica construcción nos lleva por diversos procesos, agónicos a veces, a la construcción de consensos. La mayor debilidad, creo, está en esta elaboración  técnica de la política que tiende a obviar al ciudadano, que lo convierte en alguien que sólo está para ser convocado a votar cada cierto tiempo y no por el que quiere, sino por el que la cúpula ofrece.

Esta fractura con la ciudadanía  parece encontrar su máximo rechazo en este gobierno. Ejemplos abundan: Punta de Choros y Magallanes son la expresión más pura de lo transversal que se vuelve el rechazo, pues  la ciudadanía reacciona no por ser engañada -esto último supondría un acuerdo- sino por ser atropellada al no ser ni siquiera  consultada. Lo peor para el gobierno es que no puede achacárselo a la Concertación u otra colectividad,  pues los espacios son copados inmediatamente por los medios de expresión que ofrece Internet, que por esencia son dispersos, difusos y la mayor de las veces inorgánicos.

Entonces ¿qué hacer?, la receta no está  en la oficina, ni en las paredes de algún gabinete. Está en las calles. Como siempre, la política ha estado en las plazas, el ágora; sólo así se fortalece la democracia que requiere legitimarse siempre. El gobierno puede decir que lo que hace es legal, puesto que lo que hace se ajusta estrictamente a la ley, pero si en cada  problema (caso de  intendenta del Bío-Bío, caso Magallanes,  caso mapuches) el mismo  gobierno debe salir a dar explicaciones en torno a la legitimidad de sus actos porque no cuenta con el respaldo suficiente, lo que  sucede es que al final del día se percibe como  una incapacidad para crear un sistema de creencias coherente.

Ahí entonces la técnica no es suficiente. Se recurre a políticos de fuste como Allamand y Matthei, para ocupar cargos ministeriales. Sin embargo, en ese proceso se daña nuevamente la legitimidad,  se nombra al dedo a dos personas que van desde Santiago (potenciando nuestro centralismo  Colonial)  a aquellas zonas en donde no existe nadie que pueda asumir tan importantes cargos.

A un año, entonces, tenemos que la instalación ha resultado difícil, las encuestas parecen indicar que no habrá repunte, que el peligroso rechazo, en torno al 50%, se transforma en un  eje simbólico que se tatuará en este gobierno. Cuando ello pase, lo más probable que los que antes estaban comiencen discusivamente a alejarse y  a medida que se acerque el minuto en que deban “acordarse” de la ciudadanía, los que estaban en la fotografía del comienzo  ya no estén.

La derecha tiene un pequeño gran problema: administrar un modelo económico neoliberal que prescinde de la política partidaria, en una  democracia que se atreve a manifestarse  cada vez que el modelo atenta contra sus lógicas de consumo. Se debe buscar la respuesta ahí (o bien  hacer las preguntas correctas).

Pareciera ser es que este gobierno corre solo y va perdiendo. No son pocas las criticas que salen de sus propias filas. Es una estocada profunda, mas aún cuando la Concertación pareciera respirar por la herida.

(*) Texto publicado en El Quinto Poder.cl

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